Vamos a descargarnos de lo innecesario para caminar más livianos

 "Todos los pozos profundos

viven con lentitud sus experiencias:

tienen que esperar largo tiempo hasta saber qué fue lo que cayó

en su profundidad"

(Nietzsche)

 

 

Estos versos definen perfectamente la inmensa mayoría de los problemas con los que nos encontramos al abordar un tratamiento psicológico. 

 

Las personas comienzan a sentirse anímicamente mal: tristes ansiosas, irritables, desmotivadas...algunas (las menos) conocen el origen de su estado de ánimo, o lo atribuyen a alguna situación negativa que les ha sucedido recientemente.

Otras se desesperan con el célebre pensamiento de "cómo puedo estar así si lo tengo todo para ser feliz", lo que incrementa la sensación de culpa y desesperación.

Lo cierto es que en la vida vamos acumulando situaciones que nos producen sentimientos negativos que muchas veces no solucionamos en el momento, vamos llenando la "célebre mochila" de frustraciones, miedos, desconfianza, decepción, culpa) a nuestra espalda, haciendo el día a día más pesado pero sin ser capaces de darnos cuenta del peso que llevamos a nuestras espaldas.

A veces la última piedrecita que metemos en la mochila, el guijarro, hace que la mochila se rompa y la persona entre en un estado emocional que no puede asumir, o lo atribuye al guijarro, existiendo problemas de base mucho más grandes y que pueden estar condicionando su vida.

En este punto entra el análisis que realiza el terapeuta: no es cuestión de que la persona le cuente su vida de cabo a rabo, es simplemente ir analizando aquellas situaciones de su vida que las comentan como "agua pasada" pero que muchas veces no lo son.

Por ello, el tratamiento psicológico muchas veces comienza con un "diálogo socrático" en el que el paciente habla sobre las dificultades pasadas y el terapeuta le pregunta sobre ello, sobre cómo lo solucionó, sobre cómo le afectó, intentando que la persona se pare a analizar los problemas por los que ha pasado dándose cuenta de la forma de gestión que tuvo.

Una vez que conseguimos saber los auténticos problemas del paciente: los actuales y los larvados, comienza a diseñarse el programa de tratamiento, que por ello debe ser personalizado, ya que cada persona tiene vivencias particulares y formas específicas de gestionar sus problemas.

El tratamiento psicológico es por ello cosa de dos: el que planifica de una manera objetiva y basándose en conocimientos específicos sobre los problemas, y el que ejecuta el plan (el paciente), que es la parte activa del proceso.

El terapeuta ayuda al paciente a ir desprendiéndose de las piedras de su mochila para caminar más liviano, y le enseña a no guardarlas, a saber desprenderse de ellas para no vivir con cargas innecesarias.