El año pasado me hice la Novia de la Muerte

Espero que no suene muy tremendista, o tal vez sí, tan sólo lo justo para llamar un poquito la atención sobre lo que cuento, que no es dramático ni busca la piedad. Para nada. Vamos a llamar a las cosas un poquito por su nombre. La primera vez duele, creo que a mi me dolió hasta la 100, y luego se abrió una dimensión de comprensión de realidad que me ayudó a sentir paz, y me ayudó a poder ayudar a otros, ya no desde el plano teórico de mi formación, incorporando las vivencias, ésas que no te dan títulos de papel pergamino, te dan cicatrices en la piel.

En el mes de junio 2018 tuve mi diagnóstico de cáncer de pecho, y reconozco no haber sentido el suficiente miedo, o tal vez el miedo superó la realidad y lo aparqué tras la necesidad de ser fuerte, de hacerme valer como una heroína que lucha las batallas sin quebrar la sonrisa ante las heridas de la guerra. Funciona, como primer afrontamiento la lucha es el mejor de los acicates. Las autoinstrucciones positivas, la esperanza, el pensar que luchar será ganar.

He luchado y sonreído hasta el infinito, me he ganado el Oscar de la Academia a la Superadora de Diagnósticos en Cáncer. He trabajado bien el papel. Tal vez los dos únicos que me suspenderían son mis dos mascotas, especialmente Freud, mi perro, el pequeñín llegó al mes del diagnóstico, no creo que sepa diferenciar el antes del después.

He vivido un año y un mes: 13 meses en los que he afrontado las situaciones que se han ido presentando de la única manera posible: con una actitud tranquila y positiva. De poco me valdría berrear o chillar si me van a cortar un pecho. Es curioso… esa sensación cuando vas en una camilla al quirófano y tocas por última vez tu pecho y piensas: “me van a amputar”, y lo sabes, y no importa, ya estás en una lucha por la supervivencia que te pueden sacar los ojos con cucharillas que lo das por bueno. Luego, cuando te despiertas de la anestesia, en una sala muy blanca, muy larga, en la que no ves a nadie, no sabes lo que pasa y te tocas el vendaje, y piensas: ya pasó lo peor, superé algo tan duro como someterme a una amputación y ya pasó, todo está bien.

El tiempo pasa después, te convierten en una guerrera, y tu sólo estás muy dolorida, preocupada, asustada, no terminas de encontrarte bien, y en ocasiones sólo te centras en tus dolores, o en ocultar tus dolores, y te siguen llamando guerrera, porque estás en una guerra contra el cáncer, pero el cáncer no es una batalla, el cáncer es tu novio, es una enfermedad crónica que te acompañará siempre, y con la que tienes que aprender a convivir.

Es duro el día a día en el que ya no importan mucho cosas banales y tienes que aprender a vivir de forma práctica. Ya no es importante conservarte en una talla 36, cuando la terapia hormonal te va a poner de las dimensiones de una hipopótama por mucho que hagas dieta o ejercicio, hay momentos en los que ese novio que es el cáncer te va a dictar que dejes de luchar por lo superfluo y te ocupes de lo imprescindible. Yo ya no lucho por mi silueta, me cuido y acepto lo que hay, con respeto hacia mi persona (esto no es licencia para convertirme en un hipopótamo), pero guardando en un cajón alto como la luna mi ropa de la 36, y mis gomas de pelo, y mis rizadores de pestañas, y mis sujetadores con dos (y he dicho dos) copas simétricas. Esas cosas me importan poco o más bien nada.

La vida con un cáncer es dura, porque es un novio que reclama de ti constantemente, te recuerda con los dolores, con las limitaciones, con las citas médicas, con pequeños achaques que está a tu lado, acompañándote tal vez para siempre. (Yo apuesto a que el cáncer me va a durar más que cualquier pareja, que me conozco).

Y llegado a este punto no muy bueno, anímicamente tampoco tan malo, he llegado al fin de mi duelo por mi enfermedad: a la aceptación. Y aquí se produce la gran pregunta”¿y si no lo supero?

Me he dado cuenta del nivel de aceptación cuando no he sentido ni un ápice de pena ni de miedo. Cuando he tenido bien claro lo que quiero y no quiero cuando me vaya (que me iré, con cáncer o por atropello de autobús, pero me iré): yo no quiero una lápida, no quiero un cementerio.

No quiero Día de Todos los Santos o flores por mi cumpleaños. Quiero que los mios me lleven dentro de ellos mismos, en sus pensamientos, en pensar cual sería mi opinión ante decisiones, qué cara pondría ante sus logros y las cosas importantes en la vida. No quiero ser una carga, una culpa porque no pudieron ir a poner flores, porque llevan tres años sin ir al cementerio, por cosas que no importan, en serio, no importan.

Yo sólo tengo un ser querido que ya se fue, pero nunca me abandonó. Voy al cementerio porque es un cementerio precioso y a los perros les encanta pasear por alli (hierba, flores, en un prao asturiano), pero no necesito ir el Día de Todos los Santos, ni el Cumpleaños, ni nada por el estilo. Ni lo hago. Nunca. Yo a mi padre le llevo en mi, en mi trabajo, en mis penurias, en mis alegrias y en mis tristezas.

Seguro que él tampoco habría querido una lápida ni una inscripción, pero eran otros tiempos. Yo estoy segura, quiero el viento, fundirme con las olas del mar y pasar a ser algo tan importante como un átomo en el Universo. Nunca les faltaré a los míos, y no tendrán más que pensar en mi para tenerme.

Por lo demás, esto es lo que piensa hoy una persona normal, feliz (excepto cuando viene Hacienda), con un trabajo maravilloso y con muchísimas ganas de ayudar a los demás, a algunos a superar los pequeños desencuentros de la vida, a otros a modificar formas de pensar o actuar que les perjudica y a muchos, a los que pueda, a encontrar la paz en sentirse un Novio de la Muerte (sabiendo que hay noviazgos eternos), simplemente aprendiendo a disfrutar del camino que para todos nosotros tiene un recorrido, largo, corto, nadie lo sabe y nadie nos lo garantiza.