ADOLESCENCIA/JUVENTUD: EL VÉRTIGO DE LAS PRIMERAS DECISIONES

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Toda nuestra vida está programada por nuestros padres. Somos bastantes dueños de la situación en los primeros meses de vida, cuando somos los que tomamos decisiones sobre cuando comemos, cuando dormimos y cuando jugamos, pero en cuanto sabemos caminar y andar, ya no volvemos a ser dueños de nuestro destino hasta muchísimos años después.

La infancia, adolescencia y primera juventud se caracterizan por ser etapas en las que los padres deciden sobre nuestro futuro: nos lo dan todo pensando y programado. Ellos van haciendo la hoja de ruta según nuestras características personales, nosotros mostramos predilección por determinadas actividades, amigos, comidas o asignaturas, pero son pequeñas decisiones sin mucha trascendencia.

Los padres son los encargados de marcar el camino, y nosotros nos dedicamos a vivir, protestar y en definitiva, levantarnos con la certeza de saber qué es lo que tenemos que hacer: cuales son los objetivos a corto plazo.

El primer momento de pánico, en la que se nos pide una decisión personal es a finales de la ESO en la que tenemos que decidir si queremos seguir en dirección a una carrera universitaria o hacer un módulo. Primera ramificación del camino: 2 alternativas. Es un momento demasiado prematuro en la vida de los chicos, una etapa en la que el reforzamiento a corto plazo es aún más importante que el reforzamiento a largo plazo y esta decisión se toma muchas veces en base a la ley del mínimo esfuerzo, porque es complicado que a estas edades su motivación hacia una profesión que requiere más esfuerzo personal sea superior a algo más rápido y que supone acceder al mundo laboral (y un sueldo) en un menor plazo de tiempo.

La toma de esta decisión todavía no es plenamente madura, y los padres, en aquellos casos que sus hijos muestren un potencial un poco diluido por las hormonas, tienen que hacer un esfuerzo extra para hacerles ver los pros y contras de cada alternativa en un futuro.

Aún así los adolescentes siguen ciñéndose a la hoja de ruta, no se sienten demasiado responsables de sus decisiones y en absoluto son capaces de evaluar las repercusiones a largo plazo de la alternativa que hayan elegido, y seguimos por el cómodo mundo de que otros carguen con nuestras decisiones, seguimos apoyados en la farola que suponen los padres.

El gran momento es cuando se acaba el plano, cuando nuestros padres ya no pueden ni deben tomar decisiones por nosotros. Llegamos al fin del mapa de la adolescencia y nos dejan un folio en blanco. Cada uno con su punto de partida según los pasos que hayan dado anteriormente. Ya no hay en quien apoyarse, ya no podemos delegar las decisiones, tenemos que tirarnos a nuestras propias piscinas.

Este punto es el que marca el inicio de la toma de decisiones “adultas” y para muchos chicos supone un vértigo absoluto: saber que de sus propias decisiones depende su futuro, sin red.

En este momento es normal que la persona presente crisis de ansiedad, una sensación de vacío, dificultad para tomar decisiones sencillas, irritabilidad, falta de concentración…

Una guía sobre cómo tomar estas decisiones, enseñar a la persona a establecer prioridades, analizar sus puntos fuertes y débiles, marcar objetivos de aproximación, les puede resultar muy útil para afrontar los nuevos retos de la vida desde un locus de control interno (atribución interna de las responsabilidades de nuestros actos. )

ADOLESCENCIA: SELECCIÓN DE BATALLAS PARA TRIUNFAR EN LA GUERRA

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La adolescencia es una etapa evolutiva caracterizada por los enfrentamientos entre padres e hijos. Los chicos empiezan a tener ideas propias, a sentirse como seres individuales y buscan en su interior para forjarse su propia personalidad, por lo que huyen de lo anterior: la época en la que se sentían una prolongación de sus padres, sin criterio propio.

La necesidad de alcanzar su individualidad precisa para ellos de un enfrentamiento activo con todo aquel que suponga una cortapisa en su avance hacia su propio yo. Padres, profesores, adultos de referencia, lugares con normas de adultos, pasan a ser objeto de rechazo. Ellos quieren elegir.

El pequeño gran problema que no tienen en cuenta (ni lo hicimos nosotros en su momento), es que toda la estructura en la que se ha basado su vida, estaba destinada a su progreso y bienestar, pero en esta etapa prefieren rechazar este concepto y buscan lo nuevo, lo que a ellos mismos les produce una pertenencia de grupo, aunque no sea lo más adecuado.

Los padres, cómodamente instalados en una estructura familiar en la que los niños son objeto de su cuidado y más o menos siguen los patrones que les marcan, ven con desesperación como la rebeldía es la tónica diaria. Los adolescentes son el vivo ejemplo del “de que se trata que yo me opongo”, y con esa energía desbordante que les proporcionan las hormonas en ebullición y un extra de motivación para la lucha, entran en todas las batallas.

Los padres no tienen tanta energía, se consumen y pierden los papeles intentando que los hijos sigan siendo los niños manejables de antaño, y se desesperan intentando imponer su voluntad como lo venían haciendo hasta ahora. El resultado es la desesperación y el agotamiento.

La estrategia para conseguir establecer una nueva relación tiene que basarse en la comprensión de que aunque lo parezca, nuestros hijos no nos detestan (o al menos no lo harán para siempre), sólo nos cuestionan y no quieren ser como nosotros, porque se ven fuertes y la necesidad de independencia y de forjar una personalidad les empuja en dirección contraria.

La estrategia básica es no entrar en todas las batallas: elegir sólo aquellos temas en los que no estamos dispuestos a ceder, y seamos más permisivos en otros. Temas como que no limpian su habitación, que están todo el día encerrados en su cuarto, que no dejan el movil son muy normales a su edad: su habitación es un poco reflejo de su cabeza, un pequeño desorden. Una habitación por muy sucia que esté siempre tendrá una puerta, es mejor cerrarla y que ellos mismos, sin presión externa, empiecen a no soportar tanto desorden (los hay con un umbral de porquería próximo al Diogenes: hasta éstos aprenden). Si quieren ser adultos, tendrán que coger también responsabilidades: su espacio es uno de ellos. Lo del móvil es normal, ya que es su forma de estar en contacto con lo que más les importa: sus amigos. Podemos pedir que lo dejen mientras las comidas o cosas así, pero reprocharles que están todo el día con el móvil puede ser producto, en muchos casos, que se han pasado la vida con la consola y eso estaba fenomenal para que no diera la lata.

Hay que reconocer que estar todo el día con el móvil no es exclusivo de los adolescentes, es algo cada vez más común en nuestra sociedad.

Cuando surja el enfrentamiento, no debemos olvidar lo esencial: son nuestros hijos, los queremos y ellos no deben jamás de dejar de saberlo,. Aunque estemos hartos y cansados, los gritos no son la mejor forma de afrontar los conflictos. Gritamos porque queremos llevar la razón, pero eso sólo consigue pasar del diálogo a la discusión, y las discusiones nunca llevan a situaciones pactadas.

La reivindicación adolescente es sana, el no sistemático es un error. Hay que escucharles, y que nos cuenten el cómo, por qué , cómo, dónde y para qué de las cosas, no como un interrogatorio, tan solo promoviendo en ellos la justificación de sus actos, tal vez de esta manera algunos de sus planes geniales no se lo parezcan ni a ellos mismos (lo del plan B les suena a chino).

¿DE QUÉ HABLAMOS CON NUESTROS HIJOS ADOLESCENTES?

Hablar, que no discutir. ¿Hace cuanto que no hablamos con ellos? La excusa de “y ellos qué”” no vale: nuestra posición es la de adultos que ya hemos pasado esa etapa y de algo nos ha tenido que servir. Nosotros tenemos que hablar con ellos, y buscar la manera, momento y lugar de hacerlo.

Hablar no es reprochar, ni dar sermones, ni intentar conseguir cambios de actitud. Hablar es interesarnos por ellos, por lo que les gusta y lo que no, por sus planes, por sus gustos musicales, por su mundo.

Hablar de forma distendida hará que bajen la guardia (seguirán pensando que somos unos pesados, pero al menos no adoptarán una actitud defensiva que los aleja).

“ME SIENTO ORGULLOSO DE TI”

Esta frase es un complejo vitamínico para la autoestima de los adolescentes. Cualquier acto digno de alabanza, debemos hacérselo saber. Sacar buenas notas puede ser lo habitual en el chico o chica y por eso no decimos nada, pero es un esfuerzo, y se lo debemos reforzar, Y que decir cuando es de los que van a trancas y barrancas y nos vienen con un aprobado: premiemos el esfuerzo, reconozcamos que hae las cosas bien.

Con los adolescentes se tiende a la recriminación constante de sus fallos (y por lo que parece son inmunes), sin embargo, alabar buenas conductas, produce un efecto positivo y es más posible que esa buena conducta aumente.

La autoestima en la adolescencia sufre un importante varapalo, y es parte esencial de su proyecto de adulto, así que de la misma manera que nos hemos ocupado de que coma verdura en la infancia como si en ello nos fuera la vida, es el momento de cuidar su autoestima, evitando reproches y formas despectivas de decirles las cosas.

Si ha fallado estrepitosamente el “nunca llegarás a ninguna parte”, lo debemos cambiar por “tienes capacidad para hacer las cosas muy bien, y eso te hará sentir mejor contigo mismo.


AQUÍ ESTOY

 "Puedes acudir a mi para lo que te haga falta; siempre estaré aquí para escucharte, sin juzgarte”.

Un adolescente da mucha importancia a poder acudir a sus padres cuando existen problemas; aunque exista rebeldía, en los momentos difíciles necesita tener una seguridad: "mis padres están ahí". Sin embargo, si no le prestamos atención cuando lo está pasando mal, o le echamos en cara sus errores, le estaremos dando una buena razón para que se las apañe por sí solo y busque consejo y ayuda en otros lugares.

Hay que escucharles, simplemente eso, escucharles, dejarles hablar (sin interrumplir con coletillas, por favor). Así, dejamos claro a nuestro hijo que: "Eres importante para mi", "me preocupo de las cosas en las que tú estás interesado", "me gusta escuchar tus ideas y opiniones". Escuchar con atención también estimula el deseo de hablar de los hijos. Se construye un ambiente de respeto y afecto mutuo. Escuchar, en serio, no acumular información para "pontificar". Los consejos basados en tirar por los suelos lo que les ha hecho les hará volverse más herméticos.

COMPRENSIÓN

A veces resulta frustrante ser padre. Continuamente oyendo los prejuicios de los quinceañeros que afirman que somos una generación antigua y que no les comprendemos... No hay duda; es difícil comunicarse con los adolescentes. Nosotros por nuestra parte no comprendemos sus modas, la música que escuchan, “las pintas” que llevan.

Ha llegado el momento que tires de recuerdos, de cuando tu tenías esa edad. Seguro que opinabas lo mismo de ellos, seguro que no aprobaban tu ropa, tus ganas de salir por la puerta a la minima oportunidad y raro era el amigo que les gustaba. Algo de mágico debe haber en el hecho de que cada generación rechace la anterior. Se llama EVOLUCIÓN. Afortunadamente no serán así siempre, es una etapa, como nosotros no nos quedamos con esa absurda ropa y esos peinados, que miramos ahora las fotos y nos preguntamos cómo fuimos capaces de ir así por el mundo.

El adolescente confunde "no comprender" con "no estar de acuerdo", por lo que no hemos de dejar que nos manipule. Si nos acusa de que no le comprendemos, hemos de decir a nuestro hijo que nos ayude: "Quiero comprenderte, cuéntame más, que sientes...".

Si tenemos la sospecha de que lo único que ocurre es que simplemente no estamos de acuerdo con él, podemos repetir lo que nos dice, sus argumentos, sus ideas, hasta que se dé por satisfecho y entonces: "Ves que comprendo lo que quieres decir y por qué; si no es así, quiero llegar a comprenderlo. Pero me parece que nuestro problema no es de falta de comprensión sino de falta de acuerdo".

CONFÍO EN TI

Contar con la confianza de sus padres es importante para un adolescente. "Lo más dañino que se le puede decir a un chico es "nunca más confiaré en ti",

Nuestro hijo necesita que le digamos que nuestra confianza en él se desarrollará gradualmente en la medida que adquiera nuevos conocimientos y experiencias en esas situaciones que requieran la confianza, según vaya madurando.. No podemos pretender que nuestro hijo de quince años conduzca un coche - aparte de que es ilegal - porque no tiene la experiencia necesaria que nos permita confiar en su buen juicio.

Hay situaciones en las que tenemos que dejar que se equivoque (o no) por si mismo, para que aprenda, pero eso no debe restarnos confianza, Pequeñas mentirijillas son comunes para evitar discusiones. Hay cosas en las que tal vez no podamos flexibilizar, como que nos diga a qué fiesta va a ir y donde va a estar, por motivos de seguridad, y como tal hay que explicárselo.

Pero hay otra razón por la que nos cuesta tanto a los padres confiar en nuestros hijos. Nos conocemos bien a nosotros mismos y, seguramente, hemos experimentado de primera mano todos los riesgos, situaciones y peligros de esta etapa. Sabemos qué fácil es ceder a las presiones del ambiente cuando no se está preparado. Esto nos previene de dar a nuestros hijos una confianza sin límites.

TE QUIERO

Cuántas oportunidades perdemos de decirle a nuestros hijos “te quiero”. Cierto es que hay edades en los que los chicos se vuelven un poco ariscos, pero si a los conflictos intergeneracionales le añadimos una cierta frialdad, la situación sólo puede empeorar.

Ya no es momento de achuchar a “nuestro osito”, que no es un osito, que es un chaval y se siente infantilizado, pero las muestras de cariño, la expresión de nuestro afecto es necesaria para que sepa que en medio de ese tsunami que es su vida, es querido.

El amor es el ingrediente esencial de una familia sana. Un "te quiero", dicho en voz alta y a menudo, nos ayuda a saber quiénes somos y por qué hemos nacido. Cuando un adolescente no está seguro del amor de sus padres, los otros cuatro mensajes anteriores no significan nada. Necesitan que le digan que les quieren y que se lo demuestren. ¿Cómo pueden estar seguros de que les quieren si nunca se lo han dicho? ¿Cómo pueden estar seguros si sus padres nunca pasan el tiempo con él?

La manera de demostrar el amor a un hijo es dedicarle tiempo. Darle regalos, proveerle de comida y ropa, mostrarle cariño de otras maneras está bien, pero también hay que estar dispuesto a perder tiempo con nuestro hijo adolescente: ir de pesca, ir de tiendas juntos, compartir un cine, facilitarle una quedada, ayudarle con algún problema de matemáticas que le tiene atascado (gracias por existir, Youtube).

Relacionarse, comunicarse, cuesta trabajo. Esto ocurre en el matrimonio, en la amistad... y en la relación entre padres e hijos. Con un adolescente cuesta más, porque crece y gana más independencia constantemente, y por eso puede llegar a frustrarnos.

REFLEXION

- ¿Habéis dicho alguna vez a vuestro hijo: "Hijo, ¿sabes que estoy orgulloso de ti, y no me importa nada más?" La palabra orgullo en este contexto se relaciona cercanamente con la de amor. Así, vuestro hijo sabrá que queréis decirle que estáis felices porque él es vuestro hijo.

- Cuando mejoréis vuestro modo de escuchar, vuestro hijo también aprenderá a escuchar mejor. Imaginad el impacto positivo que tendrá en la calidad de la conversación en vuestro hogar.

- Vuestro hijo adolescente necesita abrir una cuenta personal de autoestima basada en lo que es como persona, no por sus actuaciones diarias. Así, cuando falle, puede retirar de esa cuenta la cantidad necesaria. Si no tiene ese reconocimiento, puede acudir a lugares equivocados en su busca.

- No se trata de decir: "Comprendo exactamente cómo te sientes". Suena a querer desmarcarse de sus sentimientos y querer buscar una solución rápida al problema.

- Existe el peligro de poner un nivel demasiado alto a los hijos. Si los adolescentes llegan a creer que necesitan sacar todo sobresalientes para que sus padres les acepten, pueden deducir que a sus padres sólo les importa los éxitos... no las personas. Y así, como resultado, no intentarán hacer lo mejor que puedan.

- Es importante que le ayudéis a tener esta distinción clara en la cabeza: se puede aceptar a la persona aunque no se apruebe el comportamiento. Estáis orgullosos de él, porque en vuestro hijo, pero no de lo que ha hecho, dejándole claro que vuestro enfado se refiere sólo a sus acciones, no a él como persona.



MASTURBACIÓN: LUCES Y SOMBRAS

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La masturbación cumple diversas funciones de muy diferente entidad (es como un huevo kinder con sorpresa).

En la infancia la estimulación genital es una forma de conseguir un placer puramente físico. Se asemeja a los niños que retienen voluntariamente las heces, porque sentir las contracciones anales les produce placer. Esta situación normal en la primera infancia no debe escandalizarnos. Hay niños que se masturban y otros no. Si el niño lo hace constantemente habrá que corregirlo, de la misma forma que si se chupa el pelo o muerde los lápices, es decir: ayudándoles a reducir esta conducta, especialmente si la realiza en público (hay niñas que se masturban en el colegio, moviéndose en la silla, por ejemplo).

La conducta de masturbación es normal, y como tal hay que tratarla. Obviamente a los niños muy pequeños las explicaciones de por qué no es una conducta apropiada en público sobran (hoy en día se les dan tantas explicaciones a los niños que un día les va a explotar la cabeza, que son niños, no son adultitos pequeños, por favor).

Cuando aparece la pubertad comienza la exploración del propio cuerpo, las pulsiones sexuales y se descubre el placer por medio de la masturbación. Aquí, como en todo, los habrá que se masturben mucho y otros lo harán menos. Lo importante: que aprendan que es un acto íntimo, sin más importancia.

Cuando llega la edad adulta es cuando empiezan los problemas. Personas que consideran que si se masturban es que no están satisfechas con su pareja, personas que recriminan a sus parejas que se masturben como si sus necesidades sexuales no estuvieran satisfechas, los que se creen un poco sucios por masturbarse a menudo… aquí aparecen los problemas.

Lo primero que hay que hacer es normalizar la masturbación y volver lo que decíamos antes: la masturbación cumple varias funciones. La primera (obviamente) conseguir satisfacción sexual. Hay quien piensa que una erección mañanera merece su merecido, tampoco es eso, las erecciones se pueden bajar por sí solas, hay que darles una oportunidad.

A veces se tienen fantasías sexuales (algo que es personal e intransferible, donde manda la imaginación) y que es algo que debe quedar en la intimidad de cada persona, sin sentirse culpable por dar rienda suelta a un deseo que sólo queremos ver cumplido en sueños.

Pero otras veces la manipulación tiene una connotación negativa. Es común que las personas se masturben en situaciones de estrés, descarga tensiones, las cosas como son (el sexo en general descarga bastantes tensiones y no siempre es el amor lo que nos mueve, sino una liberación de estrés).

El problema es cuando la persona tiene mucha ansiedad y asocia masturbación con liberación de tensiones. En este momento la persona puede entrar en un bucle:

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Este ciclo es el que hay que romper, pero no incidiendo sobre la masturbación, que es una conducta finalista, sino sobre las causas que producen ansiedad a la persona, ayudando a reinterpretar las situaciones, buscar soluciones y dotar a la persona de herramientas para manejar la ansiedad de una forma adaptativa.

Como resumen: la masturbación sólo es perjudicial cuando se convierte en una compulsión que no podemos dominar o que interfiere en la realización de otras actividades, en este caso, sí es conveniente buscar un remedio.



La Ciencia avanza y seguimos sin vacuna contra "hago lo que quiero porque tengo 18 años"

 

Sí, esa curiosa epidemia transgeneracional que nos azota y nos asusta. Puede que tú mismo la hayas pasado o tengas la mala suerte de sufrirla en un hijo adolescente, justo cuando cumple los 18 años.

Los padres que tienen que SOPORTAR esta crisis de "hago lo que me da la gana porque soy mayor de edad" pueden experimentar auténtico pánico antes esta reafirmación del adolescente, porque piensan que ya no tienen autoridad sobre sus hijos y que "pueden coger la puerta e irse". Tranquilos, lo complicado hoy en día es precisamente eso, conseguir que dejen de vivir en la Pensión del Peine y se independicen.

Los padres se cuestionan si han educado mal a sus hijos, y se reprochan el haber sido demasiado permisivos o demasiado duros (da igual como hayan sido, en realidad, al que le toca la china, le tocó). 

Ante esto hay que analizar el por qué de este extraño comportamiento en el que parece que los chicos deciden hacer lo que les da la gana, y que no suele ser precisamente lo que les va a poner en la autopista de la vida, sino más bien en el camino de cabras.

Siempre la mayoría de edad nos la han vendido como la edad en la que somos adultos, podemos tomar nuestras propias decisiones y entramos por la puerta grande en el mundo de los adultos. Los padres pasan el día de las 18 velitas a tener un hijo que ya apuntaba maneras de rebeldía y que ahora adereza con el poder de decisión.

Los chicos que pasan por esta crisis normalmente no han procesado correctamente lo que significa hacerse mayor, y lo asimilan a liberarse de la parte negativa de ese contrato que firmamos con la vida y que incluye "derechos y obligaciones". Buscan el refuerzo positivo a corto plazo que supone "marcha", "colegas", "libertad de horarios", "decisión sobre sus estudios", y cualquier cuestionamiento sobre sus actitudes kamikazes recibe esa respuesta "hago lo que quiero porque soy mayor de edad".

Cuando los padres deciden pedir ayuda porque se sienten incapaces de manejar la situación, el trabajo se centra en analizar las pautas de comunicación con los hijos, revisar los patrones que ya no sirven (modo niño) y empezar otra forma de comunicación en la que hacemos sentir a nuestros hijos como adultos.

Ya no caben las charlas o las amenazas en el salón. Esta crisis también incluye sordera juvenil y una capa de leve desdeño hacia esos padres a los que han empezado a ver como seres humanos con sus defectos.

Si tu hijo está en esta etapa intenta hacer el ejercicio de recordar tus propios 18 años. Eras importante? Te bañaste en el pozo de la sabiduría? Tenías el título del "más listo del pueblo"? Seguro que sí. Acepta esta realidad y trabaja sobre ello. Las broncas y la imposición no funcionan, prueba a quedar con el chico para comer, hazle sentir mayor, y pregúntale sobre sus planes y expectativas, mantén la calma (suelen soltar una media de 15 chorradas por minuto), y después expresa tu opinión, enfrentándoles con la cruda realidad: si eres mayor para tomar tus decisiones ten en cuenta que ahora eres tú el patrón de tu velero: tú decides tus límites y tu esfuerzo marcará tu lugar en la vida. Hazlo sin que parezca un ultimatum, explícale tus propias experiencias cuando tenías su edad.

Normalmente cuando les pasas de forma realista el testigo de su propia vida les hace pensar y darse cuenta de esa realidad que se llama la responsabilidad sobre su futuro.

Así que suerte, paciencia, comprensión y mano izquierda

 

 

La importancia de establecer roles con los hijos adolescentes

La relación con los hijos adolescentes puede crear una situación de conflicto familiar que va más allá de las dificultades de relación con el hijo.

En ocasiones los progenitores toman posiciones diferentes respecto a la forma de gestionar las situaciones complicadas que se generan con los chicos, y comienzan las dificultades de parejas con alianzas extrañas, en las que uno de los progenitores puede llegar a sentirse desplazado por no ser tenido en cuenta en las decisiones o directamente, porque se le oculten datos respecto a problemas con el hijo.

Este tipo de situaciones puede manejarse desde la terapia familiar, en la que se buscan puntos de comunicación, formas de toma de decisiones y una cohesión familiar que no se vea debilitada por las complicadas relaciones que ya de por si pueden producirse durante la adolescencia.

El trabajo consiste en sesiones familiares y luego individuales para conocer la problemática exacta que refiere cada uno de sus miembros, ver los roles establecidos, dificultades de comunicación y de relación, para posteriormente trabajar nuevamente en el conjunto familiar dotándoles de herramientas y formas de relación que puedan mejorar la convivencia entre todos los miembros.

Algo muy a tener en cuenta es que el tipo de alianzas "tóxicas" que se establecen durante la adolescencia pueden marcar la relación con los padres de por vida, sintiéndose cada vez más alejado de uno de ellos, por no haber sabido buscar los cauces de comunicación en el momento adecuado.

¿HIJOS ADOLESCENTES?: RESPIRA HONDO Y RECUERDA...

 

La adolescencia es una etapa de enfrentamiento entre padres e hijos, por una parte ellos se sienten “mayores”, creen que ya están preparados para afrontar la vida y los padres siguen viendo en ellos a sus niños, que inexplicablemente, se vuelven ariscos, rebeldes y que incluso evitan compartir su tiempo, como si se avergonzaran de ellos. Los amigos han tomado protagonismo en sus vidas, y los padres pasan a ser "el enemigo", "los pesados", "los injustos".

Son tiempos difíciles, conviene que los padres recuerden su propia adolescencia. Aquellos tiempos de soledad buscada, el encuentro con la música, los amigos como centro del universo y los padres que considerábamos injustos y autoritarios, y por supuesto, malhumorados, siempre dispuestos a la discusión, a no comprender, a dar órdenes todo el día.

Adoptemos pues otra estrategia: no entrar en todas las batallas. Perderemos la guerra (ellos tienen más energía y una motivación que se llama ganas de descubrir la vida). Habrá que elegir sólo aquellas batallas que consideremos innegociables, y de esta forma también ellos pueden comprender que nuestra actitud no es el no sistemático a sus peticiones.

En estos momentos de conflicto, se nos olvida lo esencial: son nuestros hijos, los queremos y ellos no deben jamás de dejar de saberlo, y a ello añadiremos que les respetamos e incluso comprendemos más cosas de lo que pueden imaginar. El diálogo, el poner de ejemplo nuestra propia experiencia adolescente les puede "hacer caer" en que ellos no están siendo tratados injustamente, que es una etapa de la vida de reivindicación, pero en la que tienen que existir unos límites.

¿DE QUÉ HABLAMOS CON NUESTROS HIJOS ADOLESCENTES?

Quizá, lo primero que se nos venga a la cabeza sean los gritos a causa de las notas o porque el fin de semana ha llegado más tarde de lo habitual a casa.

Si nos descuidamos, nuestra relación puede reducirse peligrosamente a reconvenciones y críticas...Y, sin embargo, nuestro hijo tiene unas necesidades especiales de comunicación: espera que tomemos la iniciativa, aunque es difícil que lo exponga abiertamente, o que lo asuma sin protestar.

ME SIENTO ORGULLOSO DE TI

Con esta frase tan simple, ayudamos a construir la autoestima de nuestro hijo. Es probable que se la digamos cuando consigue algún éxito, pero un adolescente la necesita especialmente cuando falla. Estamos orgullosos de él porque es nuestro hijo... y no hacen falta más motivos. Y, sin embargo, muchos adolescentes de hoy en día pueden no tener la suerte de escuchar este mensaje a menudo.

Deberíamos estar orgullosos de nuestro hijo y reconocerle por lo que es y por los esfuerzos sinceros que hace por mejorar, sin compararle con otros y sin establecer metas arbitrarias como el rendimiento académico, por ejemplo. Sentirse orgulloso de un hijo no depende de lo bueno que sea en el fútbol o las notas que saca. 

Puede que resulte difícil estar orgulloso de un hijo cuando toma decisiones equivocadas o cuando falla. Sin embargo, nunca, nunca, debemos permitir que se esfume el cariño. Cuando falle, no diremos: "no llegarás nunca a ninguna parte". Un simple descuido y cuatro o cinco palabras pueden llegar a herirle profundamente. En nuestro hijo adolescente hacen el efecto de: "estoy disgustado contigo como ser humano".

Ciertamente es complicado alabar a un chico/a que está continuamente retando, buscando la forma de salirse con la suya o desobedeciendo. Es el momento de reflexionar sobre sus cualidades y hacerles llegar el mensaje: no pensamos que seas de una manera, sino que actúas de una manera que puede pasarte una factura.

AQUÍ ESTOY

"Puedes acudir a mi para lo que te haga falta; siempre estaré aquí para escucharte".

Un adolescente da mucha importancia a poder acudir a sus padres cuando existen problemas; aunque exista rebeldía, en los momentos difíciles necesita tener una seguridad: "mis padres están ahí". Sin embargo, si no le prestamos atención cuando lo está pasando mal, le estaremos dando una buena razón para que se las apañe por sí solo y busque consejo y ayuda en otros lugares.

Hay que escucharles, sin querer hablar y pontificar continuamente. Así, dejamos claro a nuestro hijo que: "Eres importante para mi", "me preocupo de las cosas en las que tú estás interesado", "me gusta escuchar tus ideas y opiniones". Escuchar con atención también estimula el deseo de hablar de los hijos. Se construye un ambiente de respeto y afecto mutuo. Escuchar, en serio, no acumular información para "pontificar". Los consejos basados en tirar por los suelos lo que les ha hecho les hará volverse más herméticos.

COMPRENSIÓN

A veces, es frustrante ser padre. Continuamente oyendo los prejuicios de los quinceañeros que afirman que somos una generación antigua y que no les comprendemos... No hay duda; es difícil comunicarse con los adolescentes.

Muchas veces, cuando nuestro hijo nos acusa de que no le comprendemos es tan sólo una manera de defenderse.

Confunde "no comprender" con "no estar de acuerdo", por lo que no hemos de dejar que nos manipule. Si nos acusa de que no le comprendemos, hemos de decir a nuestro hijo que nos ayude: "Quiero comprenderte, cuéntame más, que sientes...".

Si tenemos la sospecha de que lo único que ocurre es que simplemente no estamos de acuerdo con él, podemos repetir lo que nos dice, sus argumentos, sus ideas, hasta que se dé por satisfecho y entonces: "Ves que comprendo lo que quieres decir y por qué; si no es así, quiero llegar a comprenderlo. Pero me parece que nuestro problema no es de falta de comprensión sino de falta de acuerdo".

CONFÍO EN TI

Contar con la confianza de sus padres es importante para un adolescente. "Lo más dañino que se le puede decir a un chico es "nunca más confiaré en ti"

Nuestro hijo necesita que le digamos que nuestra confianza en él se desarrollará gradualmente en la medida que adquiera nuevos conocimientos y experiencias en esas situaciones que requieran la confianza. No podemos pretender que nuestro hijo de quince años conduzca un coche - aparte de que es ilegal - porque no tiene la experiencia necesaria que nos permita confiar en su buen juicio.

Pero hay otra razón por la que nos cuesta tanto a los padres confiar en nuestros hijos. Nos conocemos bien a nosotros mismos y, seguramente, hemos experimentado de primera mano todos los riesgos, situaciones y peligros de esta etapa. Sabemos qué fácil es ceder a las presiones del ambiente cuando no se está preparado. Esto nos previene de dar a nuestros hijos una confianza sin límites.

De hecho, no estaríamos haciendo bien nuestro trabajo de padres si permitimos que nuestros hijos se encuentren en situaciones donde el grado de riesgo es más elevado que su nivel de madurez

TE QUIERO

A veces, podemos perder muchas oportunidades de expresar amor y cariño - y de recibirlo - sólo porque no nos lo hemos propuestos como un objetivo consciente. Y, sin embargo, es el mensaje más importante que chicos y chicas quieren oír de sus padres.

El amor es el ingrediente esencial de una familia sana. Un "te quiero", dicho en voz alta y a menudo, nos ayuda a saber quiénes somos y por qué hemos nacido. Cuando un adolescente no está seguro del amor de sus padres, los otros cuatro mensajes anteriores no significan nada. Necesitan que le digan que les quieren y que se lo demuestren. ¿Cómo pueden estar seguros de que les quieren si nunca se lo han dicho? ¿Cómo pueden estar seguros si sus padres nunca pasan el tiempo con él?

La manera de demostrar el amor a un hijo es dedicarle tiempo. Darle regalos, proveerle de comida y ropa, mostrarle cariño de otras maneras está bien, pero también hay que estar dispuesto a perder tiempo con nuestro hijo adolescente: ir de pesca, ir de tiendas juntos, compartir un cine...

Relacionarse, comunicarse, cuesta trabajo. Esto ocurre en el matrimonio, en la amistad... y en la relación entre padres e hijos. Con un adolescente cuesta más, porque crece y gana más independencia constantemente, y por eso puede llegar a frustrarnos.

REFLEXIÓN

- ¿Habéis dicho alguna vez a vuestro hijo: "Hijo, ¿sabes que estoy orgulloso de ti, y no me importa nada más?" La palabra orgullo en este contexto se relaciona cercanamente con la de amor. Así, vuestro hijo sabrá que queréis decirle que estáis felices porque él es vuestro hijo.

- Cuando mejoréis vuestro modo de escuchar, vuestro hijo también aprenderá a escuchar mejor. Imaginad el impacto positivo que tendrá en la calidad de la conversación en vuestro hogar.

- Vuestro hijo adolescente necesita abrir una cuenta personal de autoestima basada en lo que es como persona, no por sus actuaciones diarias. Así, cuando falle, puede retirar de esa cuenta la cantidad necesaria. Si no tiene ese reconocimiento, puede acudir a lugares equivocados en su busca.

- No se trata de decir: "Comprendo exactamente cómo te sientes". Suena a querer desmarcarse de sus sentimientos y querer buscar una solución rápida al problema.

- Existe el peligro de poner un nivel demasiado alto a los hijos. Si los adolescentes llegan a creer que necesitan sacar todo sobresalientes para que sus padres les acepten, pueden deducir que a sus padres sólo les importa los éxitos... no las personas. Y así, como resultado, no intentarán hacer lo mejor que puedan.

- Es importante que le ayudéis a tener esta distinción clara en la cabeza: se puede aceptar a la persona aunque no se apruebe el comportamiento. Estáis orgullosos de él, porque en vuestro hijo, pero no de lo que ha hecho, dejándole claro que vuestro enfado se refiere sólo a sus acciones, no a él como persona.