CONSULTA PSICOLÓGICA VILLAVERDE: POR QUÉ ABRIMOS TODO EL AÑO

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Algunas personas que llaman pidiendo información, o los propios pacientes suelen preguntar cuándo cerramos por vacaciones. La respuesta es: nunca.

Las razones son éticas y muy simples: “si yo tengo un paciente que necesita terapia semanal, no puedo irme a la playa y dejarle “tirado”, porque si pudiera verle cada quince días, no tendría sentido tenerle en terapia semanal”. Así de sencillas son las cosas, hay servicios que no pueden postergarse, porque tratan de algo importante: las personas.

Por ese motivo en nuestra consulta trabajamos las 52 semanas del año.

Surgirá la siguiente pregunta: ¿si mi psicólogo nunca descansa, cómo puede estar fresco para tratarme"?” Tranquilo: tu psicólogo descansa lo suficiente: trabajar las 52 semanas del año no significa trabajar los 365 días del año. Afortunadamente podemos distribuir los pacientes de forma que nos queden semanas para descansar, siempre que no sea una semana completa. El truco es sencillo: de jueves a miércoles, por ejemplo, y así siempre podemos dar atención de calidad a los pacientes.

Esta política de servicio integral es uno de los pilares fundamentales de la consulta, y surge de la reflexión sobre cómo vemos a nuestros pacientes: personas que necesitan un apoyo puntual, y nunca como clientes.

No obstante los pacientes sí pueden (y deben) coger vacaciones dentro de sus posibilidades, para nosotros supone una gran alegría que nos cuenten sus viajes y sus momentos de felicidad, que hacemos nuestros.

Por todo ello, aquí seguimos. a vuestro lado, también en verano.

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COMUNICACIÓN EN LA PAREJA: "LOS LECTORES DE MENTES"

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Vivir en pareja supone conocer a la otra persona en sus fobias y filias, sus manías, sus rutinas, su forma de reaccionar antes situaciones imprevistas y un largo etcétera.

Creemos que conocemos a la otra persona como a nosotros mismos, cosa que ya es mucho decir, porque tampoco nosotros podemos preveer algunas de nuestras reacciones en momentos determinados. El ser humano tiene la capacidad de adaptarse a cada situación, lo que nos hace volubles, no siempre previsibles.

Cuando una pareja lleva mucho tiempo consolidada, ese conocimiento del otro, le hace llegar a pensar que puede anticipar lo que piensa. Esto, además de que convertiría en un auténtico rollo la convivencia, no es en absoluto cierto. Lo bueno de los pensamientos es que son transparentes, no se pueden leer, por mucho que pensemos que si.

En situaciones normales esta idea un tanto errónea no produce ninguna consecuencia, es bueno saber qué le gusta o desagrada a nuestra pareja, cómo reacciona ante las discusiones o sus “manías”. Sin embargo, el verdadero problema es cuando la pareja está en crisis.

En el momento de la crisis dejamos de ver a nuestra pareja como nuestro aliado/a, para convertirse en alguien que de alguna manera nos oculta, nos engaña, nos quiere hacer daño, quiere fastidiar. Es en ese preciso y peligroso momento cuando se empieza a soltar la muy perniciosa frasecita "sé que haces esto porque te ha molestado esto otro”, “lo que tu quieres es que yo no salga pero no me lo dices”, “no dice nada pero sé perfectamente que se enfada si me pongo a hablar por el móvil porque cree que no le presto atención”.

Los lectores de mente hacen interpretaciones libres de la conducta de su pareja, y actúa según la convicción de que aciertan con su pensamiento. Entonces se montan la película, de la película sale la bronca, porque el supuesto pensador/a puede protestar diciendo que eso no es lo que piensa, que no es cierto, y la otra persona dirá: “mientes”, nada, que uno no es dueño de sus pensamientos. Da un poco de miedito.

Cuando se entra en esa dinámica la falta de comunicación está asegurada, entra el juicio, el reproche, las dudas que uno mismo genera se convierten en certezas y el distanciamiento se hace cada vez más patente.

Es necesario en la comunicación de pareja tener un estilo directo, fluido y ante todo personal: no se habla de “tu piensas”, se habla de “yo siento”. Es pasar de acusar a pedir ayuda para comprender pequeños conflictos o dudas que van surgiendo en la pareja.

Haz un poco de balance de tu estilo de comunicación, ¿lees mentes? ¿te produce buen resultado? ¿no crees que la otra persona tiene derecho a poder aclarar tus dudas sin sentir que está defendiéndose de un juicio?

“me siento preocupado/a porque ultimamente llegas tarde” es exactamente un “creo que ultimamente prefieres estar por ahi con otra gente que conmigo”, exactamente es lo mismo que tu crees y proyectas, pero pude estar muy alejado de la realidad y generar conductas de recelo y resentimiento que no llevan a una explicación, probablemente perfectamente normal del por qué de la conducta de la pareja.

Recuerda, ni mentes ni manos, ni posos de té. El expresar tus sentimientos, preocupaciones, miedos y dudas, te va a llevar a respuestas, no a un espiral de inseguridades y recelos

LA PERSONA NARCISISTA: UNA DIFÍCIL CONVIVENCIA

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El trastorno de personalidad narcisista queda recogido en el DSM 5 con los siguientes criterios:

Criterios diagnósticos 301.81 (F60.81)

Patrón dominante de grandeza (en la fantasía o en el comportamiento), necesidad de admiración y falta de empatía, que comienza en las primeras etapas de la vida adulta y se presenta en diversos contextos, y que se manifiesta por cinco (o más) de los siguientes hechos:

1. Tiene sentimientos de grandeza y prepotencia (p. ej., exagera sus logros y talentos, espera ser reconocido como superior sin contar con los correspondientes éxitos).

2. Está absorto en fantasías de éxito, poder, brillantez, belleza o amor ideal ilimitado.

3. Cree que es "especial" y único, y que sólo pueden comprenderle o sólo puede relacionarse con otras personas (o instituciones) especiales o de alto estatus.

4. Tiene una necesidad excesiva de admiración.

5. Muestra un sentimiento de privilegio (es decir, expectativas no razonables de tratamiento especialmente favorable o de cumplimiento automático de sus expectativas).

6. Explota las relaciones interpersonales (es decir, se aprovecha de los demás para sus propios fines).

7. Carece de empatía: no está dispuesto a reconocer o a identificarse con los sentimientos y necesidades de los demás.

8. Con frecuencia envidia a los demás o cree que éstos sienten envidia de él.

9. Muestra comportamientos o actitudes arrogantes, de superioridad.

Estas características que describe el Manual Diagnóstico de los Trastornos Mentales, hace especial hincapie en la lucha de la persona por ser admirado, patrón tendente a la grandiosidad (bastante evidente en la forma de hablar y el lenguaje corporal) y una falta de empatía, en parte debido a sentirse especiales y superiores al resto de las personas.

Suelen ser personas arrogantes, que sobrevaloran sus logros o simplemente consideran que “ellos siempre lo hacen bien, siempre tienen razón”, llegando en el ambiente laboral a crear situaciones tóxicas, dada su tendencia a la falta de compañerismo y la atribución de todos los logros a su persona, y todos los errores a sus compañeros, o menospreciando o criticando abiertamente sus logros.

No soportan que les hagan sombra, que no se les admire y reconozca.

Todo su anhelo es sobresalir, y para ello realizan actividades encaminadas a superar al resto de las personas, quedar en un plano en el que sean admirados y reconocidos como “superiores”.

En realidad tras una personalidad narcisista se encuentra una persona atormentada por su baja autoestima. Esa necesidad de sobresalir constatemente, les hace vivir una vida con esfuerzos permanentes por llegar a la cima de cualquier cosa, de salirse de la media, de resaltar. No se aceptan tal como son, no disfrutan de si mismos con esa extraña necesidad de sentir la admiración de los demás.

Ciertamente, una persona que tiene oculta una baja autoestima puede utilizar esa supuesta arrogancia con la pretensión de que las personas le vean como quiere ser, y no como realmente se siente o es.

La falta de empatía que demuestra hacia los demás le hace encontrar dificultades en hacer amistades, es muy cansado pasar un rato agradable con alguien que intenta sobresalir y sólo está interesado en él mismo. Durante un tiempo puede fingir un interés por los demás, pero es algo muy instrumental: una forma de “copiar” cosas que admira o para conseguir ser aceptado en grupos, de los que pronto se verá rechazado por sus características de interrelación.

Normalmente buscan posiciones sociales elevadas: critican abiertamente lo que socialmente no está a su alcance, pero lo envidian y anhelan. Normalmente la crítica es desmedida hacia todo aquello que les produce envidia (y un narcisista puede envidiar toda aquella cualidad que desea para aumentar su grandiosidad)

Las relaciones de pareja suelen ser dificultosas y poco gratificantes. Pueden enamorarse y mantener una relación de pareja siempre que la persona con la que esté le admire o sea una persona que le ayuda a destacar y brillar. Dada su escasa empatía, probablemente le cueste sentir un afecto profundo que no sea el derivado de sentirse amado y admirado. Si esto no ocurre o la persona que comparte su vida le contradice en sus ansias de grandiosidad, habrá problemas.

TRATAMIENTO PSICOLÓGICO

Es muy complicado tratar a una persona con este patrón de personalidad, ya que rechazan de plano las críticas (pudiendo adoptar una actitud de rechazo). Es difícil que acepten que puedan estar equivocados o simplemente que acepten que hay personas en su entorno con tantas cualidades como las que ellos mismos se atribuyen.

Es conveniente para su tratamiento, realizar las sesiones grabadas. El lenguaje corporal que desarrollan suele ser aversivo para otras personas (grandilocuencia) y es más fácil mediante el visionado que puedan aceptar la diferencia que hay respecto a tono y gesticulación (o incluso la mirada) para que puedan ver los errores.

Una práctica que resulta interesante con ellos es grabarles hablando de un tema concreto durante un periodo de 5 minutos, y grabar a personas de edad y físico similares haciendo el mismo ejercicio, para luego preguntar a otras personas qué les suscita cada uno de ellos. Puede ser que no sepan identificar claramente la personalidad narcisista, pero probablemente les reconocerán por sus rasgos.

El tratamiento a seguir con estas personas se basa en la experiencia que van teniendo en la interacción con otras personas y las dificultades encontradas, para luego pasar de la primera atribución de la responsabilidad a “otros” a intentar buscar los propios fallos y buscar formas nuevas de relación.

El control de gestos, posturas, tono de voz, etc, también es muy importante, ya que esa primera tarjeta de visita en estas personas puede resultar aversiva.

Fuente: MANUAL DIAGNÓSTICO Y ESTADÍSTICO DE LOS TRASTORNOS MENTALES 5ta. EDICIÓN DSM-5®

PENSAMIENTOS OBSESIVOS CON LA EX-PAREJA: NORMAL Y EVITABLE

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Cuando una relación termina se empieza un comienzo de duelo y reconstrucción personal duro y desesperante.

Hay parejas que ya no funcionaban desde hacía tiempo, pero siguen manteniéndose unidas por la comodidad o el miedo a la soledad, sin ser conscientes que ningún miedo ni dolor es superior al goteo constante de sufrimiento por el que están pasando.

Hasta la peor de las parejas tiene aspectos positivos: tener a alguien cuando llegas a casa, que te calienten los pies en las noches frías, sentir la presencia de alguien, el “ruido” dentro del hogar, compartir gastos, poder ir a sitios que la persona ni se plantea ir sola (como al cine), y una larga lista de “pros” dentro de la relación. El “contra” muchas veces es más fácil de resumir en: sentir la soledad en compañía, algo que si nos valoramos un poco no deberíamos consentirnos.

Cuando una persona pierde una relación puede sentir incredulidad (a pesar de que las cosas no se producen de golpe, llevan un proceso con muchas pistas que no queremos ver), y luego aparecen pensamientos obsesivos respecto a la ex-pareja. Se intenta buscar un por qué, qué es lo que falló, se fantasea con la posibilidad de un retorno, se recuerdan los buenos momentos y las cualidades de la otra persona, y especialmente se piensa que jamás se volverá a ser feliz, que jamás encontrará a alguien como la pareja perdida.

La base psicológica de estos pensamiento se encuentra en el refuerzo positivo que nos proporcionaba la pareja (incluso la peor de ellas). El sentimiento de seguridad, tener a alguien que nos da los buenos días, hablar al llegar del trabajo, los fines de semana de ocio… recordamos lo bueno, lo que nos gratificaba y focalizamos nuestra atención en estos aspectos, llegando a sobrevalorarlos.

En esta situación, que supone una idealización completamente subjetiva, la persona debe tener muy claro aquellos aspectos de la relación que le hacían infeliz. Probablemente las discusiones, las faltas de respeto, el distanciamiento se estén pasando por alto, no percibiendo que la pareja, a pesar de esa gratificación, causaba un sufrimiento que ahora pasamos por alto: nos centramos y ensalzamos lo bueno.

Ahora bien, cuando a una de estas personas que está pasando por esta situación tan delicada, se le pregunta si “echa de menos la situación o la persona”, se quedan en principio muy sorprendidos, y cuando lo analizan y piensan sobre ello la respuesta que dan, suele ser “la situación”. Es en ese punto en el que tenemos que trabajar.

No se trata en absoluto de enseñar al paciente a “odiar” a su pareja, de fomentar el resentimiento, simplemente tienen que recordar el pasado con lo bueno, pero también con lo malo, incluso reconociendo su parte de responsabilidad en la ruptura (aprendizaje fundamental en futuras relaciones).

Cuando la persona consigue encuadrar su relación pasada en lo que fue, cuando se siente capaz de reconocer que aquello no funcionaba, tal vez esté preparado para dejar marchar su pasado, y sea el momento de centrarse en si mismo, en su recuperación.

Olvidar el pasado no es que no haya existido, es recordar las anécdotas, los buenos momentos como parte de nuestra vida, con una cierta ternura, como cuando piensas en tu hijo adolescente y larguirucho y recuerdas aquel momento en que te echaba sus bracitos regordetes pidiendo un beso, y no por ello ansiamos que se mengüe y vuelva a ser un bebe.

La tarea de perdón y reconciliación con uno mismo en ocasiones necesita la ayuda terapéutica para dejar en primer lugar que la persona pueda expresar sus emociones, descargarlas, y luego ayudarles a través de tareas programadas a ir venciendo la obsesión dirigiéndoles hacia el pensamiento racional. Mención especial cabe en el tratamiento de estas personas, el fortalecimiento de la autoestima y la programación de actividades de ocio en las que encuentre una gratificación interna.

Desgraciadamente las relaciones, en las que nos adentramos con tanta ilusion, no siempre salen bien, y cuando así sucede, es mejor dejar partir a la persona y seguir el camino en solitario, nunca se sabe por cuánto tiempo, por lo que habrá que prepararse para una nueva forma de vida, en la que el pasado no limite nuestro presente.

Se deja de querer…
y no se sabe por qué se deja de querer;
es como abrir la mano y encontrarla vacía
y no saber de pronto qué cosa se nos fue.

Se deja de querer…
y es como un río cuya corriente fresca ya no calma la sed,
como andar en otoño sobre las hojas secas
y pisar la hoja verde que no debió caer.

Se deja de querer…
Y es como el ciego que aún dice adiós llorando
después que pasó el tren,
o como quien despierta recordando un camino
pero ya sólo sabe que regresó por él.

Se deja de querer…
como quien deja de andar una calle sin razón, sin saber,
y es hallar un diamante brillando en el rocío
y que ya al recogerlo se evapore también.

Se deja de querer…
y es como un viaje detenido en las sombras
sin seguir ni volver,
y es cortar una rosa para adornar la mesa
y que el viento deshoje la rosa en el mantel.

Se deja de querer…
y es como un niño que ve cómo naufragan sus barcos de papel,
o escribir en la arena la fecha de mañana
y que el mar se la lleve con el nombre de ayer.

Se deja de querer…
y es como un libro que aún abierto hoja a hoja quedó a medio leer,
y es como la sortija que se quitó del dedo
y solo así supimos… que se marcó en la piel.

Se deja de querer…
y no se sabe por qué se deja de querer.

José Ángel Buesa