ESCUELA PARA PADRES...DIVORCIADOS

almudena pelaez divorcio.jpg

El divorcio es una situación familiar traumática en la que hay dos personas responsables: el padre y la madre. Los niños podrán disfrutar de una situación normalizada y estable en cuanto sus padres sean capaces de diferenciar sus problemas de adultos con las necesidades y sentimientos de los hijos.

Nadie duda del amor de ambos cónyuges por los hijos, pero en ocasiones la mente se nubla, y el resentimiento nos hace perder la perspectiva respecto a lo deseable para los niños.

Reflexionemos por un momento: una pareja decide JUNTA tener un niño. Obviamente nadie tendría hijos con la perspectiva de perderlos posteriormente (en parte o totalmente). Juntos los hijos se crían y se les da amor, y como es lógico ambos progenitores enseñan a sus hijos a respetar y querer a su pareja.

Lo que no tiene ninguna lógica es que el divorcio de los padres exija el divorcio emocional de los niños. No puedes decir a un hijo que aquel o aquella a quien enseñaste a respetar y querer ahora es una persona horrible. El daño que hacemos a nuestros hijos es impresionante.

Muchas veces las situaciones que han llevado a la ruptura producen una enemistad (e incluso odio) entre las personas que pueden condicionar a sus hijos. Unas veces de forma manifiesta, otras a través de conductas o gestos que los niños captan perfectamente.

Las menos de las parejas (pero las muy, muy menos) consiguen entender que siguen siendo progenitores y que tienen que estar juntos en determinadas ocasiones importantes para el niño, y que esto da sentido a lo que siempre se les dice “nosotros ya no nos queremos pero los dos te queremos más a ti que a nada en el mundo”. El niño, cuando ve que los padres no pueden dejar de mantener una actitud hostil en su presencia se siente triste y desorientado, tiene miedo de incurrir en deslealtad si habla más con uno que con otro, si hace o deja de hacer.

Para aquellos padres que ya no son pareja pero no consiguen superar sus diferencias y rencores a pesar de tener niños, existe la posibilidad de realizar una terapia de ex-pareja, no se trata de conseguir que ellos se lleven ni mejor ni peor, simplemente de que consigan establecer un marco sano de relación para que sus hijos puedan gozar de una cierta tranquilidad, sin tensiones manifiestas ni ocultas.

Es un aprendizaje de “ponerse en el lugar del niño” explicándole las repercusiones que tienen ciertos comportamientos, que a veces pensamos que los niños no captan, así como a conseguir compromisos mutuos de “etiqueta” que pueden ser de gran ayuda para los niños.

TERAPIA INFANTIL: EL PAPEL DE LOS PADRES COMO COTERAPEUTAS

almudenapelaez.es.terapia infantil.jpg

El trabajo terapéutico con niños pequeños (hasta los 8 o 9 años) requiere una fuerte implicación de los padres.

Por una parte, a menor edad del niño, menos posibilidades de indagar sobre sus problemas o emociones a través de la palabra. Las conductas a edades tempranas nos pueden dar las pistas necesarias para llegar a la raíz de los problemas.

Por otra parte, tal vez la más importante, muchos niños que acuden a terapia infantil por problemas de conducta, lo que necesitan es una terapia que incida directamente sobre los padres, porque la mayoría de los problemas de conducta disruptiva en los niños vienen dadas por la forma en que los padres les están educando.

Lo ideal a la hora de trabajar con niños pequeños es dividir la sesión en dos partes, no necesariamente iguales. En una se trabaja con el niño explorando sus problemas, identificando conductas que hay que cambiar y dándole estrategias muy sencillas para ir modificando su conducta o haciendo frente a emociones que expresan de forma inadecuada. Esta parte de la sesión es totalmente lúdica.

El trabajo con niños pequeños se realiza con plastilina y punzón, papeles y lápices de colores, marionetas, juegos sencillos, playmobil para escenificar situaciones y todo aquel material susceptble de ayudarnos a permitir entrar en el mundo del niño de una forma nada agresiva, haciéndole sentir cómodo y dejando que se abra en un momento de relajación.

En muchas ocasiones es conveniente grabar estas sesiones para poder luego analizar minuciosamente las cadenas conductuales y poder posteriormente introducir algunos cambios en las secuencias para ver la reacción en el pequeño.

La otra parte de la terapia es la centrada en los padres. Aquí suelen surgir algunos problemas. Hay padres que culpan a sus hijos por su comportamiento y actitudes y no tienen en cuenta que los niños aprenden en casa muchas cosas, el MODELADO de conductas supone que los niños reproducen aquello que ven en casa. Si los padres gritan, los niños piensan que es un modo natural de comunicación y lo reproducen, por ejemplo.

Otras veces los padres son inconsistentes en su forma de relacionarse con los niños, y lo que unas veces no les importa, otras les parece algo terrible, un poco dependiendo de cómo va de paciencia el progenitor.

Lo ideal para organizar la terapia es partir de la base que no hay niños buenos ni malos, lo único cierto es que los hay tranquilos y responsables y los hay movidos e impulsivos. Estas características ni siquiera son un indicador fiable de qué tipo de niño puede necesitar en un momento dado un poquito de ayuda terapeutica, ya que los más responsables pueden tener sentimientos internos de necesidad de agradar, y cuando algo no les sale perfecto tienden a sentir que han fallado produciendo sentimientos de poca autoestima y tristeza. Los más bichillos pueden terminar siendo un reflejo de la “profecía autocumplida”: si siempre le decimos que es un desastre, lo terminará siendo, porque es lo que se espera de él.

De esta forma, el trabajo en terapia infantil se va a centrar en la mayoría de los casos en una terapia con los padres, en los que se les enseñe a modificar algunas conductas que ni siquiera eran conscientes de que pudieran ser perjudiciales, también se les enseñará a actuar ante casos de mal comportamiento, timidez, miedos y un largo etcétera.

Por todo ello es necesario desterrar la idea de que el niño va a terapia porque algo va mal en el niño, teniendo una visión más global del asunto: el niño va a terapia porque algo funciona mal en el ámbito de la educación del pequeño.

Nunca debemos olvidar el papel de modelo que ejercemos sobre los niños. No hables como un carretero y a continuación castigues al niño por decir un taco, y si viene del colegio diciendo tacos, no pienses: desde luego vaya cosas aprende en el colegio (que también, las cosas como son), pero no te cruces de brazos en un “esto es lo que hay”, tómate el tiempo necesario para explicarle las cosas que no son adecuadas, o deja que el terapeuta te indique cómo hacerlo de una manera efectiva (que no es el ordena y mando porque para eso soy tu padre).

Establezcamos alianzas entre los padres, porque la familia tiene una jerarquía y esto no es una democracia, básicamente porque un niño de 6 años no puede tomar las riendas de la buena marcha de una familia.

Los niños son para sufrirlos, disfrutarlos, amarlos y a veces tener un poquito de ganas de ahogarlos. Es lo que tienen los niños. Si tienes un poco de paciencia y sentido común,, la experiencia de la paternidad/maternidad es un viaje mágico y maravilloso, si dejas que te lleven a su terrero, sufrirás como un azotado, porque no debemos olvidar que esos cuerpecillos son pura terquedad y energía, y en eso nos ganan por la mano.

Así que, si estás pensando que tu niño necesita terapia, reformula el “llevo al niño al psicólogo” por un “vamos al psicólogo con el niño”.

HUBO UN TIEMPO EN QUE LAS LECHUGAS SABÍAN A LECHUGAS Y LOS NIÑOS TENÍAN INFANCIA

images.jpg

 

Me siento triste y alarmada viendo las características de los niños que vienen ultimamente a consulta, el último eslabón de una serie de errores cada día más comunes en la educación de los niños. El motivo de la consulta es la falta de habilidades sociales, y si empezamos a tirar del hilo en sentido inverso... los niños dejan de ser niños al comenzar la primaria!

Sí culpo a los padres, no por no querer a sus hijos (eso es indudable). Les culpo de ir a lo fácil y de meterles en una espiral de soledad, de falta de estimulación sobre lo que es realmente la vida, en una falta de comunicación preocupante.

Padres, sociedad, maestros que no advierten, fuerzas sociales que no dan la voz de alarma...y aquí estamos, con unos niños alienados, que sólo piensan en los videojuegos o en ser youtubers (ya les llegará el momento de beber los vientos de los influencers). Estamos criando pequeños robots que molestan poco y están dejando atrás una auténtica infancia.

Comprendo perfectamente la presión social sobre los pequeños: "todos sus amigos juegan a la consola", y claro, nuestro hijo no va a ser menos. Por otra parte, qué maravilloso sistema para que no de la lata, no manche y encima el chantaje perfecto si se portan mal o no estudian.

Una ola gigante a esos padres que se dejan llevar por la corriente de "pensar" que son unos padres fabulosos. 

Tan sólo una recomendación: pensad en vuestra propia infancia. Ya, que el niño no se va a poner a jugar a "la zapatilla por detrás", ni les vamos a contar las historias de nuestra propia infancia como "el abuelo porretas". En eso estamos de acuerdo, pero hay cosas que están ahi mismo, a su alcance, que deben aprender y aprehender para convertirse en adultos que han tenido una infancia, con sus experiencias, sus anécdotas, sus propias aventuras que contar.

Probablemente muchos de estos niños odien profundamente ir al campo, hacer planes de familia, jugar con JUGUETES. No es que el niño "sea así", es que le estamos privando de un aprendizaje fundamental, porque el juego es un role play para la vida, y con tanta maquinita se lo están perdiendo. 

Pregúntale a tu hijo qué es una luciérnaga, llévale una noche estrellada a ver las estrellas con una hamburguesa, rétale a hacer el pino, haz un campeonato de globos de chicle, haz un dique con ramas en el campo, hazle un plano del tesoro para que encuentre algo tonto, juega a por qué letra empieza, monta un campamento de exploradores en el salón, canta "cuando alfonso XII usaba pantalón" con todas las vocales, hazte un parchís a muerte... vive con tu hijo.

Probablemente leerás esto y pensarás: "esta de niños no entiende nada". Afortunadamente no me encuentro en ese punto. He sido niña, y con una memoria prodigiosa para aplicarlo cuando fui madre, y hoy puedo pasarme horas hablando con mis hijos de mil historias vividas, creadas, vida, amor, aprendizaje de la Naturaleza, amor a los animales, comprensión y ayuda al más débil... todo eso se forjó en una vida en la que existía consola, pero no era demasiado importante cuando había que cocinar paellas de plastilina, organizar campos de batalla, vender croquetas de arena o.... hacer carreras de coche en la arena, en el que el volante era el cubo y el cambio la pala.

Tienes un hijo, no un mueble de Ikea. Aunque se niegue, aunque sólo admita ir a sitios con WIFI, lucha, en el punto en el que estés, tenga 3 o tenga 13 años. 

No es suficiente darle comida y caprichos. Dale amor, dedicación y échale muchísima imaginación.

Que cuando tu hijo sea padre pueda recordar la infancia mágica que creaste para él, y que no se compra ni se vende.

Por favor: lee esto, reflexiona y si con el corazón en la mano crees que el mejor amigo de tu hijo es una videoconsola: sácale de ahí.

 

La Ciencia avanza y seguimos sin vacuna contra "hago lo que quiero porque tengo 18 años"

 

Sí, esa curiosa epidemia transgeneracional que nos azota y nos asusta. Puede que tú mismo la hayas pasado o tengas la mala suerte de sufrirla en un hijo adolescente, justo cuando cumple los 18 años.

Los padres que tienen que SOPORTAR esta crisis de "hago lo que me da la gana porque soy mayor de edad" pueden experimentar auténtico pánico antes esta reafirmación del adolescente, porque piensan que ya no tienen autoridad sobre sus hijos y que "pueden coger la puerta e irse". Tranquilos, lo complicado hoy en día es precisamente eso, conseguir que dejen de vivir en la Pensión del Peine y se independicen.

Los padres se cuestionan si han educado mal a sus hijos, y se reprochan el haber sido demasiado permisivos o demasiado duros (da igual como hayan sido, en realidad, al que le toca la china, le tocó). 

Ante esto hay que analizar el por qué de este extraño comportamiento en el que parece que los chicos deciden hacer lo que les da la gana, y que no suele ser precisamente lo que les va a poner en la autopista de la vida, sino más bien en el camino de cabras.

Siempre la mayoría de edad nos la han vendido como la edad en la que somos adultos, podemos tomar nuestras propias decisiones y entramos por la puerta grande en el mundo de los adultos. Los padres pasan el día de las 18 velitas a tener un hijo que ya apuntaba maneras de rebeldía y que ahora adereza con el poder de decisión.

Los chicos que pasan por esta crisis normalmente no han procesado correctamente lo que significa hacerse mayor, y lo asimilan a liberarse de la parte negativa de ese contrato que firmamos con la vida y que incluye "derechos y obligaciones". Buscan el refuerzo positivo a corto plazo que supone "marcha", "colegas", "libertad de horarios", "decisión sobre sus estudios", y cualquier cuestionamiento sobre sus actitudes kamikazes recibe esa respuesta "hago lo que quiero porque soy mayor de edad".

Cuando los padres deciden pedir ayuda porque se sienten incapaces de manejar la situación, el trabajo se centra en analizar las pautas de comunicación con los hijos, revisar los patrones que ya no sirven (modo niño) y empezar otra forma de comunicación en la que hacemos sentir a nuestros hijos como adultos.

Ya no caben las charlas o las amenazas en el salón. Esta crisis también incluye sordera juvenil y una capa de leve desdeño hacia esos padres a los que han empezado a ver como seres humanos con sus defectos.

Si tu hijo está en esta etapa intenta hacer el ejercicio de recordar tus propios 18 años. Eras importante? Te bañaste en el pozo de la sabiduría? Tenías el título del "más listo del pueblo"? Seguro que sí. Acepta esta realidad y trabaja sobre ello. Las broncas y la imposición no funcionan, prueba a quedar con el chico para comer, hazle sentir mayor, y pregúntale sobre sus planes y expectativas, mantén la calma (suelen soltar una media de 15 chorradas por minuto), y después expresa tu opinión, enfrentándoles con la cruda realidad: si eres mayor para tomar tus decisiones ten en cuenta que ahora eres tú el patrón de tu velero: tú decides tus límites y tu esfuerzo marcará tu lugar en la vida. Hazlo sin que parezca un ultimatum, explícale tus propias experiencias cuando tenías su edad.

Normalmente cuando les pasas de forma realista el testigo de su propia vida les hace pensar y darse cuenta de esa realidad que se llama la responsabilidad sobre su futuro.

Así que suerte, paciencia, comprensión y mano izquierda

 

 

La importancia de establecer roles con los hijos adolescentes

La relación con los hijos adolescentes puede crear una situación de conflicto familiar que va más allá de las dificultades de relación con el hijo.

En ocasiones los progenitores toman posiciones diferentes respecto a la forma de gestionar las situaciones complicadas que se generan con los chicos, y comienzan las dificultades de parejas con alianzas extrañas, en las que uno de los progenitores puede llegar a sentirse desplazado por no ser tenido en cuenta en las decisiones o directamente, porque se le oculten datos respecto a problemas con el hijo.

Este tipo de situaciones puede manejarse desde la terapia familiar, en la que se buscan puntos de comunicación, formas de toma de decisiones y una cohesión familiar que no se vea debilitada por las complicadas relaciones que ya de por si pueden producirse durante la adolescencia.

El trabajo consiste en sesiones familiares y luego individuales para conocer la problemática exacta que refiere cada uno de sus miembros, ver los roles establecidos, dificultades de comunicación y de relación, para posteriormente trabajar nuevamente en el conjunto familiar dotándoles de herramientas y formas de relación que puedan mejorar la convivencia entre todos los miembros.

Algo muy a tener en cuenta es que el tipo de alianzas "tóxicas" que se establecen durante la adolescencia pueden marcar la relación con los padres de por vida, sintiéndose cada vez más alejado de uno de ellos, por no haber sabido buscar los cauces de comunicación en el momento adecuado.