opinión de una psicoterapeuta desde el trato con los pacientes

Ultimamente se habla mucho de quitar la Misa de la 2 los domingos, como si fuera algo importante, como si fuera una decisión política de altísimo nivel.

En este sentido me gustaría dar mi humilde opinión desde las trincheras, desde la persona que trata día a día con personas, de forma individual, y puede dar su punto de vista a este respecto.

Cabe decir, y como declaración de intenciones, que mis creencias personales, son como mis filias, mis fobias, mis ideas políticas o mis alergias alimenticias: son parte de mi vida y no de mi trabajo, y cuando estoy trabajando estoy en la piel de los pacientes y no en la mía propia, con lo que intento comprender su punto de vista, sin juzgarlos bajo ningún concepto.

He visto muchísimos pacientes agnósticos, pero también he visto muchos pacientes creyentes. Hay un punto de diferencia entre ambos colectivos: su forma de afrontamiento., su visión de la desesperanza.

A todos ellos se les intenta explicar constructos que no son visibles (la mente) o formas de actuación que pueden promover un cambio en sus vidas y en sus problemas (ser proactivos, ser asertivos, control de la ira, pensamientos racionales...).

Sin embargo, cuando trabajas con pacientes creyentes y les hablas sobre formas de superar determinados problemas, ellos mismos te apuntan: tengo Fé.

El trabajo terapéutico con estas personas siendo lo mismo no es igual, ya que parten de unas fortalezas interiores basadas en la convicción de Dios que les ayuda y les da fuerza para no hundirse, para tener esperanza a través del sufrimiento. 

A estas personas no hay que animarlas a que salgan a la calle o proponerles actividades de tipo social para que no se desconecten del mundo: van a Misa, tienen sus amigas del ropero social, etc.

Podemos pensar igual o podemos pensar diferente. A mi me gusta pensar que todos cabemos en un mundo en el que la diversidad es maravillosa.

Respeto especialmente a las personas creyentes a partir de mi experiencia con afectados por el accidente de tren de Santiago. Viajaban muchas personas mayores, muchas creyentes. Al hablar con ellas, descubrí que hay un consuelo diferente al de la palabra que se le puede ofrecer, es el consuelo que nace de ellos mismos y de sus creencias, que les impulsa a aceptar la situación y seguir el camino, y me recordó a la Terapia de Aceptación y Compromiso, una terapia psicológica de Tercera Generación (de lo más nuevecito). 

Yo admiro a las personas que tienen una creencia superior, porque no sé si están equivocadas o están en lo cierto, pero el problema no es si están equivocadas porque exista "algo" después o no, que realmente es lo que menos me preocupa, es poder vivir con esperanza, es poder sentirse acompañada en el desconsuelo.

Los psicólogos no somos quienes para estar a favor o en contra de las creencias de las personas. Estamos para aceptarles íntegramente (excepto, lógicamente en las patologías) y utilizar su forma de ver la vida cuando nos puede beneficiar para promover el cambio psicológico hacia su bienestar emocional.

Hablo de católicos por estar ahora en el ojo del huracán a cuentas de la Misa. No comprendo que quieran quitar un bien para personas que, justamente pertenecen a colectivos necesitados (ancianos e impedidos). Ellos encuentran un consuelo, que si nosotros no necesitamos no podemos negar a los demás.

Podríamos estar en contra de los anuncios de hamburguesas si somos vegetarianos, o de ropa cara si somos anticonsumistas, o del día del padre si un divorcio desastroso nos privó de volver a verlos.

Debemos ser una sociedad comprensiva y eliminar aquello que hace daño a sus ciudadanos, pero realmente, admiro a las personas que encuentran consuelo, y a aquellos que tanto les moleste, les recuerdo que la televisión tiene más canales.

Y si el asunto es que todos pagamos en un Estado Aconfesional, recordar que pagamos muchas cosas en un Estado Aconfesional que no va en intereses de todos, y en cosas con las que muchos estamos completamente en desacuerdo, pero la idea tendría que ser dar el mayor servicio al mayor número de personas posibles.

Ser mayor, estar impedido, ser creyente y obtener consuelo en una Misa dominical no debería ser motivo para echarnos encima como hienas. Nuestro deber es ser solidario hacia las personas, y especialmente hacia las que más necesitan de nuestra ayuda.

Esta es una reflexión basada en personas y no en política. Os repito, mis ideas políticas hace demasiado tiempo que murieron, justo en el momento en que por mi profesión, me dedico a saber exactamente cómo son las personas, una a una. Eso te hace flexibilizar mucho las opiniones y no ser tan tajante en muchos aspectos.

 

protégeles de la tristeza

 

En la tercera edad tienen lugar procesos involutivos y diversas alteraciones, además de los aspectos psicológicos, que pueden estar relacionados con factores ambientales y personales. De esta manera, el envejecimiento psicológico conlleva cambios en los procesos sensoriales y perceptivos y en capacidades cognitivas como la inteligencia, el aprendizaje y la memoria. Sin embargo hay que tener en cuenta que los trastornos psicológicos en los ancianos son el resultado de diversos factores, además del envejecimiento patológico, por lo que no se les puede juzgar como efecto del envejecimiento.


El proceso de envejecimiento comporta una secuencia de cambios a nivel biológico, psicológico y social, siguiendo un proceso simultáneo de ganancia o de pérdida.

De hecho, la inteligencia emocional en la tercera edad está más desarrollada que en etapas anteriores de la vida.  Nuestros mayores son más empáticos y son capaces de ponerse en el lugar de los más jovenes, entendiendo, tras el paso de la vida, que hay pocas cosas realmente importantes, y que "las pequeñas tragedias" diarias son en realidad, situaciones que si bien parecen tremendas en el momento, son simplemente circunstancias pasajeras que en muchas ocasiones no tienen la mayor importancia.

Nuestros mayores conectan bien con los niños y con los jóvenes, disfrutan viéndoles abrirse paso en la vida y descubriendo, a través de éxitos y fracasos su propia personalidad. Suelen escucharles y mostrar activamente su amor (en muchísimas ocasiones son más cariñosos con los nietos que con los hijos que cuando eran pequeños). 

Los ancianos, con la sabiduría de la vida, pierden ese falso amor propio que impide dejarse ayudar, lo agradecen. Buscan activamente el contacto con otras personas y cuando conectan con personas de su edad, disfrutan de la conversación, rememorando otros tiempos, compartiendo recuerdos del pasado. Saben escuchar, y son muy proactivos. 


Con todo ello, el envejecimiento representa especiales riesgos que tienen que ver con el declive de la salud física e importantes pérdidas personales: pérdida de seres queridos, de autonomía y de roles sociales. Desde esta perspectiva nos referimos a la presencia de trastornos depresivos en las personas de la tercera edad y a los cambios en sus valoraciones de eficacia personal. Igualmente es importante el valor que en esta etapa de la vida tiene para los ancianos una buena red de apoyo social, que ayudarían a prevenir o paliar la aparición de trastornos psicológicos como los trastornos del estado de ánimo.

Las personas de la tercera edad son plenamente conscientes de la presión a la que están sometidos sus hijos, y a veces se sienten "culpables por ser una carga". 

Debemos pararnos a pensar de la propia carga que fuimos nosotros, tal vez en tiempos más difíciles, cuando la crianza de los niños pasaba por un máster en economía doméstica. Nuestros mayores no se planteaban un disfrute personal como las generaciones posteriores, y sin embargo vivieron con alegría la crianza y los éxitos de sus hijos, y se muestran divertidos con esos pequeños nietos que parece que nacen ya con una ingeniería en aparatos electrónicos. 

Darles un lugar en nuestra vida, hacerles partícipes de la familia es uno de los mejores regalos que puedes hacer a quienes siempre estuvieron ahí, animándote, apoyándote, educándote. Tal vez nunca hubieras llegado al lugar que ocupas sin sus consejos o sus desvelos. 

Hazles partícipes en el cuidado de los nietos, no como el último recurso, sino como el más preciado de todos ellos.

Y cuando no puedan, cuando se sientan cansados o enfermos, comprende la situación, proporcionales calidad de vida, no les dejes largo tiempo solos con sus pensamientos. La vejez, la auténtica vejez llega con la soledad.

Anímales a que hagan actividades sociales (el mus, pintar, los bolos del parque),  pídeles pequeños favores que sean asumibles para ellos, haz que los nietos les respeten y jueguen con ellos, inclúyeles en los planes de fin de semana.

La depresión no es una de las enfermedades primordiales en la tercera edad, son los trastornos adaptativos que conlleva: la progresiva pérdida de seres queridos, problemas de movilidad, pérdida de memoria. Todos los obstáculos se pueden minimizar si pensamos que la vejez es un estado caracterizado por esas pérdidas físicas y en algunos casos de procesos como la memoria a corto plazo.

Te invito a que hagas una reflexión: si a tus 40/50 años, te pidieran que tuvieras las destrezas, la energía, la motivación, que tenías a los 14 años y si no te excluirían socialmente ¿lo considerarías justo? 

Hay un tiempo para todo (Eclesiastés 3:1-8 NVI)

Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo:

un tiempo para nacer,
    y un tiempo para morir;
un tiempo para plantar,
    y un tiempo para cosechar;
 un tiempo para matar,
    y un tiempo para sanar;
un tiempo para destruir,
    y un tiempo para construir;
 un tiempo para llorar,
    y un tiempo para reír;
un tiempo para estar de luto,
    y un tiempo para saltar de gusto;
 un tiempo para esparcir piedras,
    y un tiempo para recogerlas;
un tiempo para abrazarse,
    y un tiempo para despedirse;
 un tiempo para intentar,
    y un tiempo para desistir;
un tiempo para guardar,
    y un tiempo para desechar;
 un tiempo para rasgar,
    y un tiempo para coser;
un tiempo para callar,
    y un tiempo para hablar;
 un tiempo para amar,
    y un tiempo para odiar;
un tiempo para la guerra,
    y un tiempo para la paz.

 

 

¿y tú cuántos años tienes?

Hay personas que nacen siendo ya adultas, y personas que por su actitud ante la vida, permanecen siempre jóvenes. 

¿Y por qué algunas personas mantienen su espíritu joven y otras viven como si el mundo fuera una retahíla de quejas somáticas y expresiones negativas hacia el futuro? Se podría hablar de las experiencias tempranas, pero yo no estoy muy de acuerdo con esto: conozco gente con un espíritu joven y ganas de seguir aprendiendo que vivieron auténticas penurias tras la guerra civil, y gente sin grandes problemas pero que lo viven todo bajo el prisma de la falta de ilusión en el porvenir.

No tenemos fecha de caducidad, por lo tanto, vivir como si nos quedaran tres telediarios, con pesimismo, instalados en el "ya para qué" puede resultar un pesimismo de muy a largo plazo, y la vida no es sólo lo que se vive a los 20 o a los 30.

Existen personas octogenarias con una actitud personal que les hace mentalmente inmortales: siguen aprendiendo, leyendo, interesándose por las noticias, los deportes, usando las redes sociales y...escaneando fotos como auténticos profesionales. No tiran la toalla, no tienen demasiado tiempo para las quejas de enfermedades y consideran ir al médico como una tortura más que como la actividad planificada semanal (todos hemos visto la pandillita semanal a por la ristra de recetas que compiten a ver quien sufre más).

Las personas que consiguen mantener un espíritu joven no es que desconozcan su edad cronológica, simplemente lo consideran un dato numérico sin importancia real. No emprenden nuevos proyectos pensando si "ya son demasiado mayores", simplemente disfrutan de nuevas experiencias, suelen disfrutar del contacto con las nuevas generaciones (a las que tienen mucho que enseñar sobre experiencia de la vida como un viaje apasionante y no como un valle de lágrimas).

Suelen ser personas que siempre han dicho ¿y por qué no? y el pesimismo les dura bien poco. Hacen deporte, juegan como tahúres, pasean, se apuntan a clases de las cosas más insospechadas y suelen cuidar mucho su aspecto personal: no tiran la toalla.

Si tienes cerca de ti una persona con esa actitud hacia la vida: aprende, son personas que "han pillado de qué va esto", no dramatizan: relativizan y se levantan por la mañana pensando cómo disfrutar de un  nuevo día.

En ocasiones yo hablo a mis pacientes de mi madre, que es algo así como "el ídolo" de quien me escucha. Es cierto que hay que frenarla, porque Facebook, aprender a tocar el acordeón, echarse una partidita, tomar la cervecita del domingo o pasar tiempo charlando con los amigos de sus nietos se le queda pequeño, y ya cuando te pregunta si se hace una cuenta de twitter, te manda una foto con un intercambio de caras, o comenta que tiene que irse de compras "porque no tiene un hilo de ropa", empiezas a plantearte tu propia existencia y te das cuenta de que hay una lección que aprender: la edad está en la cabeza.

Y que nadie lo dude, esa actitud hacia la vida es un prolongador de la vida, son personas con menos quejas somáticas y una mayor resistencia a enfermedades: son unos resilentes, se podrían definir como enciclopedias del "ars vivendi". 

Si tienes cerca una persona así, contágiate, reflexiona y piensa que tú decides tu edad, no un calendario. 

"Si supiera que el mundo se acaba mañana, yo, hoy todavía, plantaría un árbol"

Martin Luther King