ADOLESCENCIA/JUVENTUD: EL VÉRTIGO DE LAS PRIMERAS DECISIONES

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Toda nuestra vida está programada por nuestros padres. Somos bastantes dueños de la situación en los primeros meses de vida, cuando somos los que tomamos decisiones sobre cuando comemos, cuando dormimos y cuando jugamos, pero en cuanto sabemos caminar y andar, ya no volvemos a ser dueños de nuestro destino hasta muchísimos años después.

La infancia, adolescencia y primera juventud se caracterizan por ser etapas en las que los padres deciden sobre nuestro futuro: nos lo dan todo pensando y programado. Ellos van haciendo la hoja de ruta según nuestras características personales, nosotros mostramos predilección por determinadas actividades, amigos, comidas o asignaturas, pero son pequeñas decisiones sin mucha trascendencia.

Los padres son los encargados de marcar el camino, y nosotros nos dedicamos a vivir, protestar y en definitiva, levantarnos con la certeza de saber qué es lo que tenemos que hacer: cuales son los objetivos a corto plazo.

El primer momento de pánico, en la que se nos pide una decisión personal es a finales de la ESO en la que tenemos que decidir si queremos seguir en dirección a una carrera universitaria o hacer un módulo. Primera ramificación del camino: 2 alternativas. Es un momento demasiado prematuro en la vida de los chicos, una etapa en la que el reforzamiento a corto plazo es aún más importante que el reforzamiento a largo plazo y esta decisión se toma muchas veces en base a la ley del mínimo esfuerzo, porque es complicado que a estas edades su motivación hacia una profesión que requiere más esfuerzo personal sea superior a algo más rápido y que supone acceder al mundo laboral (y un sueldo) en un menor plazo de tiempo.

La toma de esta decisión todavía no es plenamente madura, y los padres, en aquellos casos que sus hijos muestren un potencial un poco diluido por las hormonas, tienen que hacer un esfuerzo extra para hacerles ver los pros y contras de cada alternativa en un futuro.

Aún así los adolescentes siguen ciñéndose a la hoja de ruta, no se sienten demasiado responsables de sus decisiones y en absoluto son capaces de evaluar las repercusiones a largo plazo de la alternativa que hayan elegido, y seguimos por el cómodo mundo de que otros carguen con nuestras decisiones, seguimos apoyados en la farola que suponen los padres.

El gran momento es cuando se acaba el plano, cuando nuestros padres ya no pueden ni deben tomar decisiones por nosotros. Llegamos al fin del mapa de la adolescencia y nos dejan un folio en blanco. Cada uno con su punto de partida según los pasos que hayan dado anteriormente. Ya no hay en quien apoyarse, ya no podemos delegar las decisiones, tenemos que tirarnos a nuestras propias piscinas.

Este punto es el que marca el inicio de la toma de decisiones “adultas” y para muchos chicos supone un vértigo absoluto: saber que de sus propias decisiones depende su futuro, sin red.

En este momento es normal que la persona presente crisis de ansiedad, una sensación de vacío, dificultad para tomar decisiones sencillas, irritabilidad, falta de concentración…

Una guía sobre cómo tomar estas decisiones, enseñar a la persona a establecer prioridades, analizar sus puntos fuertes y débiles, marcar objetivos de aproximación, les puede resultar muy útil para afrontar los nuevos retos de la vida desde un locus de control interno (atribución interna de las responsabilidades de nuestros actos. )

LA ACTITUD ANTE LOS INSULTOS DE LOS NIÑOS EN PADRES SEPARADOS

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Es lamentable ver la cantidad de padres que muestran una actitud irresponsable criticando a su ex-pareja delante de los hijos (los padres no suelen ser lo peor, hay abuelos que ya se podrían dar un puntito en la boca).

La rabia, el resentimiento hacia la otra parte hace que el niño sea utilizado para intentar desprestigiar a su otro progenitor. En casos extremos se busca que los niños rechacen mantener el contacto con la otra persona, en una maniobra de divorcio total , pretendiendo borrar completamente al otro progenitor.

Esta forma de actuar está muy estudiada, y supone un maltrato psicológico hacia el menor, y un síndrome (SINDROME DE ALIENACIÓN PARENTAL) que los Juzgados de Familia se han resistido a reconocer y considerar la gravedad que supone pudiendo dejar graves secuelas en los niños.

Tenemos hijos y les decimos: “respeta a papá, tu mamá es la más buena del mundo”, y llega el divorcio y los mensajes que les damos son exactamente los contrarios. Enseñamos a odiar, cuestionar, desconfiar sobre el padre o la madre. Evidentemente la ración de estrés psicológico para el pequeño está servida, estos mensajes contradictorios, ponerles en un conflicto de lealtades, pensar que uno de sus progenitores es malo, es un buen caldo de cultivo para adultos con relaciones personales insanas, desconfianzas, desapego, descrédito.

Antes incluso de pensar en tener hijos, cuando pensamos en una paternidad/maternidad responsable, deberíamos hacer el ejercicio de evaluar nuestra propia capacidad de querer a nuestros hijos por encima de todo, incluso de nuestro propio rencor.

Obviamente cada estilo educativo será diferente en progenitores divorciados, y uno de ellos se puede quejar de que el otro o la otra les permiten todo, les dan chucherías, se acuestan a las mil, no hacen los deberes…. es algo con lo que tenemos que convivir. Elegimos mal: bad luck, toca tragarse el sapo. Si a cada cosa que no se hace como queremos se monta la gran bronca, las cosas sólo pueden ir a peor. Es mejor hacer la vista gorda, exceptuando en casos que ponen en peligro de alguna manera la integridad física o moral de los pequeños, y para eso, está el Juez, no el ring que montamos día a día.

Cuando vayas a decirle a tu hijo algo malo del otro progenitor, piensa que estás insultando a tu propio hijo, que estás diciéndole que algo suyo es malo, le estás haciendo sufrir, le estás enseñando a callar. Estás haciendo una infancia desgraciada.

Si tu hijo viene insultándote, utiliza una técnica de terapia con niños: REFORZAMIENTO DIFERENCIAL DE CONDUCTAS POSITIVAS: ignora sus insultos, no intentes convencerle de otra cosa, haz como si no le oyeras, y ante cualquier actitud positiva, refuérzala, hazle ver que le quieres, que no le cuestionas. No le des la impresión de que te han dolido sus palabras, porque no son suyas, y tu eres adulto y no un niño. Si el niño ve que no entras en la guerra, se dará cuenta que no puedes ser tan malo/a como te han dicho. Tenderá a no decirte cosas feas, a no prestar atención cuando se las dicen. Actúa como un adulto ante un niño, tu hijo. Es la única actitud que te ayudará a que cese esta actitud (en casos exagerados, la vía no es el niño, es el Juez).

Si quieres ser un progenitor responsable, después del divorcio, guarda en una maleta todo lo que tenga que ver con los motivos del divorcio, y en la otra maleta pon lo que tenga que ver con el niño (a nivel mental), no mezcles una pareja infiel con un buen padre/madre, porque la infidelidad ha sido entre adultos, no con el niño.

Lo ideal es buscar puntos de consenso, trabajar “a favor de obra”, minimizando las críticas del niño o las quejas hacia el otro progenitor, fomentando que quiera a su padre o su madre, porque si lo elegimos para que ocupara ese lugar, ahora tenemos que asumir la realidad.

Jamás insultes, critiques o menosprecies a tu ex-pareja delante de tu hijo, ni permitas que lo hagan tus familiares. Es la mayor muestra de generosidad que puedes tener con tu pequeño.

CONSECUENCIAS DEL ABUSO DE LOS VIDEOJUEGOS

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El nuevo desafío en terapia con niños y adolescentes está en la adicción a los videojuegos.

De este problema emanan otros muchos: falta de comunicación con los padres, aislamiento, falta de habilidades sociales, dificultades para relacionarse con el entorno, poca tolerancia a la frustración, falta de concentración en los estudios, conductas disruptivas… y podríamos seguir con una larga lista.

Los avances tecnológicos tienen que estar al servicio de las personas, pero se nos ha ido de las manos o no hemos sabido aprovechar el potencial del videojuego de una manera positiva.

Los padres son los principales responsables de este tipo de adicciones. Es cierto que la presión social (todos los niños juegan, todos los niños hablan de videojuegos) es muy potente, pero igual que en nuestros tiempos nos decían “y si todos se tiran por un acantilado, ¿tu te tiras?”, debemos emplear la cabeza y la sensatez en el tema de la administración del tiempo dedicado a los videojuegos en los niños.

Cada etapa evolutiva está marcada por un tipo de juego de preferencia, y las cosas no son al azar, los primeros juegos ayudan a la psicomotricidad fina del niño: jugar a tirar un juguete al suelo en una enseñanza de la teoría de la gravedad de primera magnitud, porque el cerebro es una máquina muy potente. Los juegos en los que los niños imitan a sus mayores les ayudan a comprender el mundo, la sociedad, a sentir curiosidad por el entorno, potencia su imaginación y el contacto con su mundo interior, los juegos de mesa les ayudan a comprender las reglas de los juegos, a esperar turnos, a tener una mayor tolerancia a la frustración, los juegos con amigos fomentan las habilidades sociales, la comunicación verbal y no verbal, exploran en la teoría de la mente y les ayudan a sentir que forman parte de un grupo.

Todo ello queda relegado a un segundo plano cuando para que el niño se esté quieto se le da un móvil o una tablet con imagenes muy rápidas, atrayentes, música, y estímulos que se suceden rápidamente. Se enganchan, y aprenden a observar el mundo a través de una pantalla, que no les refleja nada de la vida real: la vida no tiene ni tanta luz ni tanto color y las cosas no suceden tan rápidamente.

De los videojuegos muchos pasan a youtube, y se pueden pasar horas viendo videos de otros niños haciendo cosas. Qué penita más grande, ni que estuvieran incapacitados para ser ellos mismos los directores y actores en su propia película que es la vida.

Los libros a la mayoría les produce una alergia tremenda, porque leer les resulta trabajoso, tienen que imaginar lo que les cuentan, no se lo dan en bandeja, y eso cansa.

Lo peor: el tiempo. Jugar a los videojuegos un tiempo a la semana no tendría mayor importancia, pero que sea su principal fuente de disfrute es una auténtica barbaridad. Fomentamos el sedentarismo.

Cuando les demos al niño el móvil para que nos deje tener una comida tranquila, en ese mismo acto, reflexionemos sobre qué es tener un hijo: ¿una cosita mona que vestimos con un peto graciosísimo? no. Un niño es eso y mucho más, nuestra responsabilidad es darles un alimento adecuado, para su cuerpo y para su cerebro: sentarnos en el suelo a enseñarles a jugar, fomentar su imaginación, dedicarles tiempo de calidad, dejar que se ensucien, exploren, corran, canten…que nos den su tiempo y que nosotros lo veamos como una oportunidad de forjar una personalidad completa, porque para niños que no den la lata, que no haya que esforzarse en educarles integralmente, nos compramos una tortuga que sale más barata.

Si recordamos nuestra infancia, todos hablamos de cantidad de juegos, de disfraces, teatros inventados, muñecos, indios y vaqueros, los maravillosos playmobil, hacer comiditas de plastilina o con hojas y piedras, jugar a los mercados, el pañuelo, la comba… actualmente los niños aguantarían dos minutos de media en ese tipo de juegos, porque tienen que hacer, pensar, imaginar…

Yo no tengo nada claro qué tipo de sociedad va a salir de todo esto. Y no es una visión de persona anticuada, es la reflexión de qué modulos cerebrales están utilizando nuestros niños, qué destrezas están potenciando y cuáles no.

El último grito entre los adolescentes es no salir de casa y jugar los fines de semana en linea hasta las tantas. ¿Y todo lo demás?. Llevarlos a algun sitio sin una maquinita supone un drama, la comunicación en la familia se empobrece.

En este sentido, podemos observar la sociedad japonesa. Digna de estudio. Está los hikikomori, chavales que se recluyen voluntariamente en su habitación de por vida (con la consola, qué casualidad), los que se visten de manga como quien se pone el chandal, los que tienen un muñeco furby parlante como único amigo y quedan en locales para que (ojo al dato) sus muñecos se relacionen con otros muñecos. ¿Suena patético? pues deberíamos ponernos las pilas.

Tened mucho cuidado con la administración de los juegos a los niños, no os dejéis llevar por la comodidad: más vale una vez colorado que ciento amarillo, y dejar que el niño juegue casi exclusivamente con videojuegos, puede traer consecuencias graves en su desarrollo personal y social.

No podemos culpar a un niño de ser adicto a los videojuegos, sin pasar el filtro de nuestra propia responsabilidad: volved a recordar vuestra infancia. ¿Cual preferís para los niños? Tal vez haya un punto de equilibrio.

El juego tradicional es una forma de aprendizaje muy potente. Proteged a los chicos, no matéis su imaginación.

ADOLESCENCIA: SELECCIÓN DE BATALLAS PARA TRIUNFAR EN LA GUERRA

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La adolescencia es una etapa evolutiva caracterizada por los enfrentamientos entre padres e hijos. Los chicos empiezan a tener ideas propias, a sentirse como seres individuales y buscan en su interior para forjarse su propia personalidad, por lo que huyen de lo anterior: la época en la que se sentían una prolongación de sus padres, sin criterio propio.

La necesidad de alcanzar su individualidad precisa para ellos de un enfrentamiento activo con todo aquel que suponga una cortapisa en su avance hacia su propio yo. Padres, profesores, adultos de referencia, lugares con normas de adultos, pasan a ser objeto de rechazo. Ellos quieren elegir.

El pequeño gran problema que no tienen en cuenta (ni lo hicimos nosotros en su momento), es que toda la estructura en la que se ha basado su vida, estaba destinada a su progreso y bienestar, pero en esta etapa prefieren rechazar este concepto y buscan lo nuevo, lo que a ellos mismos les produce una pertenencia de grupo, aunque no sea lo más adecuado.

Los padres, cómodamente instalados en una estructura familiar en la que los niños son objeto de su cuidado y más o menos siguen los patrones que les marcan, ven con desesperación como la rebeldía es la tónica diaria. Los adolescentes son el vivo ejemplo del “de que se trata que yo me opongo”, y con esa energía desbordante que les proporcionan las hormonas en ebullición y un extra de motivación para la lucha, entran en todas las batallas.

Los padres no tienen tanta energía, se consumen y pierden los papeles intentando que los hijos sigan siendo los niños manejables de antaño, y se desesperan intentando imponer su voluntad como lo venían haciendo hasta ahora. El resultado es la desesperación y el agotamiento.

La estrategia para conseguir establecer una nueva relación tiene que basarse en la comprensión de que aunque lo parezca, nuestros hijos no nos detestan (o al menos no lo harán para siempre), sólo nos cuestionan y no quieren ser como nosotros, porque se ven fuertes y la necesidad de independencia y de forjar una personalidad les empuja en dirección contraria.

La estrategia básica es no entrar en todas las batallas: elegir sólo aquellos temas en los que no estamos dispuestos a ceder, y seamos más permisivos en otros. Temas como que no limpian su habitación, que están todo el día encerrados en su cuarto, que no dejan el movil son muy normales a su edad: su habitación es un poco reflejo de su cabeza, un pequeño desorden. Una habitación por muy sucia que esté siempre tendrá una puerta, es mejor cerrarla y que ellos mismos, sin presión externa, empiecen a no soportar tanto desorden (los hay con un umbral de porquería próximo al Diogenes: hasta éstos aprenden). Si quieren ser adultos, tendrán que coger también responsabilidades: su espacio es uno de ellos. Lo del móvil es normal, ya que es su forma de estar en contacto con lo que más les importa: sus amigos. Podemos pedir que lo dejen mientras las comidas o cosas así, pero reprocharles que están todo el día con el móvil puede ser producto, en muchos casos, que se han pasado la vida con la consola y eso estaba fenomenal para que no diera la lata.

Hay que reconocer que estar todo el día con el móvil no es exclusivo de los adolescentes, es algo cada vez más común en nuestra sociedad.

Cuando surja el enfrentamiento, no debemos olvidar lo esencial: son nuestros hijos, los queremos y ellos no deben jamás de dejar de saberlo,. Aunque estemos hartos y cansados, los gritos no son la mejor forma de afrontar los conflictos. Gritamos porque queremos llevar la razón, pero eso sólo consigue pasar del diálogo a la discusión, y las discusiones nunca llevan a situaciones pactadas.

La reivindicación adolescente es sana, el no sistemático es un error. Hay que escucharles, y que nos cuenten el cómo, por qué , cómo, dónde y para qué de las cosas, no como un interrogatorio, tan solo promoviendo en ellos la justificación de sus actos, tal vez de esta manera algunos de sus planes geniales no se lo parezcan ni a ellos mismos (lo del plan B les suena a chino).

¿DE QUÉ HABLAMOS CON NUESTROS HIJOS ADOLESCENTES?

Hablar, que no discutir. ¿Hace cuanto que no hablamos con ellos? La excusa de “y ellos qué”” no vale: nuestra posición es la de adultos que ya hemos pasado esa etapa y de algo nos ha tenido que servir. Nosotros tenemos que hablar con ellos, y buscar la manera, momento y lugar de hacerlo.

Hablar no es reprochar, ni dar sermones, ni intentar conseguir cambios de actitud. Hablar es interesarnos por ellos, por lo que les gusta y lo que no, por sus planes, por sus gustos musicales, por su mundo.

Hablar de forma distendida hará que bajen la guardia (seguirán pensando que somos unos pesados, pero al menos no adoptarán una actitud defensiva que los aleja).

“ME SIENTO ORGULLOSO DE TI”

Esta frase es un complejo vitamínico para la autoestima de los adolescentes. Cualquier acto digno de alabanza, debemos hacérselo saber. Sacar buenas notas puede ser lo habitual en el chico o chica y por eso no decimos nada, pero es un esfuerzo, y se lo debemos reforzar, Y que decir cuando es de los que van a trancas y barrancas y nos vienen con un aprobado: premiemos el esfuerzo, reconozcamos que hae las cosas bien.

Con los adolescentes se tiende a la recriminación constante de sus fallos (y por lo que parece son inmunes), sin embargo, alabar buenas conductas, produce un efecto positivo y es más posible que esa buena conducta aumente.

La autoestima en la adolescencia sufre un importante varapalo, y es parte esencial de su proyecto de adulto, así que de la misma manera que nos hemos ocupado de que coma verdura en la infancia como si en ello nos fuera la vida, es el momento de cuidar su autoestima, evitando reproches y formas despectivas de decirles las cosas.

Si ha fallado estrepitosamente el “nunca llegarás a ninguna parte”, lo debemos cambiar por “tienes capacidad para hacer las cosas muy bien, y eso te hará sentir mejor contigo mismo.


AQUÍ ESTOY

 "Puedes acudir a mi para lo que te haga falta; siempre estaré aquí para escucharte, sin juzgarte”.

Un adolescente da mucha importancia a poder acudir a sus padres cuando existen problemas; aunque exista rebeldía, en los momentos difíciles necesita tener una seguridad: "mis padres están ahí". Sin embargo, si no le prestamos atención cuando lo está pasando mal, o le echamos en cara sus errores, le estaremos dando una buena razón para que se las apañe por sí solo y busque consejo y ayuda en otros lugares.

Hay que escucharles, simplemente eso, escucharles, dejarles hablar (sin interrumplir con coletillas, por favor). Así, dejamos claro a nuestro hijo que: "Eres importante para mi", "me preocupo de las cosas en las que tú estás interesado", "me gusta escuchar tus ideas y opiniones". Escuchar con atención también estimula el deseo de hablar de los hijos. Se construye un ambiente de respeto y afecto mutuo. Escuchar, en serio, no acumular información para "pontificar". Los consejos basados en tirar por los suelos lo que les ha hecho les hará volverse más herméticos.

COMPRENSIÓN

A veces resulta frustrante ser padre. Continuamente oyendo los prejuicios de los quinceañeros que afirman que somos una generación antigua y que no les comprendemos... No hay duda; es difícil comunicarse con los adolescentes. Nosotros por nuestra parte no comprendemos sus modas, la música que escuchan, “las pintas” que llevan.

Ha llegado el momento que tires de recuerdos, de cuando tu tenías esa edad. Seguro que opinabas lo mismo de ellos, seguro que no aprobaban tu ropa, tus ganas de salir por la puerta a la minima oportunidad y raro era el amigo que les gustaba. Algo de mágico debe haber en el hecho de que cada generación rechace la anterior. Se llama EVOLUCIÓN. Afortunadamente no serán así siempre, es una etapa, como nosotros no nos quedamos con esa absurda ropa y esos peinados, que miramos ahora las fotos y nos preguntamos cómo fuimos capaces de ir así por el mundo.

El adolescente confunde "no comprender" con "no estar de acuerdo", por lo que no hemos de dejar que nos manipule. Si nos acusa de que no le comprendemos, hemos de decir a nuestro hijo que nos ayude: "Quiero comprenderte, cuéntame más, que sientes...".

Si tenemos la sospecha de que lo único que ocurre es que simplemente no estamos de acuerdo con él, podemos repetir lo que nos dice, sus argumentos, sus ideas, hasta que se dé por satisfecho y entonces: "Ves que comprendo lo que quieres decir y por qué; si no es así, quiero llegar a comprenderlo. Pero me parece que nuestro problema no es de falta de comprensión sino de falta de acuerdo".

CONFÍO EN TI

Contar con la confianza de sus padres es importante para un adolescente. "Lo más dañino que se le puede decir a un chico es "nunca más confiaré en ti",

Nuestro hijo necesita que le digamos que nuestra confianza en él se desarrollará gradualmente en la medida que adquiera nuevos conocimientos y experiencias en esas situaciones que requieran la confianza, según vaya madurando.. No podemos pretender que nuestro hijo de quince años conduzca un coche - aparte de que es ilegal - porque no tiene la experiencia necesaria que nos permita confiar en su buen juicio.

Hay situaciones en las que tenemos que dejar que se equivoque (o no) por si mismo, para que aprenda, pero eso no debe restarnos confianza, Pequeñas mentirijillas son comunes para evitar discusiones. Hay cosas en las que tal vez no podamos flexibilizar, como que nos diga a qué fiesta va a ir y donde va a estar, por motivos de seguridad, y como tal hay que explicárselo.

Pero hay otra razón por la que nos cuesta tanto a los padres confiar en nuestros hijos. Nos conocemos bien a nosotros mismos y, seguramente, hemos experimentado de primera mano todos los riesgos, situaciones y peligros de esta etapa. Sabemos qué fácil es ceder a las presiones del ambiente cuando no se está preparado. Esto nos previene de dar a nuestros hijos una confianza sin límites.

TE QUIERO

Cuántas oportunidades perdemos de decirle a nuestros hijos “te quiero”. Cierto es que hay edades en los que los chicos se vuelven un poco ariscos, pero si a los conflictos intergeneracionales le añadimos una cierta frialdad, la situación sólo puede empeorar.

Ya no es momento de achuchar a “nuestro osito”, que no es un osito, que es un chaval y se siente infantilizado, pero las muestras de cariño, la expresión de nuestro afecto es necesaria para que sepa que en medio de ese tsunami que es su vida, es querido.

El amor es el ingrediente esencial de una familia sana. Un "te quiero", dicho en voz alta y a menudo, nos ayuda a saber quiénes somos y por qué hemos nacido. Cuando un adolescente no está seguro del amor de sus padres, los otros cuatro mensajes anteriores no significan nada. Necesitan que le digan que les quieren y que se lo demuestren. ¿Cómo pueden estar seguros de que les quieren si nunca se lo han dicho? ¿Cómo pueden estar seguros si sus padres nunca pasan el tiempo con él?

La manera de demostrar el amor a un hijo es dedicarle tiempo. Darle regalos, proveerle de comida y ropa, mostrarle cariño de otras maneras está bien, pero también hay que estar dispuesto a perder tiempo con nuestro hijo adolescente: ir de pesca, ir de tiendas juntos, compartir un cine, facilitarle una quedada, ayudarle con algún problema de matemáticas que le tiene atascado (gracias por existir, Youtube).

Relacionarse, comunicarse, cuesta trabajo. Esto ocurre en el matrimonio, en la amistad... y en la relación entre padres e hijos. Con un adolescente cuesta más, porque crece y gana más independencia constantemente, y por eso puede llegar a frustrarnos.

REFLEXION

- ¿Habéis dicho alguna vez a vuestro hijo: "Hijo, ¿sabes que estoy orgulloso de ti, y no me importa nada más?" La palabra orgullo en este contexto se relaciona cercanamente con la de amor. Así, vuestro hijo sabrá que queréis decirle que estáis felices porque él es vuestro hijo.

- Cuando mejoréis vuestro modo de escuchar, vuestro hijo también aprenderá a escuchar mejor. Imaginad el impacto positivo que tendrá en la calidad de la conversación en vuestro hogar.

- Vuestro hijo adolescente necesita abrir una cuenta personal de autoestima basada en lo que es como persona, no por sus actuaciones diarias. Así, cuando falle, puede retirar de esa cuenta la cantidad necesaria. Si no tiene ese reconocimiento, puede acudir a lugares equivocados en su busca.

- No se trata de decir: "Comprendo exactamente cómo te sientes". Suena a querer desmarcarse de sus sentimientos y querer buscar una solución rápida al problema.

- Existe el peligro de poner un nivel demasiado alto a los hijos. Si los adolescentes llegan a creer que necesitan sacar todo sobresalientes para que sus padres les acepten, pueden deducir que a sus padres sólo les importa los éxitos... no las personas. Y así, como resultado, no intentarán hacer lo mejor que puedan.

- Es importante que le ayudéis a tener esta distinción clara en la cabeza: se puede aceptar a la persona aunque no se apruebe el comportamiento. Estáis orgullosos de él, porque en vuestro hijo, pero no de lo que ha hecho, dejándole claro que vuestro enfado se refiere sólo a sus acciones, no a él como persona.



MASTURBACIÓN: LUCES Y SOMBRAS

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La masturbación cumple diversas funciones de muy diferente entidad (es como un huevo kinder con sorpresa).

En la infancia la estimulación genital es una forma de conseguir un placer puramente físico. Se asemeja a los niños que retienen voluntariamente las heces, porque sentir las contracciones anales les produce placer. Esta situación normal en la primera infancia no debe escandalizarnos. Hay niños que se masturban y otros no. Si el niño lo hace constantemente habrá que corregirlo, de la misma forma que si se chupa el pelo o muerde los lápices, es decir: ayudándoles a reducir esta conducta, especialmente si la realiza en público (hay niñas que se masturban en el colegio, moviéndose en la silla, por ejemplo).

La conducta de masturbación es normal, y como tal hay que tratarla. Obviamente a los niños muy pequeños las explicaciones de por qué no es una conducta apropiada en público sobran (hoy en día se les dan tantas explicaciones a los niños que un día les va a explotar la cabeza, que son niños, no son adultitos pequeños, por favor).

Cuando aparece la pubertad comienza la exploración del propio cuerpo, las pulsiones sexuales y se descubre el placer por medio de la masturbación. Aquí, como en todo, los habrá que se masturben mucho y otros lo harán menos. Lo importante: que aprendan que es un acto íntimo, sin más importancia.

Cuando llega la edad adulta es cuando empiezan los problemas. Personas que consideran que si se masturban es que no están satisfechas con su pareja, personas que recriminan a sus parejas que se masturben como si sus necesidades sexuales no estuvieran satisfechas, los que se creen un poco sucios por masturbarse a menudo… aquí aparecen los problemas.

Lo primero que hay que hacer es normalizar la masturbación y volver lo que decíamos antes: la masturbación cumple varias funciones. La primera (obviamente) conseguir satisfacción sexual. Hay quien piensa que una erección mañanera merece su merecido, tampoco es eso, las erecciones se pueden bajar por sí solas, hay que darles una oportunidad.

A veces se tienen fantasías sexuales (algo que es personal e intransferible, donde manda la imaginación) y que es algo que debe quedar en la intimidad de cada persona, sin sentirse culpable por dar rienda suelta a un deseo que sólo queremos ver cumplido en sueños.

Pero otras veces la manipulación tiene una connotación negativa. Es común que las personas se masturben en situaciones de estrés, descarga tensiones, las cosas como son (el sexo en general descarga bastantes tensiones y no siempre es el amor lo que nos mueve, sino una liberación de estrés).

El problema es cuando la persona tiene mucha ansiedad y asocia masturbación con liberación de tensiones. En este momento la persona puede entrar en un bucle:

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Este ciclo es el que hay que romper, pero no incidiendo sobre la masturbación, que es una conducta finalista, sino sobre las causas que producen ansiedad a la persona, ayudando a reinterpretar las situaciones, buscar soluciones y dotar a la persona de herramientas para manejar la ansiedad de una forma adaptativa.

Como resumen: la masturbación sólo es perjudicial cuando se convierte en una compulsión que no podemos dominar o que interfiere en la realización de otras actividades, en este caso, sí es conveniente buscar un remedio.



AGORAFOBIA: UN EJEMPLO PRÁCTICO

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Un paciente universitario acude a la consulta muy deprimido y preocupado.

Desde hace tiempo le cuesta muchisimo trabajo ir a la universidad, en concreto: entrar al aula. Tiene miedo de que tener un mareo en clase y ponerse a vomitar delante de “todo el mundo”.

Esta situación hace que desde que se levanta su primer pensamiento sea el miedo a vomitar en clase. Desde el desayuno empieza a notar mareo y el estómago revuelto, situación que se va incrementando según llega a la universidad.

Cuando entra al aula controla sentarse siempre al lado de una puerta para poder salir rápidamente. Esto le ha llevado a desplazarse a la universidad para inspeccionar un aula en la que se tenía que examinar y no la conocía para “comprobar las salidas”.

No sale con los amigos por miedo a marearse, y la situación se ha ido extendiendo a otros contextos: autobús, comidas familiares, cine,

Indagando sobre situaciones del pasado, este paciente tuvo un incidente en un autobús en una excursión del colegio: se puso malo y vomitó y todos se rieron de él.

Durante un tiempo se le pasó, pero en el momento en que ha tenido un mayor estrés y ansiedad: universidad, ha canalizado su ansiedad hacia ese miedo aprendido.

Actualmente su “miedo al miedo” le hace obsesionarse con la posibilidad del desmayo y el vómito, cada situación la analiza, siempre busca salidas alternativas. En este estado se muestra ante el resto de la gente como una persona callada y retraída (siempre está pensando en su miedo e intentando disiimularlo).

A pesar de ser un excelente estudiante, llegó a plantearse seriamente dejar la carrera.

Necesitó medicación adyuvante: ansioliticos y antidepresivos.

ANTECEDENTES

Al encontrarse mal, vomita y provoca la burla de sus compañeros. Coge miedo a que esto vuelva a suceder

SITUACIÓN ACTUAL

Tiene ansiedad ante el nuevo reto universitario, al sentir el malestar (normal y corriente) en los primeros días, lo asocia a la situación pasada y empieza a convencerse de que le volverá a pasar.

Tiene miedo a que algo suceda y eso hace que se incrementen sus síntomas físicos

La solución que él encuentra: “cuando estoy en clase y empiezo a encontrarme mal y creo que voy a vomitar me voy y me encuentro mejor”: EVITACIÓN

En otras situaciones piensa que le puede pasar lo mismo, y también se aleja de la situación: GENERALIZACIÓN

TRATAMIENTO

El paciente no sabía que padecía de agorafobia, sólo que tenía miedos, ansiedad y estaba triste.

En la parte cognitiva se le explica qué es la agorafobia y cómo puede ir apoderándose de la persona

Se le ayuda a buscar ejemplos que desmienten su teoría de que va a vomitar, ya que estadísticamente nunca le pasa, a pesar de que cada día piensa que le va a suceder

Se le enseña a utilizar un pensamiento racional ante las ideas catastrofistas,

Como punto importante está la EXPOSICIÓN EN VIVO a situaciones que le provocan ansiedad. Dado que este paciente estaba muy afectado, se comenzó con una exposición en imaginación de las diferentes situaciones que le producían el miedo a vomitar, para posteriormente realizar la exposición a la situación en vivo.

Los progresos se monitorizaron en forma de gráfico de grado de ansiedad ante el estímulo ansiógeno, para que pudiera comprobar como la exposición y el cambio de pensamientos respecto a la situación, hacían que la ansiedad bajara progresivamente, hasta desaparecer.

Cuando comenzó a obtener resultados positivos, se le retiró (consensuado con su psiquiatra) el antidepresivo, y posteriormente se redujo de forma muy gradual el ansiolítico hasta su total supresión.

EVOLUCIÓN

El problema se solucionó, con algún repunte en situaciones posteriores de su vida de alta intensidad, que se solucionaron con pocas sesiones de refuerzo, disfrutando en este momento de una vida plenamente satisfactoria.

REFLEXIÓN

Muchas personas que experimentan síntomas físicos muy alarmantes y que son las campanas de aviso de la ansiedad no saben que su miedo en un momento deja de ser miedo como tal para pasar a tener miedo a los síntomas físicos, es “el miedo al miedo”. Es importante detectar cuando EVITAMOS situaciones y esto nos produce alivio, y cuando de una situación en concreto que evitamos, pasamos a otras: situación que nos produce ansiedad, evitación y alivio ipso facto, porque la generalización de la limitación puede llegar a resultar de tal magnitud que interfiera en la vida de la persona.

AFRONTAMIENTO DE LA VUELTA AL TRABAJO: "EL DRAMA DE SEPTIEMBRE"

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Lo nuestro es quejarnos, lo tengo comprobado.

Ayer estaba cenando con mi hijo en una terraza y asistía a una de las situaciones cotidianas de todos los veranos: “las cenas de reencuentro”. Aquí los besos son más largos, las palmadas en la espalda más fuertes y el buen rollito se palpa. Obviamente a la gente le gusta reencontrarse con los amigos. La tipología del reencuentro está en el veraneante de playa nacional (moreno a tope, aunque haya ido cuatro días a la playa), tostado y pelo descuidado (vacaciones exóticas, probablemente en Bali, Vietnam, etc, que es como haber ido a Eurodisney hace 20 años: un imprescindible), y el que pone cara de sufrimiento porque ha pasado el verano trabajando, ése es nuestro ídolo: el listo. Al que todavía le queda disfrutar, más barato, siendo el centro único de las envidias “cuando lo cuente” y que se ha pasado un veranito sin tener que esperar ni cinco minutos para que le den mesa en el restaurante.

Cada vez se toman menos días de vacaciones, pocos son los que disfrutan del mes completo (bueno, y los maestros, que no son envidiables en absoluto, porque un mes de vacaciones y volver a un trabajo “civilizado” no es lo mismo que ponerte el traje de domador y conseguir poner un poco de orden en unos niños, que como niños que son, han olvidado la rutina completamente. Les dan una semana de trabajo sin niños: un equipo psicológico full time les daba yo, las cosas como son.

La gente se va 15 días de vacaciones y yo escucho con auténtico estupor su drama de la vuelta al trabajo. ¿en serio? Yo lo que no entiendo es cómo aguantan trabajando todo el año. De repente se han alterado sus ritmos circadianos, se quejan de la cantidad de trabajo, de volver tarde a casa, de las rutinas, los atascos que se chuparán…como si fuera algo mucho más espantoso de lo que fue en el pasado, y sin embargo, en las charlas de fines de semana durante el invierno la gente está tan normal, sin estos dramas extremos.

Volver a las cosas que no nos gustan: madrugones, impojsiciones, problemas, prisas, estrés, es sin duda alguna un fastidio, pero fastidio no es drama. Claro que es mejor la terracita, el chapuzón y el helado sin prisas, pero es justamente el valor de ese tiempo lo que da sentido a la vida como tal: la alternancia entre el esfuerzo y el reposo.

Lo que nos decimos a nosotros mismos dirige nuestra actitud: si vamos como corderos degollados, totalmente atentos “a lo malo” de volver, la vuelta al trabajo se volverá insoportable.

Los hay que realmente lo sufren como un drama porque es un drama. Pero el drama lo tienen también en invierno. Tal vez una búsqueda activa de nuevo trabajo, un replanteamiento de las condiciones laborales, nuevas actividades en invierno que rompan la rutina y hagan más llevadero el día a día, sean necesarias para estas personas.

Por lo tanto, sí: quejémonos, el único deporte que todos practicamos fantasticamente, pero también seamos realistas respecto a que un exceso de angustia ante la vuelta al trabajo está indicando problemas que dejamos sin resolver antes de irnos: trabajadores quemados, falta de motivación, problemas de relaciones con compañeros, una actitud poco proactiva… un asco absoluto hacia lo que estamos desarrollando. Todo cabe, pero si la vuelta al trabajo es un auténtico drama, del de dormir mal tres días antes, piensa que no es por lo bien que lo pasaste en vacaciones, que utilizaste la desconexión para aparcar el problema, y el problema está ahí, acogiéndote amoroso para seguir dándote un año de calvario porque algo no estás haciendo bien.

A todos los que habéis disfrutado de las vacaciones: por favor: no enseñeis más de diez fotos, no contéis más de diez anécdotas. Las vacaciones se están convirtiendo en el momento post-boda del amigo que te invitaba a ver el video de la boda y tu le preguntabas a tu pareja si habría bebidas fuertes o ya salías de casa con cuatro tequilas para anestesiar el momento.

Haced de este inicio una oportunidad de disfrutar del trabajo, y si esto no es posible (hay trabajos indisfrutables), montaros el plan B de vivir cuando se sale de hacer eso que buenamente te toca hacer para llenar la nevera.

No vivas la vuelta como un drama. Ya queda un día menos para las próximas aventuras: habrá que trabajar para ir ahorrando y poder igualar o superar lo de este año.

El año pasado me hice la Novia de la Muerte

Espero que no suene muy tremendista, o tal vez sí, tan sólo lo justo para llamar un poquito la atención sobre lo que cuento, que no es dramático ni busca la piedad. Para nada. Vamos a llamar a las cosas un poquito por su nombre. La primera vez duele, creo que a mi me dolió hasta la 100, y luego se abrió una dimensión de comprensión de realidad que me ayudó a sentir paz, y me ayudó a poder ayudar a otros, ya no desde el plano teórico de mi formación, incorporando las vivencias, ésas que no te dan títulos de papel pergamino, te dan cicatrices en la piel.

En el mes de junio 2018 tuve mi diagnóstico de cáncer de pecho, y reconozco no haber sentido el suficiente miedo, o tal vez el miedo superó la realidad y lo aparqué tras la necesidad de ser fuerte, de hacerme valer como una heroína que lucha las batallas sin quebrar la sonrisa ante las heridas de la guerra. Funciona, como primer afrontamiento la lucha es el mejor de los acicates. Las autoinstrucciones positivas, la esperanza, el pensar que luchar será ganar.

He luchado y sonreído hasta el infinito, me he ganado el Oscar de la Academia a la Superadora de Diagnósticos en Cáncer. He trabajado bien el papel. Tal vez los dos únicos que me suspenderían son mis dos mascotas, especialmente Freud, mi perro, el pequeñín llegó al mes del diagnóstico, no creo que sepa diferenciar el antes del después.

He vivido un año y un mes: 13 meses en los que he afrontado las situaciones que se han ido presentando de la única manera posible: con una actitud tranquila y positiva. De poco me valdría berrear o chillar si me van a cortar un pecho. Es curioso… esa sensación cuando vas en una camilla al quirófano y tocas por última vez tu pecho y piensas: “me van a amputar”, y lo sabes, y no importa, ya estás en una lucha por la supervivencia que te pueden sacar los ojos con cucharillas que lo das por bueno. Luego, cuando te despiertas de la anestesia, en una sala muy blanca, muy larga, en la que no ves a nadie, no sabes lo que pasa y te tocas el vendaje, y piensas: ya pasó lo peor, superé algo tan duro como someterme a una amputación y ya pasó, todo está bien.

El tiempo pasa después, te convierten en una guerrera, y tu sólo estás muy dolorida, preocupada, asustada, no terminas de encontrarte bien, y en ocasiones sólo te centras en tus dolores, o en ocultar tus dolores, y te siguen llamando guerrera, porque estás en una guerra contra el cáncer, pero el cáncer no es una batalla, el cáncer es tu novio, es una enfermedad crónica que te acompañará siempre, y con la que tienes que aprender a convivir.

Es duro el día a día en el que ya no importan mucho cosas banales y tienes que aprender a vivir de forma práctica. Ya no es importante conservarte en una talla 36, cuando la terapia hormonal te va a poner de las dimensiones de una hipopótama por mucho que hagas dieta o ejercicio, hay momentos en los que ese novio que es el cáncer te va a dictar que dejes de luchar por lo superfluo y te ocupes de lo imprescindible. Yo ya no lucho por mi silueta, me cuido y acepto lo que hay, con respeto hacia mi persona (esto no es licencia para convertirme en un hipopótamo), pero guardando en un cajón alto como la luna mi ropa de la 36, y mis gomas de pelo, y mis rizadores de pestañas, y mis sujetadores con dos (y he dicho dos) copas simétricas. Esas cosas me importan poco o más bien nada.

La vida con un cáncer es dura, porque es un novio que reclama de ti constantemente, te recuerda con los dolores, con las limitaciones, con las citas médicas, con pequeños achaques que está a tu lado, acompañándote tal vez para siempre. (Yo apuesto a que el cáncer me va a durar más que cualquier pareja, que me conozco).

Y llegado a este punto no muy bueno, anímicamente tampoco tan malo, he llegado al fin de mi duelo por mi enfermedad: a la aceptación. Y aquí se produce la gran pregunta”¿y si no lo supero?

Me he dado cuenta del nivel de aceptación cuando no he sentido ni un ápice de pena ni de miedo. Cuando he tenido bien claro lo que quiero y no quiero cuando me vaya (que me iré, con cáncer o por atropello de autobús, pero me iré): yo no quiero una lápida, no quiero un cementerio.

No quiero Día de Todos los Santos o flores por mi cumpleaños. Quiero que los mios me lleven dentro de ellos mismos, en sus pensamientos, en pensar cual sería mi opinión ante decisiones, qué cara pondría ante sus logros y las cosas importantes en la vida. No quiero ser una carga, una culpa porque no pudieron ir a poner flores, porque llevan tres años sin ir al cementerio, por cosas que no importan, en serio, no importan.

Yo sólo tengo un ser querido que ya se fue, pero nunca me abandonó. Voy al cementerio porque es un cementerio precioso y a los perros les encanta pasear por alli (hierba, flores, en un prao asturiano), pero no necesito ir el Día de Todos los Santos, ni el Cumpleaños, ni nada por el estilo. Ni lo hago. Nunca. Yo a mi padre le llevo en mi, en mi trabajo, en mis penurias, en mis alegrias y en mis tristezas.

Seguro que él tampoco habría querido una lápida ni una inscripción, pero eran otros tiempos. Yo estoy segura, quiero el viento, fundirme con las olas del mar y pasar a ser algo tan importante como un átomo en el Universo. Nunca les faltaré a los míos, y no tendrán más que pensar en mi para tenerme.

Por lo demás, esto es lo que piensa hoy una persona normal, feliz (excepto cuando viene Hacienda), con un trabajo maravilloso y con muchísimas ganas de ayudar a los demás, a algunos a superar los pequeños desencuentros de la vida, a otros a modificar formas de pensar o actuar que les perjudica y a muchos, a los que pueda, a encontrar la paz en sentirse un Novio de la Muerte (sabiendo que hay noviazgos eternos), simplemente aprendiendo a disfrutar del camino que para todos nosotros tiene un recorrido, largo, corto, nadie lo sabe y nadie nos lo garantiza.

RUPTURA DE PAREJA: LA COBARDÍA HISTÉRICA

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Cuando una persona decide zanjar una relación, no nos engañemos, no es fruto de un impulso o de un capricho (habría que diferenciar de los dañinos “calentones” con amenaza incluida, que no son sanos ni responsables).

Una persona toma la decisión de abandonar la relación tras muchos intentos de cambiar las cosas, de hacer ver a la otra persona que no es feliz, que las cosas no marchan bien, que se está produciendo una distancia.

Sin embargo hay quien no toma en cuenta estas advertencias, son como los futbolistas, que tras veinticinco advertencias les pitan la roja y todavía se muestran incrédulos.

Las personas que no toman en cuenta los avisos de que las cosas van mal ni hacen nada por mejorarlas, simplemente no están considerando la posibilidad de que la ruptura se produzca: ellos/ellas han conseguido establecer en la relación una zona de confort a medida de sus necesidades, y tampoco están dispuestas a los esfuerzos, se sienten tan cómodos que piensan que nadie rompería una situación así.

A veces ni se plantean si el amor perdura, si la relación es gratificante, si era esto lo que desearon: la rutina les resulta segura y se autoconvencen de que ésta es la vida que siempre quisieron tener. Pero la relación es de dos, y si la balanza se desequilibra, se produce el temido momento del “te dejo”.

Aquellas personas que han hecho caso omiso a que algo no iba bien, han adoptado la técnica de la avestruz que esconde la cabeza: no han querido darse cuenta, no han querido escuchar y no han querido solucionar los problemas, y ahora viene el momento delicado: el llanto y el crujir de dientes.

El miembro de la pareja que ha decidido acabar con todo lleva un proceso de desgaste en el que a pesar de sus intentos de que las cosas funcionen ha sentido impotencia, frustración y en muchos casos rencor. No es que quieran el mal de la otra persona: simplemente necesitan con desesperación aire fresco, sentirse escuchados, comprendidos, apoyados, algo que no han tenido y que se ha ido haciendo tan patente como para que su decisión normalmente sea firme, a pesar de las promesas de cambio de la otra persona.

Cuando se plantean las situaciones así (que es un tipo de ruptura distinta a las discusiones diarias, infidelidades o problemas derivados de adicciones, etc), las rupturas por distanciamiento y desgaste, pueden llevar a situaciones en las que la persona abandonada actúa con muy poca madurez.

Suele adoptar la posición de víctima, rogar a su pareja, intentar de repente hacer todo aquello que se le demandaba durante años, pero ya no hay solución.

En estos casos suelen caer en situaciones de depresión y de ansiedad: tienen miedo al futuro, a la vida en solitario, a “quedarse solos” (qué egoísta es este sentimiento). Es difícil que puedan hacer una labor de introspección que les lleve a comprender que el “fuera de servicio” llega por muchas cosas en las que su responsabiidad es un factor importante, pero es absolutamente necesario que recapaciten, seguir hacia adelante como víctimas inocentes les hará caer en los mismos errores y en las mismas tragedias.

El “no voy a poder”, “no soy capaz de afrontar esta situación”, “qué va a ser de mi a partir de ahora”, son quejas habituales. Enseñarle a la persona a darse autoinstrucciones positivas, a buscar solución a los problemas prácticos que se le plantean es necesario para que poco a poco pueda ir recuperando la autoestima.

También es habitual que busquen el consuelo en sus allegados, algo que en principio es muy positivo, pero esa forma de ser, un tango egoísta hace que en realidad sólo quieran ser escuchados, no aconsejados, y ser escuchados como un taladro, sin reparar en que entre la escucha y la comprensión de un amigo o familiar y convertirte en el/la enfermera de la persona abandonada va un mundo, puede llegar a producir rechazo en los allegados que se sienten saturados.

El “no puedo” es un claro “ni lo voy a intentar”, y la persona lo primero que tiene que tener en cuenta es que no está ante una situación hipotética, está ante una realidad en la que no cabe el “me enfado y no respiro”. Hay que tomar decisiones, aprender a salir lloradito/a de casa, analizar los problemas con los que nos encontramos, hacer cambios en la forma de vida, pedir ayuda si es necesaria para ir dando forma a una nueva trayectoria personal que nos haga crecer como personas, como seres humanos capaces de vencer las adversidades y superar el dolor.

El histerismo en estas situaciones agrava el problema. Cuando una persona entra en pánico y lo ve todo como insuperable, cada vez se encuentra más desesperada y ansiosa, es incapaz de tomar decisiones, duda de todo, pensar en mover un dedo ya le supone una hazaña épica. Necesita recuperar la calma, y entender que, efectivamente está pasando por una situación muy desgraciada, pero mantener la calma, pensar en soluciones poco a poco, aceptar el mal momento con la confianza en un futuro mejor, le hará más llevadero el momento.

Especialmente importante es este tipo de rupturas cuando hay hijos. Involucrarles, hacerles ver nuestro malestar, nuestro miedo, llorar por las esquinas, puede tener consecuencias desastrosas: los chicos pueden sentir miedo del futuro al darse cuenta que uno de sus progenitores “no pilota” en absoluto, pueden perder el respeto o sentir desprecio hacia la actitud que toman. Es lógico que sepan que el núcleo familiar está pasando por una situación dolorosa, que a ellos mismos les atañe, pero añadirles dolor por la impotencia de ver el sufrimiento extremo de uno de sus progenitores no hace bien a nadie.

Si alguien cercano a ti sufre una desgracia, le animas, le intentas insuflar fuerzas, le haces sentir capaz de superar la situación. Eso mismo tienes que hacer contigo: darte autoinstrucciones positivas, planificar formas de pasar el trago (que no es eterno) de la mejor manera posible. No caer en catastrofismos sobre una vida solitaria (siempre me acuerdo de la pobre señora que los cangrejos le comían las ropas en el Muelle de San Blas).

Es normal el dolor, es normal la decepción, y el miedo, pero el miedo no puede paralizarte: analiza, pide ayuda, haz un plan para resurgir, céntrate en los pequeños avances, date pequeños caprichos, SIÉNTETE ORGULLOSO/A DE TI.

La histeria nubla la razón, impide pensar, conduce al pánico, pero recuerda: estamos hablando de algo que ya está pasando, no es momento de perder el norte, es momento de centrarse, sufrir, tirar y esperar a un futuro que va a ser tuyo y va a ser bueno.

LA BANALIZACIÓN DE LOS TRASTORNOS MENTALES

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Hay palabras que duelen como puñales, y expresiones que se utilizan a veces en un sentido coloquial que sin embargo deberían ser completamente desenterradas de nuestro vocabulario.

“Tienes un TOC”, “Ese es bipolar”, “Esa persona es tóxica”, “mi niño es hiperactivo“… con qué alegría lanzamos estas expresiones sin darnos cuenta que demostramos en primer lugar una absoluta falta de empatía hacia los demás (hacia aquellos de los que lo decimos, hacia aquellos que padecen de alguno de estos trastornos”, y además de poco empáticos, nos delatamos como unos ignorantes: hay cosas que si no se saben de qué se hablan, mejor no decirlas.

La célebre expresión “tiene un TOC”, la solemos emplear con personas que tienen manías. Y maniáticos, en mayor o menor medida lo somos todos (y segun vamos cogiendo años, más). Tener manías se debe a una necesidad de control sobre el entorno que ofrece seguridad a las personas, y se da más en personalidades más rígidas. Eso no es un trastorno ni muchísimo menos, simplemente es una forma de ser, que a veces puede resultar irritante, sin más.

Una persona que tienen un TRASTORNO OBSESIVO COMPULSIVO sufre un tipo de trastorno de ansiedad en el que existen unos pensamientos generalmente destructivos, e invasivos, y la única forma que tienen estas personas de neutralizarlos es a través de la repetición de rituales que bajen su ansiedad. Hay diferentes tipos de pensamientos y diferentes tipos de rituales, pero lo que debemos tener en cuenta es que producen un empeoramiento de la calidad de vida del paciente, que se ve atrapado en su mundo de obsesiones y miedos, generando un estado de ansiedad y depresión bastante profundo, que le aisla del mundo, que le atrapa y que le impide vivir una vida normalizada. Normalmente requieren tratamientos largos y complejos y ayuda farmacológica. No es exactamente como tener siempre dos ambientadores olor a pino en el coche.

Luego tenemos los “bipolares”, cualquier persona que tiene oscilaciones en su estado de ánimo es bipolar (como si aquí todos fueramos robots que no tuviéramos diferentes tipos de estados de ánimo). Hay personas más inestables emocionalmente, en muchos casos por un exceso de extraversión, por falta de control de impulsos o porque nadie le ha parado los pies en sus cambios bruscos de humor. Hay personas sensibles a los cambios del entorno que pasan de un estado de animo a otro de manera abrupta, porque todo les afecta. Chuck Norris jamás sería bipolar, está claro, pero los componentes de la bipolaridad son muy complejos (hay diferentes tipos), y en algunos casos se manifiestan con depresiones abruptas y muy severas y en otras se alternan estados de depresión profunda con una euforia ilimitada que puede llevar a la persona a cometer auténticas locuras. Es un trastorno mental muy importante, que siempre necesita medicación de por vida y puede producir la incapacitación de la persona, Creo que por respeto a estas personas, deberíamos intentar evitar esta expresión.

Luego tenemos a las “personas tóxicas”, que es un término muy utilizado ultimamente. Resulta que nos rodeamos de personas tóxicas, pero nosotros somos perfectos. Es posible que demos con personas tóxicas, pero en nuestra mano está permanecer a su lado, no poner límites o en ocasiones, incrementar la toxicidad. Desde luego, si el patrón es que siempre tienes relaciones tóxicas, tal vez deberías analizar de quien parte la toxicidad y el casting que realizas para la selección de tus amistades.

Lo de “mi hijo es hiperactivo” cuando lo oye una madre de un niño realmente hiperactivo, se le deben poner los pelos de punta. Un niño hiperactivo puede llegar a un descontrol tal de sus impulsos y de sus conductas motoras que en ocasiones tienen que llevar casco para no lesionarse, ya que suelen tener muchos accidentes por su continuo movimiento. No pueden centrarse y no pueden parar, sufren dificultades serias en el colegio, suelen tener pocos amigos, y a pesar de intentar “portarse mejor”, no es algo que se haga a propósito, por lo que necesitan muchísima paciencia para bajarles la activación, necesitando en muchos casos adaptaciones curriculares para que puedan seguir las clases. Claro, si un niño es un pesado integral que corre entre las mesas de un restaurante, tira la pelota contra la gente, se choca por la calle con la gente porque corre mirando para atrás, no obedece ni a la de tres y salta por los sillones, ya tenemos el catalogado como hiperactivo, pero desgraciadamente es que es muy duro decir “tengo un hijo que es un salvaje porque no sé educarle o me da pereza”, etiquetita al canto y que todo el mundo comprenda que su hijo tiene que ser aceptado por algo que no es.

De verdad, por respeto a las personas que realmente tienen problemas importantes, no tildeis pequeños fallos como si se trataran de trastornos mentales.

Ninguno de nosotros estamos libres de pasar por algún tipo de situación de desestabilización emocional y es un proceso de lucha interior, de soledad y de miedo que debería merecernos mucho más respeto.

Respetemos los trastornos mentales como situaciones de la vida que no pueden usarse en sentido peyorativo. Seamos más humanos.

CONSULTA PSICOLÓGICA VILLAVERDE: POR QUÉ ABRIMOS TODO EL AÑO

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Algunas personas que llaman pidiendo información, o los propios pacientes suelen preguntar cuándo cerramos por vacaciones. La respuesta es: nunca.

Las razones son éticas y muy simples: “si yo tengo un paciente que necesita terapia semanal, no puedo irme a la playa y dejarle “tirado”, porque si pudiera verle cada quince días, no tendría sentido tenerle en terapia semanal”. Así de sencillas son las cosas, hay servicios que no pueden postergarse, porque tratan de algo importante: las personas.

Por ese motivo en nuestra consulta trabajamos las 52 semanas del año.

Surgirá la siguiente pregunta: ¿si mi psicólogo nunca descansa, cómo puede estar fresco para tratarme"?” Tranquilo: tu psicólogo descansa lo suficiente: trabajar las 52 semanas del año no significa trabajar los 365 días del año. Afortunadamente podemos distribuir los pacientes de forma que nos queden semanas para descansar, siempre que no sea una semana completa. El truco es sencillo: de jueves a miércoles, por ejemplo, y así siempre podemos dar atención de calidad a los pacientes.

Esta política de servicio integral es uno de los pilares fundamentales de la consulta, y surge de la reflexión sobre cómo vemos a nuestros pacientes: personas que necesitan un apoyo puntual, y nunca como clientes.

No obstante los pacientes sí pueden (y deben) coger vacaciones dentro de sus posibilidades, para nosotros supone una gran alegría que nos cuenten sus viajes y sus momentos de felicidad, que hacemos nuestros.

Por todo ello, aquí seguimos. a vuestro lado, también en verano.

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COMUNICACIÓN EN LA PAREJA: "LOS LECTORES DE MENTES"

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Vivir en pareja supone conocer a la otra persona en sus fobias y filias, sus manías, sus rutinas, su forma de reaccionar antes situaciones imprevistas y un largo etcétera.

Creemos que conocemos a la otra persona como a nosotros mismos, cosa que ya es mucho decir, porque tampoco nosotros podemos preveer algunas de nuestras reacciones en momentos determinados. El ser humano tiene la capacidad de adaptarse a cada situación, lo que nos hace volubles, no siempre previsibles.

Cuando una pareja lleva mucho tiempo consolidada, ese conocimiento del otro, le hace llegar a pensar que puede anticipar lo que piensa. Esto, además de que convertiría en un auténtico rollo la convivencia, no es en absoluto cierto. Lo bueno de los pensamientos es que son transparentes, no se pueden leer, por mucho que pensemos que si.

En situaciones normales esta idea un tanto errónea no produce ninguna consecuencia, es bueno saber qué le gusta o desagrada a nuestra pareja, cómo reacciona ante las discusiones o sus “manías”. Sin embargo, el verdadero problema es cuando la pareja está en crisis.

En el momento de la crisis dejamos de ver a nuestra pareja como nuestro aliado/a, para convertirse en alguien que de alguna manera nos oculta, nos engaña, nos quiere hacer daño, quiere fastidiar. Es en ese preciso y peligroso momento cuando se empieza a soltar la muy perniciosa frasecita "sé que haces esto porque te ha molestado esto otro”, “lo que tu quieres es que yo no salga pero no me lo dices”, “no dice nada pero sé perfectamente que se enfada si me pongo a hablar por el móvil porque cree que no le presto atención”.

Los lectores de mente hacen interpretaciones libres de la conducta de su pareja, y actúa según la convicción de que aciertan con su pensamiento. Entonces se montan la película, de la película sale la bronca, porque el supuesto pensador/a puede protestar diciendo que eso no es lo que piensa, que no es cierto, y la otra persona dirá: “mientes”, nada, que uno no es dueño de sus pensamientos. Da un poco de miedito.

Cuando se entra en esa dinámica la falta de comunicación está asegurada, entra el juicio, el reproche, las dudas que uno mismo genera se convierten en certezas y el distanciamiento se hace cada vez más patente.

Es necesario en la comunicación de pareja tener un estilo directo, fluido y ante todo personal: no se habla de “tu piensas”, se habla de “yo siento”. Es pasar de acusar a pedir ayuda para comprender pequeños conflictos o dudas que van surgiendo en la pareja.

Haz un poco de balance de tu estilo de comunicación, ¿lees mentes? ¿te produce buen resultado? ¿no crees que la otra persona tiene derecho a poder aclarar tus dudas sin sentir que está defendiéndose de un juicio?

“me siento preocupado/a porque ultimamente llegas tarde” es exactamente un “creo que ultimamente prefieres estar por ahi con otra gente que conmigo”, exactamente es lo mismo que tu crees y proyectas, pero pude estar muy alejado de la realidad y generar conductas de recelo y resentimiento que no llevan a una explicación, probablemente perfectamente normal del por qué de la conducta de la pareja.

Recuerda, ni mentes ni manos, ni posos de té. El expresar tus sentimientos, preocupaciones, miedos y dudas, te va a llevar a respuestas, no a un espiral de inseguridades y recelos

LA DEPRESIÓN POSTERGADA

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La vida tiene grandes exigencias, que para algunos funcionan en forma de responsabilidades ineludibles que no dan tregua. Personas que no pueden pensar ni sentir, que tienen todos sus recursos encaminados a sobrevivir en condiciones adversas.

No todos jugamos con las mismas cartas, y hay personas que las tienen malas de verdad. Estas personas no suelen “permitirse el lujo” de sentirse deprimidas, porque tampoco le pueden prestar mucha atención a sus propios sentimientos o necesidades. El concepto ilusión, desarrollo personal, éxito les queda demasiado lejos para sentir la frustración de una vida marcada por el “camina o revienta”.

Problemas como la adicción de una pareja puede truncar su propia vida, dejar de prestar atención a su “yo” y concentrar toda su atención en tapar los huecos que va dejando la persona enferma. Trabajan, si devanan los sesos por llegar a fin de mes, cuidan de familiares enfermos, multiplican sus horas como los panes y los peces, luchan por llegar a todas partes, siempre pensando en otros, siempre con el sentimiento de culpa por no poder llegar a dar la tranquilidad y el bienestar a los que tienen a su alrededor.

Estas personas no son felices pero no se sienten deprimidas, porque viven disociadas de su persona: sólo se sienten instrumentos, en muchos casos con la responsabilidad de sacar a una familia adelante y proporcionarles lo material y lo inmaterial, actuar como una barrera que les proteja de “lo malo”, parar los golpes de la vida.

Muchas de estas personas toman ansiolíticos, especialmente para dormir, pero no llegan al punto de comprender el peso que van llevando a sus espaldas.

Y se rompen, claro que se rompen. En el momento en que ya han cumplido parte de su tarea, los hijos son autosuficientes, la casa pagada, la vida estabilizada, cuando las necesidades vitales se han cubierto y los problemas se han resuelto, llega el momento de pararse, y en ese momento, la relajación lleva a una profunda depresión.

No son capaces de identificar las causas, se muestran sorprendidas de sentirse tristes, todo les va bien (lo que les añade más culpa por sentirse deprimidas) y sin embargo, como es el momento de vivir no saben hacerlo. No encuentran sus ilusiones, no saben disfrutar de las cosas, se muestran torpes e indecisas ante situaciones de gratificación.

Estas personas han vivido en un constante estado de hipervigilancia, siempre alerta para cubrir necesidades y solucionar problemas, saben cuidar de otros pero no saben cuidarse a si mismas.

Son juguetes rotos que tienen seriamente dañado el circuito de recompensa. Han dado la espalda a una realidad en el plano emocional y se han centrado en vivir la vida como un ejercicio práctico de supervivencia.

La depresión, cuando les llega, les pilla de sorpresa. Es difícil entender “estar mal cuando está todo bien”. En algunos casos existen patologías de estrés postraumático, por situaciones de alto estrés continuado, la autoestima es inexistente, el sentimiento de culpa desborda, la capacidad de autocuidado se limita a la higiene personal sin anhelar tiempo propio para cuidarse, el placer de una tarde de compras, una comida especial o hacer un pequeño viaje para disfrutar.

Estas personas muestran depresión asociada a ansiedad (trastorno adaptativo), y recomponer, enseñar y especialmente dotarlas de ilusión es un trabajo complicado porque hay que empezar, no de cero, de menos 50.

Sin embargo enternece ver sus pequeños avances, descubrir cómo el brillo va apareciendo en sus miradas, que cuenten como grandes logros pequeños mimos que para muchos son algo cotidiano.

Nadie está libre de romperse, la mente tiene un límite de sobrecarga. Cuando llega el momento en que el cuerpo y el cerebro nos dicen “hasta aquí”, es el momento de pedir cartas nuevas y saborear los pequeños logros de cada día.

De la depresión se sale, al principio con un esfuerzo titánico sin grandes resultados, pero cuando se empieza el proceso de recuperación, es imparable, cuando se mira el día anterior en código de éxitos y no de desesperanza, el motor empieza a rugir, y poco a poco el horizonte se ve más claro y más bello.

Si “justo cuando todo va bien he entrado en depresión y no lo entiendo”, mira a tu pasado, tal vez en él están todas las razones por las que ahora te hayan vencido. Es el momento de trabajar en ti y para ti, de ser egoísta en tu recuperación.

Hora de quererse, de cuidarse y de aprender a disfrutar. Hora de vivir. Está en tu camino. No demores el comienzo.

LO PEOR DE UNA RUPTURA: NO CONOCER LA CAUSA

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La ruptura de una pareja requiere la comprensión de todo aquello que llevó al distanciamiento para poder dar respuesta a los “por qués” y en cierta manera poder mejorar aquellas partes en las que hemos podido ser responsables de la ruptura.

Sacamos de esta ecuación las rupturas más que cantadas, donde existe un largo período de desgaste, rencor, frialdad y es la solución a una convivencia imposible. En estos casos las dos partes conocen perfectamente qué les ha llevado a la ruptura y emprender la recomposición personal resulta mucho más sencillo (la mayoría de las veces la persona sufre una liberación personal y sensación de paz).

Lo peligroso son las parejas perfectas. A veces acuden pacientes que te cuentan cómo era su relación y todo parece correcto, siempre de acuerdo, realizando actividades, sin discusiones, buen reparto de tareas…. y de repente uno de ellos deja la relación, sin explicaciones, con un manido “ya no estoy enamorado/a”, “se acabó el amor”.

Evidentemente la persona abandonada se queda destrozada, primero porque no se lo esperaba, pero ya en soledad, empieza un absoluto caos mental donde las obsesiones se apoderan de las personas. Buscan el por qué, revisan la relación, buscan sus fallos, errores, se culpan (aunque no saben muy bien de qué), y por su puesto, su autoestima baja muchos enteros, no es lo mismo que te dejen porque eres insoportable, porque eres un maniático del orden o porque tienes menos vida sexual que el poto del salón a que dejen porque sí, que decidan tirar al cubo de desperdicios todo el amor, ilusión, proyectos que unían a la pareja.

La persona comienza a desmenuzarse buscando sus errores (nada mejor que buscar para encontrar), a sentirse “no suficientemente buena”, a tener miedo de nuevos fracasos porque desconoce realmente dónde está ese fallo que la ha sacado de la vida de su pareja sin tan siquiera merecerse una explicación del por qué.

Este tipo de rupturas son las más complicadas a nivel emocional para la persona, uniendo el dolor de la pérdida a la culpa por algo inespecífico, haciendo que se sienta insegura e imperfecta.

La obsesión marca esta etapa, que suele ser muy larga, como un bucle sin fin, que no permite a la persona centrarse en la nueva situación con objetividad, poniendo a su pareja en el lugar que le corresponde en su nueva vida, y analizando que tal vez un cierto relax en la convivencia, un no regar la planta por ambas partes haya podido dar al traste con la relación.

Son pocas las veces que la persona que deja da respuestas inespecíficas por no hacer daño a la otra persona (entre otras cosas porque el daño ya lo está haciendo). Normalmente las evasivas y las explicaciones ambiguas esconden la necesidad de protección por parte del que toma el paso: si no dices por qué rompes la relación, probablemente sea porque el motivo no te deja en muy buen lugar.

En estos casos en que amenaza un duelo patológico, es necesario actuar. Desmontar los pensamientos irracionales de culpa, buscar causas por las que la otra persona no ha querido dar la cara (si piensas en otra persona, acertarás casi siempre, si te dice que se están conociendo, ni te imaginas lo conocidos que se tienen). Nadie deja a otro por nada, y tu no te conviertes del amor de su vida a alguien prescindible porque ha amanecido con viento sur y una humedad relativa del 16%.

Cuando alguien te deja “sin más”, lo primero que debes pensar es con qué tipo de desconocido/a convivías. ¿Tu culpa?….¿se puede ser culpable de confiar en tu pareja? Tal vez tu responsabilidad por no haber estado más pendiente de la relación pero si no estuviste más pendiente alomejor es porque no existía una motivación, porque no encontrabas un feedback en la otra persona, y lo que era pasión se tornó cariño, y la antes pareja amorosa era ahora un extraño cruce entre pareja y compañeros de piso.

Comienza con la introspección, con analizar la situación no desde el plano personal de la culpa, sé realista sobre cómo se desarrollaba el día a día, si algo se iba perdiendo, si la comunicación era menor o de peor calidad, si iban cambiando los objetivos personales, si había menos risas, menos sorpresas, menos conversaciones sobre proyectos futuros. Tal vez no tuviste nada que ver en lo que ocurrió. Tu bolso favorito durante tres meses pasa al fondo del armario sin tener culpa (los bolsos no suelen ser culpables de casi nada), sin embargo, algo hace que les dejemos de prestar atención. De repente descubrimos que es demasiado grande, encontramos otro más bonito o más cómodo… algo pasa, algo le pasó a esa persona a la que tanto estás llorando por dejarte, pero en el fondo, si lo hizo de esa manera abrupta y sin explicaciones, ponle el puente de plata para que se vaya bien lejos, porque te ha demostrado que no está ni en primero de amor, está en posgrado de egoísmo y eso sale una vez y muchas veces.

Haz la tarea de reconciliarte contigo misma. Guarda tus buenos recuerdos y tira los malos: pesan e incomodan, redecora tu vida con paciencia, con cariño, sabiendo que vas a pasar una etapa que es como subir una montaña: por delante tienes una subida llena de sufrimiento, después de la cima vendrá la bajada, que tal vez consideres el fin,pero no, la bajada tiene el peligro de la aceleración. Tómate tu tiempo para cubrir toda la etapa, luego vendra la llanura con sus momentos amables, con tu camino lleno de entradas y salidas de senderos por donde llegarán acompañantes para tramos del camino, a veces tramos cortos, otros tramos largos, tal vez infinitos.

Mira al frente. Si miras hacia atrás te puedes caer. MIra lejos, más allá de la montaña. Esto que te ha pasado lo vas a superar. Trabaja la obsesión y deja de buscar el por qué. Te dejó PORQUE ES IMBÉCIL, como explicación más sencilla. Y tú no estás para perder el tiempo con gente cobarde, para no poder volver a confiar.

Empieza tu camino, en este mismo instante. El secreto es que la montaña cuesta menos subirla según vas pasando etapas del camino.

LOS NIÑOS NO SE DIVORCIAN: SE DIVORCIAN LOS PADRES

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Es comprensible que el momento del divorcio esté embargado por sentimientos negativos hacia la ex pareja. Se cuentan con los dedos de una mano esos divorcios idílicos en los que la pareja rompe, mantiene una relación de cariño y cooperación (lo que viene siendo una pareja civilizada).

En el divorcio hay uno que es “el malo”, el que da el paso de divorciarse, y pasa automáticamente a asumir el rol de destructor de la familia, y luego esta “el bueno”, el que ha sido abandonado, el que hubiera permanecido eternamente dentro de la unión por “el bien de los hijos”.

Esta simplificación máxima, y sin duda carente de veracidad, es sin embargo la esgrimida por las parejas cuando rompen. Sin duda existen hechos y situaciones que han motivado la ruptura, y que no se basan sólo en el detonante final, sino que suele haber una situación de alejamiento y desgaste que la pareja no ha querido asumir por comodidad, miedo o convenciones sociales.

En cualquier caso, el momento de la ruptura convierte en dos personas que antes formaban un equipo, en rivales más enconados que un Madrid-Barsa. La situación, en la que hay un daño emocional muy importante, se agudiza con los temas económicos, en los que ambas partes intentan barrer para casa pensando en rehacer la parte material de su futuro.

Las guerras púnicas que se desatan por la tele, la casa, el juego de plata, el perro, la vajilla buena, vistas desde fuera resultan incomprensibles. Sacamos el video de la boda, les hacemos un video en la mesa de negociación de las condiciones del divorcio y nos encontramos con dos lindos y cursis gatitos convertidos en tigres de Bengala (pero de los que llevan sin comer varias semanas).

Así que hemos ido sumando factores para legar a la irracionalidad total: los motivos del divorcio, la decisión del divorcio y el reparto de bienes. Terminados estos puntos nos solemos encontrar con dos personas que miran para si mismas y suelen ser sinceras cuando dicen que “quieren lo mejor para sus hijos”, porque claro, la cara B de la otra persona, la hasta ahora desconocida, no parece que sea una buena carta de presentación como el mejor padre o la mejor madre.

Ahora es cuando toca hacer el análisis profundo de la situación: los hijos nacen dentro de una relación de pareja, se crian dentro de una familia en la que se les inculta el amor y el respeto al padre y a la madre. Los níños crean sus vínculos afectivos con sus progenitores, que les proporcionan amor y seguridad.

Esta situación que hemos ido creando en la época de las “vacas gordas” no podemos revertirla ahora. No podemos decirle a los niños que esa persona, su padre o madre, en la que confiaban y que nosotros mismos hemos enseñado a que respetaran y quisieran, es malo, no les quiere, no les va a cuidar, tiene otras cosas que le importan ahora más que sus hijos. Eso no es querer a un hijo: es romperle la infancia, es romper su escala de valores, socavar el suelo en el que pisan seguros dejando un abismo de miedo y desconfianza. Aprenden que los adultos les han mentido, que de aquellos que pensaban que les querían era todo una farsa.

Los niños no se divorcian de sus padres, nosotros, los adultos, somos los que rompemos una pareja, en algunos casos seremos los que tomamos la decisión, en otras experimentaremos el dolor de vernos traicionados. Es un trabajo muy duro mantener el tipo durante el divorcio y disociar la ruptura de lo que no se puede romper: la parentalidad.

Lo ideal es que los padres hablen sobre los dos escenarios en los que se mueven ahora: a nivel pareja el rencor, la desconfianza, el odio africano, el despecho (todo muy humano y afortunadamente pasajero si se consigue avanzar en el terreno personal), otra cosa es la crianza y bienestar de los niños: los pactos para que ellos conozcan la nueva situación: papa y mama ya no se divierten juntos, han dejado de ser mejores amigos, pero se respetan y ambos os queremos, y eso es algo que no se puede romper.

La actitud colaboradora, los halagos (a veces hay que ser un poco falso) sobre el otro miembro de la pareja cuando los niños cuentan algo emocionados, el consenso en la toma de decisiones respecto a ellos, la flexibilidad, el diálogo, les dará un nuevo marco de estabilidad y normalidad necesario para su desarrollo.

Lo que hace que los niños se traumaticen con el divorcio no es la ruptura de la unidad familiar en el sentido “casa común”, lo que les duele son las luchas entre los padres que tienen que presenciar, el papel que a veces se le hace tomar de paño de lágrimas de uno de los cónyuges, el oír cosas denigrantes sobre uno de ellos, o que les digan que ya no les quieren o no importan.

Hay veces que uno de los padres no se comporta tras el divorcio como debería: no hace suficiente caso al hijo, deja de asumir sus responsabilidades económicas, se ausenta…. todo ello debe ser explicado a los niños de una forma que no les haga sentirse culpables (que es lo que les suele ocurrir), ni tampoco utilizar el insulto o decirles que esa persona ya no les quiere. Hay que dejar al niño tranquilo, contestar a sus preguntas amortiguando un poco las verdades crueles, no es cuestión de que el progenitor responsable quede como un santo abnegado, no es el momento de ponernos medallas. La máxima expresión de amor es no hacer más grandes las heridas de nuestros hijos.

El tiempo pone cada cosa en su sitio, cuando sean mayores, por ellos mismos, sabrán qué lugar ocuparon cada uno de sus padres en sus vidas, qué lugar quieren que ocupen, pero deben ser ellos mismos quienes se den cuenta.

En realidad, aquel progenitor que abandona a sus hijos es un pobre desgraciado, porque se pierde lo más bello de la vida: la infancia de un hijo.

NEGATIVIDAD: ESA FORMA DE VIVIR SUFRIENDO

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Existen personas que se definen como pesimistas o negativas, lo consideran un rasgo de su personalidad inalterable y viven con ello, como si de una pesada carga se tratara.

La forma que tenemos de enfrentarnos a la vida depende de muchos factores: personalidad, apoyo psicosocial, bienestar laboral, culminación de proyectos personales, etc, pero bien es cierto que la posibilidad de llegar a tener una vida placentera o poder actuar con resilencia (venirse arriba ante las adversidades) viene mediado por las cogniciones, por las expectativas que tenemos respecto a las posibilidades de tener éxito en aquello que emprendemos.

Hay personas negativas y personas que se hacen negativas por el aprendizaje (modelado) en la infancia, con un padre o una madre depresivo o frustrado que ha ido dando mensajes negativos a sus hijos hasta hacerlos ver el mundo como una botella medio vacía.

Las personas negativas son reacias a pensar en una posibilidad de cambio de mentalidad (claro, por eso son negativas), y siempre focalizan su atención hacia aquellas situaciones de fracaso en el pasado, incluso cuando algo sea globalmente bueno, prestarán atención a los aspectos negativos de cada cuestión convirtiendo la parte en el todo y dotándoles de un sesgo negativo.

Son personas con dificultades para emprender acciones, y piensan que todo va a salir mal. Ante una situación que se vaya a producir en el futuro, se preparan para que ocurra algo malo, y si luego no sucede se alivian porque no salió mal. Sí, señores, tal como suena: piensan en una desgracia futura y la sufren y encima cuando no ocurre en vez de pensar “ya me vale con mis pensamientos”, se alivian por la no ocurrencia.

Alguien podía pensar que la experiencia de que todo aquello malo que han pronosticado les podría ayudar a cambiar, pero no, lo bueno se olvida pronto, lo malo se clava como un puñal en la memoria.

Pasar por la vida con estos pensamientos es el famoso “valle de lágrimas” ese del que tanto nos han hablado. Y sí, la vida tiene lágrimas (a raudales), pero no todos los días, sólo algunos, mientras que el resto tenemos calma chicha o arco iris de todos los colores (que el negativo no verá o considerará que para qué alegrarse si está a punto de llover).

Afortunadamente la psicología positiva se ha preocupado muchísimo de este estilo de pensamientos, y desde la psicología cognitivo-conductual se desarrollan programas para modificar los sesgos del pensamiento, entrenando a la persona a ampliar la visión de la realidad incorporándole toda la paleta de colores.

Es una terapia sencilla, aunque en principio puede resultar frustrante para la persona negativa que siempre ha pensado de forma inamovible en negro. Se necesita de un entrenamiento para ir modificando la forma de pensar hasta que la persona utilice el pensamiento racional a la hora de plantearse situaciones del presente y del futuro.

Las ventajas para la persona negativa son evidentes. Vivir en multicolor y no en monocromo nos hace percibir una realidad más rica en posibilidades, menos amenazante, nos dota de la capacidad de afrontar con confianza las situaciones adversas que nos vayan surgiendo y nos regalan la esperanza.

LA PERSONA NARCISISTA: UNA DIFÍCIL CONVIVENCIA

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El trastorno de personalidad narcisista queda recogido en el DSM 5 con los siguientes criterios:

Criterios diagnósticos 301.81 (F60.81)

Patrón dominante de grandeza (en la fantasía o en el comportamiento), necesidad de admiración y falta de empatía, que comienza en las primeras etapas de la vida adulta y se presenta en diversos contextos, y que se manifiesta por cinco (o más) de los siguientes hechos:

1. Tiene sentimientos de grandeza y prepotencia (p. ej., exagera sus logros y talentos, espera ser reconocido como superior sin contar con los correspondientes éxitos).

2. Está absorto en fantasías de éxito, poder, brillantez, belleza o amor ideal ilimitado.

3. Cree que es "especial" y único, y que sólo pueden comprenderle o sólo puede relacionarse con otras personas (o instituciones) especiales o de alto estatus.

4. Tiene una necesidad excesiva de admiración.

5. Muestra un sentimiento de privilegio (es decir, expectativas no razonables de tratamiento especialmente favorable o de cumplimiento automático de sus expectativas).

6. Explota las relaciones interpersonales (es decir, se aprovecha de los demás para sus propios fines).

7. Carece de empatía: no está dispuesto a reconocer o a identificarse con los sentimientos y necesidades de los demás.

8. Con frecuencia envidia a los demás o cree que éstos sienten envidia de él.

9. Muestra comportamientos o actitudes arrogantes, de superioridad.

Estas características que describe el Manual Diagnóstico de los Trastornos Mentales, hace especial hincapie en la lucha de la persona por ser admirado, patrón tendente a la grandiosidad (bastante evidente en la forma de hablar y el lenguaje corporal) y una falta de empatía, en parte debido a sentirse especiales y superiores al resto de las personas.

Suelen ser personas arrogantes, que sobrevaloran sus logros o simplemente consideran que “ellos siempre lo hacen bien, siempre tienen razón”, llegando en el ambiente laboral a crear situaciones tóxicas, dada su tendencia a la falta de compañerismo y la atribución de todos los logros a su persona, y todos los errores a sus compañeros, o menospreciando o criticando abiertamente sus logros.

No soportan que les hagan sombra, que no se les admire y reconozca.

Todo su anhelo es sobresalir, y para ello realizan actividades encaminadas a superar al resto de las personas, quedar en un plano en el que sean admirados y reconocidos como “superiores”.

En realidad tras una personalidad narcisista se encuentra una persona atormentada por su baja autoestima. Esa necesidad de sobresalir constatemente, les hace vivir una vida con esfuerzos permanentes por llegar a la cima de cualquier cosa, de salirse de la media, de resaltar. No se aceptan tal como son, no disfrutan de si mismos con esa extraña necesidad de sentir la admiración de los demás.

Ciertamente, una persona que tiene oculta una baja autoestima puede utilizar esa supuesta arrogancia con la pretensión de que las personas le vean como quiere ser, y no como realmente se siente o es.

La falta de empatía que demuestra hacia los demás le hace encontrar dificultades en hacer amistades, es muy cansado pasar un rato agradable con alguien que intenta sobresalir y sólo está interesado en él mismo. Durante un tiempo puede fingir un interés por los demás, pero es algo muy instrumental: una forma de “copiar” cosas que admira o para conseguir ser aceptado en grupos, de los que pronto se verá rechazado por sus características de interrelación.

Normalmente buscan posiciones sociales elevadas: critican abiertamente lo que socialmente no está a su alcance, pero lo envidian y anhelan. Normalmente la crítica es desmedida hacia todo aquello que les produce envidia (y un narcisista puede envidiar toda aquella cualidad que desea para aumentar su grandiosidad)

Las relaciones de pareja suelen ser dificultosas y poco gratificantes. Pueden enamorarse y mantener una relación de pareja siempre que la persona con la que esté le admire o sea una persona que le ayuda a destacar y brillar. Dada su escasa empatía, probablemente le cueste sentir un afecto profundo que no sea el derivado de sentirse amado y admirado. Si esto no ocurre o la persona que comparte su vida le contradice en sus ansias de grandiosidad, habrá problemas.

TRATAMIENTO PSICOLÓGICO

Es muy complicado tratar a una persona con este patrón de personalidad, ya que rechazan de plano las críticas (pudiendo adoptar una actitud de rechazo). Es difícil que acepten que puedan estar equivocados o simplemente que acepten que hay personas en su entorno con tantas cualidades como las que ellos mismos se atribuyen.

Es conveniente para su tratamiento, realizar las sesiones grabadas. El lenguaje corporal que desarrollan suele ser aversivo para otras personas (grandilocuencia) y es más fácil mediante el visionado que puedan aceptar la diferencia que hay respecto a tono y gesticulación (o incluso la mirada) para que puedan ver los errores.

Una práctica que resulta interesante con ellos es grabarles hablando de un tema concreto durante un periodo de 5 minutos, y grabar a personas de edad y físico similares haciendo el mismo ejercicio, para luego preguntar a otras personas qué les suscita cada uno de ellos. Puede ser que no sepan identificar claramente la personalidad narcisista, pero probablemente les reconocerán por sus rasgos.

El tratamiento a seguir con estas personas se basa en la experiencia que van teniendo en la interacción con otras personas y las dificultades encontradas, para luego pasar de la primera atribución de la responsabilidad a “otros” a intentar buscar los propios fallos y buscar formas nuevas de relación.

El control de gestos, posturas, tono de voz, etc, también es muy importante, ya que esa primera tarjeta de visita en estas personas puede resultar aversiva.

Fuente: MANUAL DIAGNÓSTICO Y ESTADÍSTICO DE LOS TRASTORNOS MENTALES 5ta. EDICIÓN DSM-5®

PENSAMIENTOS OBSESIVOS CON LA EX-PAREJA: NORMAL Y EVITABLE

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Cuando una relación termina se empieza un comienzo de duelo y reconstrucción personal duro y desesperante.

Hay parejas que ya no funcionaban desde hacía tiempo, pero siguen manteniéndose unidas por la comodidad o el miedo a la soledad, sin ser conscientes que ningún miedo ni dolor es superior al goteo constante de sufrimiento por el que están pasando.

Hasta la peor de las parejas tiene aspectos positivos: tener a alguien cuando llegas a casa, que te calienten los pies en las noches frías, sentir la presencia de alguien, el “ruido” dentro del hogar, compartir gastos, poder ir a sitios que la persona ni se plantea ir sola (como al cine), y una larga lista de “pros” dentro de la relación. El “contra” muchas veces es más fácil de resumir en: sentir la soledad en compañía, algo que si nos valoramos un poco no deberíamos consentirnos.

Cuando una persona pierde una relación puede sentir incredulidad (a pesar de que las cosas no se producen de golpe, llevan un proceso con muchas pistas que no queremos ver), y luego aparecen pensamientos obsesivos respecto a la ex-pareja. Se intenta buscar un por qué, qué es lo que falló, se fantasea con la posibilidad de un retorno, se recuerdan los buenos momentos y las cualidades de la otra persona, y especialmente se piensa que jamás se volverá a ser feliz, que jamás encontrará a alguien como la pareja perdida.

La base psicológica de estos pensamiento se encuentra en el refuerzo positivo que nos proporcionaba la pareja (incluso la peor de ellas). El sentimiento de seguridad, tener a alguien que nos da los buenos días, hablar al llegar del trabajo, los fines de semana de ocio… recordamos lo bueno, lo que nos gratificaba y focalizamos nuestra atención en estos aspectos, llegando a sobrevalorarlos.

En esta situación, que supone una idealización completamente subjetiva, la persona debe tener muy claro aquellos aspectos de la relación que le hacían infeliz. Probablemente las discusiones, las faltas de respeto, el distanciamiento se estén pasando por alto, no percibiendo que la pareja, a pesar de esa gratificación, causaba un sufrimiento que ahora pasamos por alto: nos centramos y ensalzamos lo bueno.

Ahora bien, cuando a una de estas personas que está pasando por esta situación tan delicada, se le pregunta si “echa de menos la situación o la persona”, se quedan en principio muy sorprendidos, y cuando lo analizan y piensan sobre ello la respuesta que dan, suele ser “la situación”. Es en ese punto en el que tenemos que trabajar.

No se trata en absoluto de enseñar al paciente a “odiar” a su pareja, de fomentar el resentimiento, simplemente tienen que recordar el pasado con lo bueno, pero también con lo malo, incluso reconociendo su parte de responsabilidad en la ruptura (aprendizaje fundamental en futuras relaciones).

Cuando la persona consigue encuadrar su relación pasada en lo que fue, cuando se siente capaz de reconocer que aquello no funcionaba, tal vez esté preparado para dejar marchar su pasado, y sea el momento de centrarse en si mismo, en su recuperación.

Olvidar el pasado no es que no haya existido, es recordar las anécdotas, los buenos momentos como parte de nuestra vida, con una cierta ternura, como cuando piensas en tu hijo adolescente y larguirucho y recuerdas aquel momento en que te echaba sus bracitos regordetes pidiendo un beso, y no por ello ansiamos que se mengüe y vuelva a ser un bebe.

La tarea de perdón y reconciliación con uno mismo en ocasiones necesita la ayuda terapéutica para dejar en primer lugar que la persona pueda expresar sus emociones, descargarlas, y luego ayudarles a través de tareas programadas a ir venciendo la obsesión dirigiéndoles hacia el pensamiento racional. Mención especial cabe en el tratamiento de estas personas, el fortalecimiento de la autoestima y la programación de actividades de ocio en las que encuentre una gratificación interna.

Desgraciadamente las relaciones, en las que nos adentramos con tanta ilusion, no siempre salen bien, y cuando así sucede, es mejor dejar partir a la persona y seguir el camino en solitario, nunca se sabe por cuánto tiempo, por lo que habrá que prepararse para una nueva forma de vida, en la que el pasado no limite nuestro presente.

Se deja de querer…
y no se sabe por qué se deja de querer;
es como abrir la mano y encontrarla vacía
y no saber de pronto qué cosa se nos fue.

Se deja de querer…
y es como un río cuya corriente fresca ya no calma la sed,
como andar en otoño sobre las hojas secas
y pisar la hoja verde que no debió caer.

Se deja de querer…
Y es como el ciego que aún dice adiós llorando
después que pasó el tren,
o como quien despierta recordando un camino
pero ya sólo sabe que regresó por él.

Se deja de querer…
como quien deja de andar una calle sin razón, sin saber,
y es hallar un diamante brillando en el rocío
y que ya al recogerlo se evapore también.

Se deja de querer…
y es como un viaje detenido en las sombras
sin seguir ni volver,
y es cortar una rosa para adornar la mesa
y que el viento deshoje la rosa en el mantel.

Se deja de querer…
y es como un niño que ve cómo naufragan sus barcos de papel,
o escribir en la arena la fecha de mañana
y que el mar se la lleve con el nombre de ayer.

Se deja de querer…
y es como un libro que aún abierto hoja a hoja quedó a medio leer,
y es como la sortija que se quitó del dedo
y solo así supimos… que se marcó en la piel.

Se deja de querer…
y no se sabe por qué se deja de querer.

José Ángel Buesa

INFIDELIDAD: CUANDO SE ELIGE EL PERDÓN

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La infidelidad de un miembro de la pareja puede obedecer a motivos muy diversos, puede ser que esté “justificada” por situaciones anteriores de la pareja.

A la hora de analizar en terapia de pareja una infidelidad, lo primero que hay que averiguar es si existían causas suficientes para que esa pareja se hubiera roto antes de producirse un hecho tan grave, y si no hicieron nada por solucionarlo.

Hay parejas que no consideran una infidelidad como tal, que tienen un pacto de pareja liberal, abierta a otras relaciones, y en estos casos es muy raro que necesiten una terapia de pareja (a menos que uno de ellos de el salto de la relación sexual a la relación amorosa y entonces el drama esta formado).

Muchas parejas comienzan su vida en común con mucha ilusión, ganas de compartir y ayudarse, proyectos comunes y una relación basada en el diálogo y la confianza. Este camino es una vacuna contra la infidelidad, mientras la pareja es realmente una pareja, todo irá bien.

Desgraciadamente el ser humano tiene una tendencia a infravalorar aquello que tiene seguro, a no cuidarlo de la misma manera. De esta forma algunas parejas caen en la rutina (que sería el mejor de los casos), pero otras veces se acumulan malentendidos, resentimientos, sensación de minusvaloración por el otro, con la consiguiente bajada de autoestima y ese distanciamiento puede llegar a ser infinito. Dos personas que viven juntas, comparten gastos, realizan las tareas del hogar, pero que mantienen vidas interiores completamente distintas y ocultas para el otro.

De vida interior a vida sentimental va un paso. El cóctel perfecto es sentirse ignorado, tener muchas discusiones, aburrirse, hacer siempre lo mismo, no sentirse atractivo para la pareja… cuando aparecen todos estos sentimientos hay personas que por miedo a lo desconocido o por comodidad, dan otro paso hacia el abismo, el paso es no hacer nada, dejar que la vida continúe, como si esta forma de vida fuera suficiente o compensara antes de hacer frente a la soledad.

Pero en esta situación de calma tensa, uno de los dos miembros de la pareja puede encontrar a alguien que le devuelva la ilusión, y sucede la tragedia: la infidelidad. ¿Es culpa del infiel? sí por no ser sincero y avisar de lo que va a pasar, no de que pase, porque lo sucedido es fruto de una incómoda situación tejida entre ambos y sin embargo obviada. Es como ir al examen sin estudiar “a ver si hay suerte y me preguntan lo que me leí”.

La infidelidad puntual es bastante más fácil de perdonar que una relación afectiva por parte de uno de los miembros de la pareja. A veces es más dañino el contacto diario con otra persona por redes sociales que una tarde de rock & roll.

Ahora bien, el momento crucial es cuando todo sale a la luz y la pareja decide darse una oportunidad.

Si el modo de hacerlo va a asentarse en las mismas premisas que se tenían antes del “gran bofetón”, la cosa va a salir bien, porque estamos mirando para otro lado, pero no cambiando aquellas cosas que llevaron a la infidelidad.

La terapia de pareja no se centra en el infiel, se centra en ambas personas, intenta que indaguen en qué han perdido por el camino, qué esfuerzos harían para que la relación funcionara, y ante todo, su capacidad para hacer de esta situación un punto de inicio con ganas de pelear.

Si el perdón no va acompañado de la autocrítica necesaria para reconocer que tal vez lo que ocurrió se debió a un cúmulo de circunstancias en las que también existe responsabilidad por el agraviado, los fantasmas del pasado, el rencor, la desconfianza hará que la solución del problema sea sólo temporal.

La infidelidad es como una herida, si te pones un esparadrapo para que cicatrice, siempre se abrirá y supurará. Hay que abrir la herida y limpiarla y luego coserla para que con el tiempo la cicatriz sea una fina linea imperceptible, que a ambos nos recuerde que lo que se ama, se cuida

EDUCACIÓN INFANTIL: EMPIEZA A INTRODUCIR CAMBIOS DE CARA AL VERANO

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Está terminando el curso y muchos padres lo esperan como agua de mayo, tras pasar un invierno de pesadilla con falta de tiempo, sobrecarga de actividades, dificultades con los niños, cansancio acumulado, etc.

Tendemos a pensar que el verano va a ser una época de recuperación y tranquilidad, ya no hay deberes y los tiempos son más relajados. Pero claro, ese relax nos hace olvidar todos aquellos días duros de desesperación porque parecía que nada fluía, que pasar el curso escolar era una cuestión de supervivencia.

Este es el momento de mirar atrás y hacer un ejercicio de introspección, ver hasta qué punto las cosas podrían haber sido más fáciles.

En consulta la mayoría de la padre se queja de los siguientes problemas con los niños:

  1. Sobrecarga de deberes

  2. Los niños no atienden las normas de casa

  3. Problemas en el colegio (disputas)

  4. Cansancio porque los niños no paran

  5. Niños que duermen poco

Sobrecarga de deberes

Completamente de acuerdo. Los niños llevan a veces demasiada tarea para casa, y ya, si van a un colegio bilingüe y los padres no saben inglés, puede ser el peor de los horrores.

Lo primero que debemos averiguar es si los niños disponen de tiempo en el colegio para hacer las tareas y son aquellas que no han realizado en clase las que llevan para casa (es bastante frecuente). En ese caso es necesario que el niño comprenda que el tiempo que le han dado y lo ha dedicado a hacer el payaso o vaguear le quita tiempo de ocio al llegar a casa, que es su responsabilidad.

Es necesario establecer el momento en que van a realizar los deberes, mejor que antes de jugar. Deben hacerlos en un sitio fijo, preferiblemente en su habitación, con una mesa despejada y buena iluminación. Lo ideal es que los niños saquen todas las tareas para realizar y procuren hacerlos solos, sin distracciones, sin levantarse cuarenta veces, y que sólo sea para dudas o tomarles la lección cuando les pregunten a los padres.

Jamás deben hacer los deberes a sus hijos: no se esforzarán ni el maestro sabrá dónde están las dificultades del alumno.

A este respecto hay que llamar la atención sobre las actividades extraescolares. Tenemos que considerar que los niños no deben tener el día sobrecargado, la práctica de un deporte, una actividad musical o un refuerzo en materias que le resultan complicadas ya de por si pueden ser una sobrecarga total. Evitemos llenar las tardes de nuestros hijos, de forma que terminen su jornada en muchos casos cerca de las 8 de la tarde, momento en el que se ponen con los deberes. El niño debe tener tiempo para un ocio relajado (y si es posible no con la consola o el móvil).

Los niños no atienden las normas en casa

Cuando decimos: “se lo tengo que repetir cincuenta veces”: alarma. Los niños suelen tener el oído fino, y oír oyen a la primera, responder a veces es sólo al grito. No nacen así de serie, el número de veces que le tenemos que repetir las cosas guarda consonancia con las veces que les hemos llamado, no han contestado y en ese momento nos hemos levantado he ido a que obedecieran.

Cuando se repiten las cosas se acaba gritando, y ya tenemos el drama diario. El niño no obedece porque le pedimos cosas que les rompen la diversión, y eso a nadie le apetece, pero a veces es necesario saber que si se le dice a la ducha, el pijama, a cenar, es algo que tiene que realizar al momento, con el tiempo justo para recoger con lo que está jugando.

Esto es un pequeño reto porque al principio es cansado para los padres. Establecer esta rutina supone decir algo al niño, esperar el tiempo prudencial, levantarse, quitarle aquello con lo que está jugando y llevarle. Por supuesto requiere una explicación previa: una explicación previa no es una explicación diaria. En el momento que sepa que “la cosa va en serio” y que se juegan que les apaguen la consola a media partida aprenderán la consecuencia aversiva de no obedecer.

Se necesita constancia y no cambiar nunca una decisión, de esta manera la conducta disruptiva se mantiene porque las consecuencias son aleatorias.

Disputas en el colegio

Nada mas desagradable que una llamada del colegio diciendo que el niño está castigado por pelearse. Lo normal es que el niño diga que él no tuvo la culpa (yo lo hacía, por lo menos), Una disputa es normal, no es un drama, pero requiere tomárselo en serio. Puede ser que el niño no tenga la culpa y haya sido víctima de un “matoncito”. Habrá que explicarle que si vuelve a ocurrir debe avisar a la profesora, que eso no es ser chivato en absoluto. En caso de que haya sido una pelea entre iguales, explicarles claramente que no vais a consentir la agresión como forma de solucionar un problema, ofreciéndoles alternativas para solucionar las diferencias con sus compañeros.

Explicarles desde el principio que el colegio es un lugar de aprendizaje, pero tambien de compartir juegos con otros niños, que los enfados puntuales son normales dentro de una convivencia, pero que los pequeños problemas se deben solucionar porque es mejor disfrutar de unas buenas relaciones con los compañeros.

Hablar, y hablar, escucharles, expresar vuestra comprensión y convertiros en sus consejeros para dar soluciones diplomáticas a las pequeñas disputas en el cole.

Cansancio porque los niños no paran

Hay niños más movidos que otros. Pero desde luego, hay adultos que tampoco se paran mucho a buscar soluciones. Los niños movidos necesitan actividad física, actividades deportivas y un ritmo que al llegar a casa vaya bajando de intensidad.

Los niños que se suben a los sillones, que juegan al balón en el salón o que están hasta las 11 dando la lata, no son más movidos que otros niños, simplemente hay niños que sus padres se paran a manejarles, que saben llevarles, que cuando empiezan a subirse a la parra no permiten que el nivel de excitación se dispare y les proponen otra actividad o les entretienen.

Exceptuando los niños hiperactivos (menos de los que nos imaginamos) la mayoría de los problemas de niños “que no paran” se basan en padres que se han rendido y no han hecho valer su condición de adultos. Ser adulto no es ser un ogro, es tener sentido común, y ante todo, tener la paciencia para dedicar el suficiente tiempo a los niños para ponerles unas pautas de conducta (si has conseguido que tu hijo no meta los dedos en el enchufe, también puedes conseguir que no salte en el sillón).

Cuando el niño aprende a ser lo que viene siendo un niño (no un mueble ni un salvaje), normalmente tiene una actitud más relajada. El conocimiento de las normas les proporciona seguridad y unos patrones de conducta más estables.

Niños que duermen poco

Es cierto que hay niños que ya de bebés duermen poco, pero sinceramente, el problema que tratamos aquí es más el de los niños que parece que se van preparando para ser los reyes del after en cuanto tengan edad. Pululan por la casa a las 11, a las 12, a la 1, a pesar de tener colegio al día siguiente.

Hay técnicas para conseguir que los niños se vayan a la cama a su hora. Se necesita paciencia, establecer las reglas, no ablandarse y aguantar al menos una semana de llantos desgarradores, que es lo que les suele llevar darse por vencidos. Empezarán poniéndose como locos, pero es más rentable llevar de la mano al niño cuarenta veces a la cama y oír su serenata desgarradora durante cuatro horas por día durante una semana, sabiendo que al final de esta pesadilla vendrán tiempos de recuperar el ser humano adulto que hay dentro de vosotros. También necesitáis tiempo de intimidad con vuestra pareja, de silencio, de paz leyendo un libro (sé que suena bonito).

En definitiva, ahora que va acabando el curso, pensad que muchos de los problemas a los que os habéis venido enfrentando son subsanables. Trabajar problemas concretos con técnicas de modificación de conducta puede ser beneficioso para vuestros nervios y para el niño en muchísimos aspectos (reducir su nerviosismo, centrarle, disminuir las situaciones enrarecidas en el ámbito familiar).

Tener un niño es amarle pero también educarle. Lo primero no cuesta trabajo, para lo segundo se necesita firmeza y tener las ideas muy claras. El beneficio a nivel familiar es extraordinario, y es una manera de disfrutar de la infancia del niño y acompañarle de verdad en su camino.