CONSULTA PSICOLÓGICA VILLAVERDE: POR QUÉ ABRIMOS TODO EL AÑO

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Algunas personas que llaman pidiendo información, o los propios pacientes suelen preguntar cuándo cerramos por vacaciones. La respuesta es: nunca.

Las razones son éticas y muy simples: “si yo tengo un paciente que necesita terapia semanal, no puedo irme a la playa y dejarle “tirado”, porque si pudiera verle cada quince días, no tendría sentido tenerle en terapia semanal”. Así de sencillas son las cosas, hay servicios que no pueden postergarse, porque tratan de algo importante: las personas.

Por ese motivo en nuestra consulta trabajamos las 52 semanas del año.

Surgirá la siguiente pregunta: ¿si mi psicólogo nunca descansa, cómo puede estar fresco para tratarme"?” Tranquilo: tu psicólogo descansa lo suficiente: trabajar las 52 semanas del año no significa trabajar los 365 días del año. Afortunadamente podemos distribuir los pacientes de forma que nos queden semanas para descansar, siempre que no sea una semana completa. El truco es sencillo: de jueves a miércoles, por ejemplo, y así siempre podemos dar atención de calidad a los pacientes.

Esta política de servicio integral es uno de los pilares fundamentales de la consulta, y surge de la reflexión sobre cómo vemos a nuestros pacientes: personas que necesitan un apoyo puntual, y nunca como clientes.

No obstante los pacientes sí pueden (y deben) coger vacaciones dentro de sus posibilidades, para nosotros supone una gran alegría que nos cuenten sus viajes y sus momentos de felicidad, que hacemos nuestros.

Por todo ello, aquí seguimos. a vuestro lado, también en verano.

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COMUNICACIÓN EN LA PAREJA: "LOS LECTORES DE MENTES"

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Vivir en pareja supone conocer a la otra persona en sus fobias y filias, sus manías, sus rutinas, su forma de reaccionar antes situaciones imprevistas y un largo etcétera.

Creemos que conocemos a la otra persona como a nosotros mismos, cosa que ya es mucho decir, porque tampoco nosotros podemos preveer algunas de nuestras reacciones en momentos determinados. El ser humano tiene la capacidad de adaptarse a cada situación, lo que nos hace volubles, no siempre previsibles.

Cuando una pareja lleva mucho tiempo consolidada, ese conocimiento del otro, le hace llegar a pensar que puede anticipar lo que piensa. Esto, además de que convertiría en un auténtico rollo la convivencia, no es en absoluto cierto. Lo bueno de los pensamientos es que son transparentes, no se pueden leer, por mucho que pensemos que si.

En situaciones normales esta idea un tanto errónea no produce ninguna consecuencia, es bueno saber qué le gusta o desagrada a nuestra pareja, cómo reacciona ante las discusiones o sus “manías”. Sin embargo, el verdadero problema es cuando la pareja está en crisis.

En el momento de la crisis dejamos de ver a nuestra pareja como nuestro aliado/a, para convertirse en alguien que de alguna manera nos oculta, nos engaña, nos quiere hacer daño, quiere fastidiar. Es en ese preciso y peligroso momento cuando se empieza a soltar la muy perniciosa frasecita "sé que haces esto porque te ha molestado esto otro”, “lo que tu quieres es que yo no salga pero no me lo dices”, “no dice nada pero sé perfectamente que se enfada si me pongo a hablar por el móvil porque cree que no le presto atención”.

Los lectores de mente hacen interpretaciones libres de la conducta de su pareja, y actúa según la convicción de que aciertan con su pensamiento. Entonces se montan la película, de la película sale la bronca, porque el supuesto pensador/a puede protestar diciendo que eso no es lo que piensa, que no es cierto, y la otra persona dirá: “mientes”, nada, que uno no es dueño de sus pensamientos. Da un poco de miedito.

Cuando se entra en esa dinámica la falta de comunicación está asegurada, entra el juicio, el reproche, las dudas que uno mismo genera se convierten en certezas y el distanciamiento se hace cada vez más patente.

Es necesario en la comunicación de pareja tener un estilo directo, fluido y ante todo personal: no se habla de “tu piensas”, se habla de “yo siento”. Es pasar de acusar a pedir ayuda para comprender pequeños conflictos o dudas que van surgiendo en la pareja.

Haz un poco de balance de tu estilo de comunicación, ¿lees mentes? ¿te produce buen resultado? ¿no crees que la otra persona tiene derecho a poder aclarar tus dudas sin sentir que está defendiéndose de un juicio?

“me siento preocupado/a porque ultimamente llegas tarde” es exactamente un “creo que ultimamente prefieres estar por ahi con otra gente que conmigo”, exactamente es lo mismo que tu crees y proyectas, pero pude estar muy alejado de la realidad y generar conductas de recelo y resentimiento que no llevan a una explicación, probablemente perfectamente normal del por qué de la conducta de la pareja.

Recuerda, ni mentes ni manos, ni posos de té. El expresar tus sentimientos, preocupaciones, miedos y dudas, te va a llevar a respuestas, no a un espiral de inseguridades y recelos

LA DEPRESIÓN POSTERGADA

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La vida tiene grandes exigencias, que para algunos funcionan en forma de responsabilidades ineludibles que no dan tregua. Personas que no pueden pensar ni sentir, que tienen todos sus recursos encaminados a sobrevivir en condiciones adversas.

No todos jugamos con las mismas cartas, y hay personas que las tienen malas de verdad. Estas personas no suelen “permitirse el lujo” de sentirse deprimidas, porque tampoco le pueden prestar mucha atención a sus propios sentimientos o necesidades. El concepto ilusión, desarrollo personal, éxito les queda demasiado lejos para sentir la frustración de una vida marcada por el “camina o revienta”.

Problemas como la adicción de una pareja puede truncar su propia vida, dejar de prestar atención a su “yo” y concentrar toda su atención en tapar los huecos que va dejando la persona enferma. Trabajan, si devanan los sesos por llegar a fin de mes, cuidan de familiares enfermos, multiplican sus horas como los panes y los peces, luchan por llegar a todas partes, siempre pensando en otros, siempre con el sentimiento de culpa por no poder llegar a dar la tranquilidad y el bienestar a los que tienen a su alrededor.

Estas personas no son felices pero no se sienten deprimidas, porque viven disociadas de su persona: sólo se sienten instrumentos, en muchos casos con la responsabilidad de sacar a una familia adelante y proporcionarles lo material y lo inmaterial, actuar como una barrera que les proteja de “lo malo”, parar los golpes de la vida.

Muchas de estas personas toman ansiolíticos, especialmente para dormir, pero no llegan al punto de comprender el peso que van llevando a sus espaldas.

Y se rompen, claro que se rompen. En el momento en que ya han cumplido parte de su tarea, los hijos son autosuficientes, la casa pagada, la vida estabilizada, cuando las necesidades vitales se han cubierto y los problemas se han resuelto, llega el momento de pararse, y en ese momento, la relajación lleva a una profunda depresión.

No son capaces de identificar las causas, se muestran sorprendidas de sentirse tristes, todo les va bien (lo que les añade más culpa por sentirse deprimidas) y sin embargo, como es el momento de vivir no saben hacerlo. No encuentran sus ilusiones, no saben disfrutar de las cosas, se muestran torpes e indecisas ante situaciones de gratificación.

Estas personas han vivido en un constante estado de hipervigilancia, siempre alerta para cubrir necesidades y solucionar problemas, saben cuidar de otros pero no saben cuidarse a si mismas.

Son juguetes rotos que tienen seriamente dañado el circuito de recompensa. Han dado la espalda a una realidad en el plano emocional y se han centrado en vivir la vida como un ejercicio práctico de supervivencia.

La depresión, cuando les llega, les pilla de sorpresa. Es difícil entender “estar mal cuando está todo bien”. En algunos casos existen patologías de estrés postraumático, por situaciones de alto estrés continuado, la autoestima es inexistente, el sentimiento de culpa desborda, la capacidad de autocuidado se limita a la higiene personal sin anhelar tiempo propio para cuidarse, el placer de una tarde de compras, una comida especial o hacer un pequeño viaje para disfrutar.

Estas personas muestran depresión asociada a ansiedad (trastorno adaptativo), y recomponer, enseñar y especialmente dotarlas de ilusión es un trabajo complicado porque hay que empezar, no de cero, de menos 50.

Sin embargo enternece ver sus pequeños avances, descubrir cómo el brillo va apareciendo en sus miradas, que cuenten como grandes logros pequeños mimos que para muchos son algo cotidiano.

Nadie está libre de romperse, la mente tiene un límite de sobrecarga. Cuando llega el momento en que el cuerpo y el cerebro nos dicen “hasta aquí”, es el momento de pedir cartas nuevas y saborear los pequeños logros de cada día.

De la depresión se sale, al principio con un esfuerzo titánico sin grandes resultados, pero cuando se empieza el proceso de recuperación, es imparable, cuando se mira el día anterior en código de éxitos y no de desesperanza, el motor empieza a rugir, y poco a poco el horizonte se ve más claro y más bello.

Si “justo cuando todo va bien he entrado en depresión y no lo entiendo”, mira a tu pasado, tal vez en él están todas las razones por las que ahora te hayan vencido. Es el momento de trabajar en ti y para ti, de ser egoísta en tu recuperación.

Hora de quererse, de cuidarse y de aprender a disfrutar. Hora de vivir. Está en tu camino. No demores el comienzo.

LO PEOR DE UNA RUPTURA: NO CONOCER LA CAUSA

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La ruptura de una pareja requiere la comprensión de todo aquello que llevó al distanciamiento para poder dar respuesta a los “por qués” y en cierta manera poder mejorar aquellas partes en las que hemos podido ser responsables de la ruptura.

Sacamos de esta ecuación las rupturas más que cantadas, donde existe un largo período de desgaste, rencor, frialdad y es la solución a una convivencia imposible. En estos casos las dos partes conocen perfectamente qué les ha llevado a la ruptura y emprender la recomposición personal resulta mucho más sencillo (la mayoría de las veces la persona sufre una liberación personal y sensación de paz).

Lo peligroso son las parejas perfectas. A veces acuden pacientes que te cuentan cómo era su relación y todo parece correcto, siempre de acuerdo, realizando actividades, sin discusiones, buen reparto de tareas…. y de repente uno de ellos deja la relación, sin explicaciones, con un manido “ya no estoy enamorado/a”, “se acabó el amor”.

Evidentemente la persona abandonada se queda destrozada, primero porque no se lo esperaba, pero ya en soledad, empieza un absoluto caos mental donde las obsesiones se apoderan de las personas. Buscan el por qué, revisan la relación, buscan sus fallos, errores, se culpan (aunque no saben muy bien de qué), y por su puesto, su autoestima baja muchos enteros, no es lo mismo que te dejen porque eres insoportable, porque eres un maniático del orden o porque tienes menos vida sexual que el poto del salón a que dejen porque sí, que decidan tirar al cubo de desperdicios todo el amor, ilusión, proyectos que unían a la pareja.

La persona comienza a desmenuzarse buscando sus errores (nada mejor que buscar para encontrar), a sentirse “no suficientemente buena”, a tener miedo de nuevos fracasos porque desconoce realmente dónde está ese fallo que la ha sacado de la vida de su pareja sin tan siquiera merecerse una explicación del por qué.

Este tipo de rupturas son las más complicadas a nivel emocional para la persona, uniendo el dolor de la pérdida a la culpa por algo inespecífico, haciendo que se sienta insegura e imperfecta.

La obsesión marca esta etapa, que suele ser muy larga, como un bucle sin fin, que no permite a la persona centrarse en la nueva situación con objetividad, poniendo a su pareja en el lugar que le corresponde en su nueva vida, y analizando que tal vez un cierto relax en la convivencia, un no regar la planta por ambas partes haya podido dar al traste con la relación.

Son pocas las veces que la persona que deja da respuestas inespecíficas por no hacer daño a la otra persona (entre otras cosas porque el daño ya lo está haciendo). Normalmente las evasivas y las explicaciones ambiguas esconden la necesidad de protección por parte del que toma el paso: si no dices por qué rompes la relación, probablemente sea porque el motivo no te deja en muy buen lugar.

En estos casos en que amenaza un duelo patológico, es necesario actuar. Desmontar los pensamientos irracionales de culpa, buscar causas por las que la otra persona no ha querido dar la cara (si piensas en otra persona, acertarás casi siempre, si te dice que se están conociendo, ni te imaginas lo conocidos que se tienen). Nadie deja a otro por nada, y tu no te conviertes del amor de su vida a alguien prescindible porque ha amanecido con viento sur y una humedad relativa del 16%.

Cuando alguien te deja “sin más”, lo primero que debes pensar es con qué tipo de desconocido/a convivías. ¿Tu culpa?….¿se puede ser culpable de confiar en tu pareja? Tal vez tu responsabilidad por no haber estado más pendiente de la relación pero si no estuviste más pendiente alomejor es porque no existía una motivación, porque no encontrabas un feedback en la otra persona, y lo que era pasión se tornó cariño, y la antes pareja amorosa era ahora un extraño cruce entre pareja y compañeros de piso.

Comienza con la introspección, con analizar la situación no desde el plano personal de la culpa, sé realista sobre cómo se desarrollaba el día a día, si algo se iba perdiendo, si la comunicación era menor o de peor calidad, si iban cambiando los objetivos personales, si había menos risas, menos sorpresas, menos conversaciones sobre proyectos futuros. Tal vez no tuviste nada que ver en lo que ocurrió. Tu bolso favorito durante tres meses pasa al fondo del armario sin tener culpa (los bolsos no suelen ser culpables de casi nada), sin embargo, algo hace que les dejemos de prestar atención. De repente descubrimos que es demasiado grande, encontramos otro más bonito o más cómodo… algo pasa, algo le pasó a esa persona a la que tanto estás llorando por dejarte, pero en el fondo, si lo hizo de esa manera abrupta y sin explicaciones, ponle el puente de plata para que se vaya bien lejos, porque te ha demostrado que no está ni en primero de amor, está en posgrado de egoísmo y eso sale una vez y muchas veces.

Haz la tarea de reconciliarte contigo misma. Guarda tus buenos recuerdos y tira los malos: pesan e incomodan, redecora tu vida con paciencia, con cariño, sabiendo que vas a pasar una etapa que es como subir una montaña: por delante tienes una subida llena de sufrimiento, después de la cima vendrá la bajada, que tal vez consideres el fin,pero no, la bajada tiene el peligro de la aceleración. Tómate tu tiempo para cubrir toda la etapa, luego vendra la llanura con sus momentos amables, con tu camino lleno de entradas y salidas de senderos por donde llegarán acompañantes para tramos del camino, a veces tramos cortos, otros tramos largos, tal vez infinitos.

Mira al frente. Si miras hacia atrás te puedes caer. MIra lejos, más allá de la montaña. Esto que te ha pasado lo vas a superar. Trabaja la obsesión y deja de buscar el por qué. Te dejó PORQUE ES IMBÉCIL, como explicación más sencilla. Y tú no estás para perder el tiempo con gente cobarde, para no poder volver a confiar.

Empieza tu camino, en este mismo instante. El secreto es que la montaña cuesta menos subirla según vas pasando etapas del camino.

LOS NIÑOS NO SE DIVORCIAN: SE DIVORCIAN LOS PADRES

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Es comprensible que el momento del divorcio esté embargado por sentimientos negativos hacia la ex pareja. Se cuentan con los dedos de una mano esos divorcios idílicos en los que la pareja rompe, mantiene una relación de cariño y cooperación (lo que viene siendo una pareja civilizada).

En el divorcio hay uno que es “el malo”, el que da el paso de divorciarse, y pasa automáticamente a asumir el rol de destructor de la familia, y luego esta “el bueno”, el que ha sido abandonado, el que hubiera permanecido eternamente dentro de la unión por “el bien de los hijos”.

Esta simplificación máxima, y sin duda carente de veracidad, es sin embargo la esgrimida por las parejas cuando rompen. Sin duda existen hechos y situaciones que han motivado la ruptura, y que no se basan sólo en el detonante final, sino que suele haber una situación de alejamiento y desgaste que la pareja no ha querido asumir por comodidad, miedo o convenciones sociales.

En cualquier caso, el momento de la ruptura convierte en dos personas que antes formaban un equipo, en rivales más enconados que un Madrid-Barsa. La situación, en la que hay un daño emocional muy importante, se agudiza con los temas económicos, en los que ambas partes intentan barrer para casa pensando en rehacer la parte material de su futuro.

Las guerras púnicas que se desatan por la tele, la casa, el juego de plata, el perro, la vajilla buena, vistas desde fuera resultan incomprensibles. Sacamos el video de la boda, les hacemos un video en la mesa de negociación de las condiciones del divorcio y nos encontramos con dos lindos y cursis gatitos convertidos en tigres de Bengala (pero de los que llevan sin comer varias semanas).

Así que hemos ido sumando factores para legar a la irracionalidad total: los motivos del divorcio, la decisión del divorcio y el reparto de bienes. Terminados estos puntos nos solemos encontrar con dos personas que miran para si mismas y suelen ser sinceras cuando dicen que “quieren lo mejor para sus hijos”, porque claro, la cara B de la otra persona, la hasta ahora desconocida, no parece que sea una buena carta de presentación como el mejor padre o la mejor madre.

Ahora es cuando toca hacer el análisis profundo de la situación: los hijos nacen dentro de una relación de pareja, se crian dentro de una familia en la que se les inculta el amor y el respeto al padre y a la madre. Los níños crean sus vínculos afectivos con sus progenitores, que les proporcionan amor y seguridad.

Esta situación que hemos ido creando en la época de las “vacas gordas” no podemos revertirla ahora. No podemos decirle a los niños que esa persona, su padre o madre, en la que confiaban y que nosotros mismos hemos enseñado a que respetaran y quisieran, es malo, no les quiere, no les va a cuidar, tiene otras cosas que le importan ahora más que sus hijos. Eso no es querer a un hijo: es romperle la infancia, es romper su escala de valores, socavar el suelo en el que pisan seguros dejando un abismo de miedo y desconfianza. Aprenden que los adultos les han mentido, que de aquellos que pensaban que les querían era todo una farsa.

Los niños no se divorcian de sus padres, nosotros, los adultos, somos los que rompemos una pareja, en algunos casos seremos los que tomamos la decisión, en otras experimentaremos el dolor de vernos traicionados. Es un trabajo muy duro mantener el tipo durante el divorcio y disociar la ruptura de lo que no se puede romper: la parentalidad.

Lo ideal es que los padres hablen sobre los dos escenarios en los que se mueven ahora: a nivel pareja el rencor, la desconfianza, el odio africano, el despecho (todo muy humano y afortunadamente pasajero si se consigue avanzar en el terreno personal), otra cosa es la crianza y bienestar de los niños: los pactos para que ellos conozcan la nueva situación: papa y mama ya no se divierten juntos, han dejado de ser mejores amigos, pero se respetan y ambos os queremos, y eso es algo que no se puede romper.

La actitud colaboradora, los halagos (a veces hay que ser un poco falso) sobre el otro miembro de la pareja cuando los niños cuentan algo emocionados, el consenso en la toma de decisiones respecto a ellos, la flexibilidad, el diálogo, les dará un nuevo marco de estabilidad y normalidad necesario para su desarrollo.

Lo que hace que los niños se traumaticen con el divorcio no es la ruptura de la unidad familiar en el sentido “casa común”, lo que les duele son las luchas entre los padres que tienen que presenciar, el papel que a veces se le hace tomar de paño de lágrimas de uno de los cónyuges, el oír cosas denigrantes sobre uno de ellos, o que les digan que ya no les quieren o no importan.

Hay veces que uno de los padres no se comporta tras el divorcio como debería: no hace suficiente caso al hijo, deja de asumir sus responsabilidades económicas, se ausenta…. todo ello debe ser explicado a los niños de una forma que no les haga sentirse culpables (que es lo que les suele ocurrir), ni tampoco utilizar el insulto o decirles que esa persona ya no les quiere. Hay que dejar al niño tranquilo, contestar a sus preguntas amortiguando un poco las verdades crueles, no es cuestión de que el progenitor responsable quede como un santo abnegado, no es el momento de ponernos medallas. La máxima expresión de amor es no hacer más grandes las heridas de nuestros hijos.

El tiempo pone cada cosa en su sitio, cuando sean mayores, por ellos mismos, sabrán qué lugar ocuparon cada uno de sus padres en sus vidas, qué lugar quieren que ocupen, pero deben ser ellos mismos quienes se den cuenta.

En realidad, aquel progenitor que abandona a sus hijos es un pobre desgraciado, porque se pierde lo más bello de la vida: la infancia de un hijo.

NEGATIVIDAD: ESA FORMA DE VIVIR SUFRIENDO

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Existen personas que se definen como pesimistas o negativas, lo consideran un rasgo de su personalidad inalterable y viven con ello, como si de una pesada carga se tratara.

La forma que tenemos de enfrentarnos a la vida depende de muchos factores: personalidad, apoyo psicosocial, bienestar laboral, culminación de proyectos personales, etc, pero bien es cierto que la posibilidad de llegar a tener una vida placentera o poder actuar con resilencia (venirse arriba ante las adversidades) viene mediado por las cogniciones, por las expectativas que tenemos respecto a las posibilidades de tener éxito en aquello que emprendemos.

Hay personas negativas y personas que se hacen negativas por el aprendizaje (modelado) en la infancia, con un padre o una madre depresivo o frustrado que ha ido dando mensajes negativos a sus hijos hasta hacerlos ver el mundo como una botella medio vacía.

Las personas negativas son reacias a pensar en una posibilidad de cambio de mentalidad (claro, por eso son negativas), y siempre focalizan su atención hacia aquellas situaciones de fracaso en el pasado, incluso cuando algo sea globalmente bueno, prestarán atención a los aspectos negativos de cada cuestión convirtiendo la parte en el todo y dotándoles de un sesgo negativo.

Son personas con dificultades para emprender acciones, y piensan que todo va a salir mal. Ante una situación que se vaya a producir en el futuro, se preparan para que ocurra algo malo, y si luego no sucede se alivian porque no salió mal. Sí, señores, tal como suena: piensan en una desgracia futura y la sufren y encima cuando no ocurre en vez de pensar “ya me vale con mis pensamientos”, se alivian por la no ocurrencia.

Alguien podía pensar que la experiencia de que todo aquello malo que han pronosticado les podría ayudar a cambiar, pero no, lo bueno se olvida pronto, lo malo se clava como un puñal en la memoria.

Pasar por la vida con estos pensamientos es el famoso “valle de lágrimas” ese del que tanto nos han hablado. Y sí, la vida tiene lágrimas (a raudales), pero no todos los días, sólo algunos, mientras que el resto tenemos calma chicha o arco iris de todos los colores (que el negativo no verá o considerará que para qué alegrarse si está a punto de llover).

Afortunadamente la psicología positiva se ha preocupado muchísimo de este estilo de pensamientos, y desde la psicología cognitivo-conductual se desarrollan programas para modificar los sesgos del pensamiento, entrenando a la persona a ampliar la visión de la realidad incorporándole toda la paleta de colores.

Es una terapia sencilla, aunque en principio puede resultar frustrante para la persona negativa que siempre ha pensado de forma inamovible en negro. Se necesita de un entrenamiento para ir modificando la forma de pensar hasta que la persona utilice el pensamiento racional a la hora de plantearse situaciones del presente y del futuro.

Las ventajas para la persona negativa son evidentes. Vivir en multicolor y no en monocromo nos hace percibir una realidad más rica en posibilidades, menos amenazante, nos dota de la capacidad de afrontar con confianza las situaciones adversas que nos vayan surgiendo y nos regalan la esperanza.

LA PERSONA NARCISISTA: UNA DIFÍCIL CONVIVENCIA

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El trastorno de personalidad narcisista queda recogido en el DSM 5 con los siguientes criterios:

Criterios diagnósticos 301.81 (F60.81)

Patrón dominante de grandeza (en la fantasía o en el comportamiento), necesidad de admiración y falta de empatía, que comienza en las primeras etapas de la vida adulta y se presenta en diversos contextos, y que se manifiesta por cinco (o más) de los siguientes hechos:

1. Tiene sentimientos de grandeza y prepotencia (p. ej., exagera sus logros y talentos, espera ser reconocido como superior sin contar con los correspondientes éxitos).

2. Está absorto en fantasías de éxito, poder, brillantez, belleza o amor ideal ilimitado.

3. Cree que es "especial" y único, y que sólo pueden comprenderle o sólo puede relacionarse con otras personas (o instituciones) especiales o de alto estatus.

4. Tiene una necesidad excesiva de admiración.

5. Muestra un sentimiento de privilegio (es decir, expectativas no razonables de tratamiento especialmente favorable o de cumplimiento automático de sus expectativas).

6. Explota las relaciones interpersonales (es decir, se aprovecha de los demás para sus propios fines).

7. Carece de empatía: no está dispuesto a reconocer o a identificarse con los sentimientos y necesidades de los demás.

8. Con frecuencia envidia a los demás o cree que éstos sienten envidia de él.

9. Muestra comportamientos o actitudes arrogantes, de superioridad.

Estas características que describe el Manual Diagnóstico de los Trastornos Mentales, hace especial hincapie en la lucha de la persona por ser admirado, patrón tendente a la grandiosidad (bastante evidente en la forma de hablar y el lenguaje corporal) y una falta de empatía, en parte debido a sentirse especiales y superiores al resto de las personas.

Suelen ser personas arrogantes, que sobrevaloran sus logros o simplemente consideran que “ellos siempre lo hacen bien, siempre tienen razón”, llegando en el ambiente laboral a crear situaciones tóxicas, dada su tendencia a la falta de compañerismo y la atribución de todos los logros a su persona, y todos los errores a sus compañeros, o menospreciando o criticando abiertamente sus logros.

No soportan que les hagan sombra, que no se les admire y reconozca.

Todo su anhelo es sobresalir, y para ello realizan actividades encaminadas a superar al resto de las personas, quedar en un plano en el que sean admirados y reconocidos como “superiores”.

En realidad tras una personalidad narcisista se encuentra una persona atormentada por su baja autoestima. Esa necesidad de sobresalir constatemente, les hace vivir una vida con esfuerzos permanentes por llegar a la cima de cualquier cosa, de salirse de la media, de resaltar. No se aceptan tal como son, no disfrutan de si mismos con esa extraña necesidad de sentir la admiración de los demás.

Ciertamente, una persona que tiene oculta una baja autoestima puede utilizar esa supuesta arrogancia con la pretensión de que las personas le vean como quiere ser, y no como realmente se siente o es.

La falta de empatía que demuestra hacia los demás le hace encontrar dificultades en hacer amistades, es muy cansado pasar un rato agradable con alguien que intenta sobresalir y sólo está interesado en él mismo. Durante un tiempo puede fingir un interés por los demás, pero es algo muy instrumental: una forma de “copiar” cosas que admira o para conseguir ser aceptado en grupos, de los que pronto se verá rechazado por sus características de interrelación.

Normalmente buscan posiciones sociales elevadas: critican abiertamente lo que socialmente no está a su alcance, pero lo envidian y anhelan. Normalmente la crítica es desmedida hacia todo aquello que les produce envidia (y un narcisista puede envidiar toda aquella cualidad que desea para aumentar su grandiosidad)

Las relaciones de pareja suelen ser dificultosas y poco gratificantes. Pueden enamorarse y mantener una relación de pareja siempre que la persona con la que esté le admire o sea una persona que le ayuda a destacar y brillar. Dada su escasa empatía, probablemente le cueste sentir un afecto profundo que no sea el derivado de sentirse amado y admirado. Si esto no ocurre o la persona que comparte su vida le contradice en sus ansias de grandiosidad, habrá problemas.

TRATAMIENTO PSICOLÓGICO

Es muy complicado tratar a una persona con este patrón de personalidad, ya que rechazan de plano las críticas (pudiendo adoptar una actitud de rechazo). Es difícil que acepten que puedan estar equivocados o simplemente que acepten que hay personas en su entorno con tantas cualidades como las que ellos mismos se atribuyen.

Es conveniente para su tratamiento, realizar las sesiones grabadas. El lenguaje corporal que desarrollan suele ser aversivo para otras personas (grandilocuencia) y es más fácil mediante el visionado que puedan aceptar la diferencia que hay respecto a tono y gesticulación (o incluso la mirada) para que puedan ver los errores.

Una práctica que resulta interesante con ellos es grabarles hablando de un tema concreto durante un periodo de 5 minutos, y grabar a personas de edad y físico similares haciendo el mismo ejercicio, para luego preguntar a otras personas qué les suscita cada uno de ellos. Puede ser que no sepan identificar claramente la personalidad narcisista, pero probablemente les reconocerán por sus rasgos.

El tratamiento a seguir con estas personas se basa en la experiencia que van teniendo en la interacción con otras personas y las dificultades encontradas, para luego pasar de la primera atribución de la responsabilidad a “otros” a intentar buscar los propios fallos y buscar formas nuevas de relación.

El control de gestos, posturas, tono de voz, etc, también es muy importante, ya que esa primera tarjeta de visita en estas personas puede resultar aversiva.

Fuente: MANUAL DIAGNÓSTICO Y ESTADÍSTICO DE LOS TRASTORNOS MENTALES 5ta. EDICIÓN DSM-5®

PENSAMIENTOS OBSESIVOS CON LA EX-PAREJA: NORMAL Y EVITABLE

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Cuando una relación termina se empieza un comienzo de duelo y reconstrucción personal duro y desesperante.

Hay parejas que ya no funcionaban desde hacía tiempo, pero siguen manteniéndose unidas por la comodidad o el miedo a la soledad, sin ser conscientes que ningún miedo ni dolor es superior al goteo constante de sufrimiento por el que están pasando.

Hasta la peor de las parejas tiene aspectos positivos: tener a alguien cuando llegas a casa, que te calienten los pies en las noches frías, sentir la presencia de alguien, el “ruido” dentro del hogar, compartir gastos, poder ir a sitios que la persona ni se plantea ir sola (como al cine), y una larga lista de “pros” dentro de la relación. El “contra” muchas veces es más fácil de resumir en: sentir la soledad en compañía, algo que si nos valoramos un poco no deberíamos consentirnos.

Cuando una persona pierde una relación puede sentir incredulidad (a pesar de que las cosas no se producen de golpe, llevan un proceso con muchas pistas que no queremos ver), y luego aparecen pensamientos obsesivos respecto a la ex-pareja. Se intenta buscar un por qué, qué es lo que falló, se fantasea con la posibilidad de un retorno, se recuerdan los buenos momentos y las cualidades de la otra persona, y especialmente se piensa que jamás se volverá a ser feliz, que jamás encontrará a alguien como la pareja perdida.

La base psicológica de estos pensamiento se encuentra en el refuerzo positivo que nos proporcionaba la pareja (incluso la peor de ellas). El sentimiento de seguridad, tener a alguien que nos da los buenos días, hablar al llegar del trabajo, los fines de semana de ocio… recordamos lo bueno, lo que nos gratificaba y focalizamos nuestra atención en estos aspectos, llegando a sobrevalorarlos.

En esta situación, que supone una idealización completamente subjetiva, la persona debe tener muy claro aquellos aspectos de la relación que le hacían infeliz. Probablemente las discusiones, las faltas de respeto, el distanciamiento se estén pasando por alto, no percibiendo que la pareja, a pesar de esa gratificación, causaba un sufrimiento que ahora pasamos por alto: nos centramos y ensalzamos lo bueno.

Ahora bien, cuando a una de estas personas que está pasando por esta situación tan delicada, se le pregunta si “echa de menos la situación o la persona”, se quedan en principio muy sorprendidos, y cuando lo analizan y piensan sobre ello la respuesta que dan, suele ser “la situación”. Es en ese punto en el que tenemos que trabajar.

No se trata en absoluto de enseñar al paciente a “odiar” a su pareja, de fomentar el resentimiento, simplemente tienen que recordar el pasado con lo bueno, pero también con lo malo, incluso reconociendo su parte de responsabilidad en la ruptura (aprendizaje fundamental en futuras relaciones).

Cuando la persona consigue encuadrar su relación pasada en lo que fue, cuando se siente capaz de reconocer que aquello no funcionaba, tal vez esté preparado para dejar marchar su pasado, y sea el momento de centrarse en si mismo, en su recuperación.

Olvidar el pasado no es que no haya existido, es recordar las anécdotas, los buenos momentos como parte de nuestra vida, con una cierta ternura, como cuando piensas en tu hijo adolescente y larguirucho y recuerdas aquel momento en que te echaba sus bracitos regordetes pidiendo un beso, y no por ello ansiamos que se mengüe y vuelva a ser un bebe.

La tarea de perdón y reconciliación con uno mismo en ocasiones necesita la ayuda terapéutica para dejar en primer lugar que la persona pueda expresar sus emociones, descargarlas, y luego ayudarles a través de tareas programadas a ir venciendo la obsesión dirigiéndoles hacia el pensamiento racional. Mención especial cabe en el tratamiento de estas personas, el fortalecimiento de la autoestima y la programación de actividades de ocio en las que encuentre una gratificación interna.

Desgraciadamente las relaciones, en las que nos adentramos con tanta ilusion, no siempre salen bien, y cuando así sucede, es mejor dejar partir a la persona y seguir el camino en solitario, nunca se sabe por cuánto tiempo, por lo que habrá que prepararse para una nueva forma de vida, en la que el pasado no limite nuestro presente.

Se deja de querer…
y no se sabe por qué se deja de querer;
es como abrir la mano y encontrarla vacía
y no saber de pronto qué cosa se nos fue.

Se deja de querer…
y es como un río cuya corriente fresca ya no calma la sed,
como andar en otoño sobre las hojas secas
y pisar la hoja verde que no debió caer.

Se deja de querer…
Y es como el ciego que aún dice adiós llorando
después que pasó el tren,
o como quien despierta recordando un camino
pero ya sólo sabe que regresó por él.

Se deja de querer…
como quien deja de andar una calle sin razón, sin saber,
y es hallar un diamante brillando en el rocío
y que ya al recogerlo se evapore también.

Se deja de querer…
y es como un viaje detenido en las sombras
sin seguir ni volver,
y es cortar una rosa para adornar la mesa
y que el viento deshoje la rosa en el mantel.

Se deja de querer…
y es como un niño que ve cómo naufragan sus barcos de papel,
o escribir en la arena la fecha de mañana
y que el mar se la lleve con el nombre de ayer.

Se deja de querer…
y es como un libro que aún abierto hoja a hoja quedó a medio leer,
y es como la sortija que se quitó del dedo
y solo así supimos… que se marcó en la piel.

Se deja de querer…
y no se sabe por qué se deja de querer.

José Ángel Buesa

INFIDELIDAD: CUANDO SE ELIGE EL PERDÓN

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La infidelidad de un miembro de la pareja puede obedecer a motivos muy diversos, puede ser que esté “justificada” por situaciones anteriores de la pareja.

A la hora de analizar en terapia de pareja una infidelidad, lo primero que hay que averiguar es si existían causas suficientes para que esa pareja se hubiera roto antes de producirse un hecho tan grave, y si no hicieron nada por solucionarlo.

Hay parejas que no consideran una infidelidad como tal, que tienen un pacto de pareja liberal, abierta a otras relaciones, y en estos casos es muy raro que necesiten una terapia de pareja (a menos que uno de ellos de el salto de la relación sexual a la relación amorosa y entonces el drama esta formado).

Muchas parejas comienzan su vida en común con mucha ilusión, ganas de compartir y ayudarse, proyectos comunes y una relación basada en el diálogo y la confianza. Este camino es una vacuna contra la infidelidad, mientras la pareja es realmente una pareja, todo irá bien.

Desgraciadamente el ser humano tiene una tendencia a infravalorar aquello que tiene seguro, a no cuidarlo de la misma manera. De esta forma algunas parejas caen en la rutina (que sería el mejor de los casos), pero otras veces se acumulan malentendidos, resentimientos, sensación de minusvaloración por el otro, con la consiguiente bajada de autoestima y ese distanciamiento puede llegar a ser infinito. Dos personas que viven juntas, comparten gastos, realizan las tareas del hogar, pero que mantienen vidas interiores completamente distintas y ocultas para el otro.

De vida interior a vida sentimental va un paso. El cóctel perfecto es sentirse ignorado, tener muchas discusiones, aburrirse, hacer siempre lo mismo, no sentirse atractivo para la pareja… cuando aparecen todos estos sentimientos hay personas que por miedo a lo desconocido o por comodidad, dan otro paso hacia el abismo, el paso es no hacer nada, dejar que la vida continúe, como si esta forma de vida fuera suficiente o compensara antes de hacer frente a la soledad.

Pero en esta situación de calma tensa, uno de los dos miembros de la pareja puede encontrar a alguien que le devuelva la ilusión, y sucede la tragedia: la infidelidad. ¿Es culpa del infiel? sí por no ser sincero y avisar de lo que va a pasar, no de que pase, porque lo sucedido es fruto de una incómoda situación tejida entre ambos y sin embargo obviada. Es como ir al examen sin estudiar “a ver si hay suerte y me preguntan lo que me leí”.

La infidelidad puntual es bastante más fácil de perdonar que una relación afectiva por parte de uno de los miembros de la pareja. A veces es más dañino el contacto diario con otra persona por redes sociales que una tarde de rock & roll.

Ahora bien, el momento crucial es cuando todo sale a la luz y la pareja decide darse una oportunidad.

Si el modo de hacerlo va a asentarse en las mismas premisas que se tenían antes del “gran bofetón”, la cosa va a salir bien, porque estamos mirando para otro lado, pero no cambiando aquellas cosas que llevaron a la infidelidad.

La terapia de pareja no se centra en el infiel, se centra en ambas personas, intenta que indaguen en qué han perdido por el camino, qué esfuerzos harían para que la relación funcionara, y ante todo, su capacidad para hacer de esta situación un punto de inicio con ganas de pelear.

Si el perdón no va acompañado de la autocrítica necesaria para reconocer que tal vez lo que ocurrió se debió a un cúmulo de circunstancias en las que también existe responsabilidad por el agraviado, los fantasmas del pasado, el rencor, la desconfianza hará que la solución del problema sea sólo temporal.

La infidelidad es como una herida, si te pones un esparadrapo para que cicatrice, siempre se abrirá y supurará. Hay que abrir la herida y limpiarla y luego coserla para que con el tiempo la cicatriz sea una fina linea imperceptible, que a ambos nos recuerde que lo que se ama, se cuida

EDUCACIÓN INFANTIL: EMPIEZA A INTRODUCIR CAMBIOS DE CARA AL VERANO

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Está terminando el curso y muchos padres lo esperan como agua de mayo, tras pasar un invierno de pesadilla con falta de tiempo, sobrecarga de actividades, dificultades con los niños, cansancio acumulado, etc.

Tendemos a pensar que el verano va a ser una época de recuperación y tranquilidad, ya no hay deberes y los tiempos son más relajados. Pero claro, ese relax nos hace olvidar todos aquellos días duros de desesperación porque parecía que nada fluía, que pasar el curso escolar era una cuestión de supervivencia.

Este es el momento de mirar atrás y hacer un ejercicio de introspección, ver hasta qué punto las cosas podrían haber sido más fáciles.

En consulta la mayoría de la padre se queja de los siguientes problemas con los niños:

  1. Sobrecarga de deberes

  2. Los niños no atienden las normas de casa

  3. Problemas en el colegio (disputas)

  4. Cansancio porque los niños no paran

  5. Niños que duermen poco

Sobrecarga de deberes

Completamente de acuerdo. Los niños llevan a veces demasiada tarea para casa, y ya, si van a un colegio bilingüe y los padres no saben inglés, puede ser el peor de los horrores.

Lo primero que debemos averiguar es si los niños disponen de tiempo en el colegio para hacer las tareas y son aquellas que no han realizado en clase las que llevan para casa (es bastante frecuente). En ese caso es necesario que el niño comprenda que el tiempo que le han dado y lo ha dedicado a hacer el payaso o vaguear le quita tiempo de ocio al llegar a casa, que es su responsabilidad.

Es necesario establecer el momento en que van a realizar los deberes, mejor que antes de jugar. Deben hacerlos en un sitio fijo, preferiblemente en su habitación, con una mesa despejada y buena iluminación. Lo ideal es que los niños saquen todas las tareas para realizar y procuren hacerlos solos, sin distracciones, sin levantarse cuarenta veces, y que sólo sea para dudas o tomarles la lección cuando les pregunten a los padres.

Jamás deben hacer los deberes a sus hijos: no se esforzarán ni el maestro sabrá dónde están las dificultades del alumno.

A este respecto hay que llamar la atención sobre las actividades extraescolares. Tenemos que considerar que los niños no deben tener el día sobrecargado, la práctica de un deporte, una actividad musical o un refuerzo en materias que le resultan complicadas ya de por si pueden ser una sobrecarga total. Evitemos llenar las tardes de nuestros hijos, de forma que terminen su jornada en muchos casos cerca de las 8 de la tarde, momento en el que se ponen con los deberes. El niño debe tener tiempo para un ocio relajado (y si es posible no con la consola o el móvil).

Los niños no atienden las normas en casa

Cuando decimos: “se lo tengo que repetir cincuenta veces”: alarma. Los niños suelen tener el oído fino, y oír oyen a la primera, responder a veces es sólo al grito. No nacen así de serie, el número de veces que le tenemos que repetir las cosas guarda consonancia con las veces que les hemos llamado, no han contestado y en ese momento nos hemos levantado he ido a que obedecieran.

Cuando se repiten las cosas se acaba gritando, y ya tenemos el drama diario. El niño no obedece porque le pedimos cosas que les rompen la diversión, y eso a nadie le apetece, pero a veces es necesario saber que si se le dice a la ducha, el pijama, a cenar, es algo que tiene que realizar al momento, con el tiempo justo para recoger con lo que está jugando.

Esto es un pequeño reto porque al principio es cansado para los padres. Establecer esta rutina supone decir algo al niño, esperar el tiempo prudencial, levantarse, quitarle aquello con lo que está jugando y llevarle. Por supuesto requiere una explicación previa: una explicación previa no es una explicación diaria. En el momento que sepa que “la cosa va en serio” y que se juegan que les apaguen la consola a media partida aprenderán la consecuencia aversiva de no obedecer.

Se necesita constancia y no cambiar nunca una decisión, de esta manera la conducta disruptiva se mantiene porque las consecuencias son aleatorias.

Disputas en el colegio

Nada mas desagradable que una llamada del colegio diciendo que el niño está castigado por pelearse. Lo normal es que el niño diga que él no tuvo la culpa (yo lo hacía, por lo menos), Una disputa es normal, no es un drama, pero requiere tomárselo en serio. Puede ser que el niño no tenga la culpa y haya sido víctima de un “matoncito”. Habrá que explicarle que si vuelve a ocurrir debe avisar a la profesora, que eso no es ser chivato en absoluto. En caso de que haya sido una pelea entre iguales, explicarles claramente que no vais a consentir la agresión como forma de solucionar un problema, ofreciéndoles alternativas para solucionar las diferencias con sus compañeros.

Explicarles desde el principio que el colegio es un lugar de aprendizaje, pero tambien de compartir juegos con otros niños, que los enfados puntuales son normales dentro de una convivencia, pero que los pequeños problemas se deben solucionar porque es mejor disfrutar de unas buenas relaciones con los compañeros.

Hablar, y hablar, escucharles, expresar vuestra comprensión y convertiros en sus consejeros para dar soluciones diplomáticas a las pequeñas disputas en el cole.

Cansancio porque los niños no paran

Hay niños más movidos que otros. Pero desde luego, hay adultos que tampoco se paran mucho a buscar soluciones. Los niños movidos necesitan actividad física, actividades deportivas y un ritmo que al llegar a casa vaya bajando de intensidad.

Los niños que se suben a los sillones, que juegan al balón en el salón o que están hasta las 11 dando la lata, no son más movidos que otros niños, simplemente hay niños que sus padres se paran a manejarles, que saben llevarles, que cuando empiezan a subirse a la parra no permiten que el nivel de excitación se dispare y les proponen otra actividad o les entretienen.

Exceptuando los niños hiperactivos (menos de los que nos imaginamos) la mayoría de los problemas de niños “que no paran” se basan en padres que se han rendido y no han hecho valer su condición de adultos. Ser adulto no es ser un ogro, es tener sentido común, y ante todo, tener la paciencia para dedicar el suficiente tiempo a los niños para ponerles unas pautas de conducta (si has conseguido que tu hijo no meta los dedos en el enchufe, también puedes conseguir que no salte en el sillón).

Cuando el niño aprende a ser lo que viene siendo un niño (no un mueble ni un salvaje), normalmente tiene una actitud más relajada. El conocimiento de las normas les proporciona seguridad y unos patrones de conducta más estables.

Niños que duermen poco

Es cierto que hay niños que ya de bebés duermen poco, pero sinceramente, el problema que tratamos aquí es más el de los niños que parece que se van preparando para ser los reyes del after en cuanto tengan edad. Pululan por la casa a las 11, a las 12, a la 1, a pesar de tener colegio al día siguiente.

Hay técnicas para conseguir que los niños se vayan a la cama a su hora. Se necesita paciencia, establecer las reglas, no ablandarse y aguantar al menos una semana de llantos desgarradores, que es lo que les suele llevar darse por vencidos. Empezarán poniéndose como locos, pero es más rentable llevar de la mano al niño cuarenta veces a la cama y oír su serenata desgarradora durante cuatro horas por día durante una semana, sabiendo que al final de esta pesadilla vendrán tiempos de recuperar el ser humano adulto que hay dentro de vosotros. También necesitáis tiempo de intimidad con vuestra pareja, de silencio, de paz leyendo un libro (sé que suena bonito).

En definitiva, ahora que va acabando el curso, pensad que muchos de los problemas a los que os habéis venido enfrentando son subsanables. Trabajar problemas concretos con técnicas de modificación de conducta puede ser beneficioso para vuestros nervios y para el niño en muchísimos aspectos (reducir su nerviosismo, centrarle, disminuir las situaciones enrarecidas en el ámbito familiar).

Tener un niño es amarle pero también educarle. Lo primero no cuesta trabajo, para lo segundo se necesita firmeza y tener las ideas muy claras. El beneficio a nivel familiar es extraordinario, y es una manera de disfrutar de la infancia del niño y acompañarle de verdad en su camino.

¿ESTAMOS PREPARADOS PARA LAS NUEVAS GENERACIONES?

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Cada generación tiene características comunes que hacen avanzar a la sociedad, y producen cambios a todos los niveles, cada vez más rápidos, existiendo auténticas brechas generacionales.

Actualmente nos enfrentamos a una nueva generación “tecnológica”, que tiene muchas cualidades, pero a nivel humano y de interrelación social es un auténtico desastre.

Los primeros frutos ya se están recogiendo, los niños adictos a la tablet. Lo que empezó siendo un juego que les entretenía y les encantaba, se ha convertido en una obsesión que les resta tiempo para explorar otras inquietudes e incluso para relacionarse dentro de casa.

Ya hace un par de años están llegando adolescentes con problemas graves de adicción a los videojuegos, lo que produce un aislamiento respecto al entorno, atención en tunel, adicción, fracaso escolar y agresividad cuando les quitan su fuente de satisfacción. En algunos casos castigarles sin la consola, la tablet o el móvil puede llegar a episodios de violencia que incluyen rotura de puertas de patadas (no son niños de “hermano mayor” son simplemente niños con una severa adicción).

Somos responsables absolutos de esta situación. Cada vez es más frecuente ver a padres que se reúnen con amigos o familiares y al niño que está en el carrito le dan el móvil para que se distraiga. Niños que no caminan y que se entretienen durante horas. Puede parecer perfecto: como se distrae el niño, se le puede llevar a cualquier sitio! (nos sentimos unos cracks, y estamos haciendo una perfecta burrada).

En primer lugar: los videojuegos se caracterizan por música y pantallas de colores brillantes que mantienen su atención constantemente sobre el objeto: ya les puede pasar al lado un oso con palmera que ni se van a fijar (y lo más probable es que les importe un pimiento el oso). El mundo, los objetos, las situaciones, no son un videojuego, son más lentas y no tan cromáticas, además de no tener esa música estridente estudiada para engancharlos aún más. Como resultado, la vida y lo que conlleva no es interesante para los niños, no es trepidante.

Los niños están poco interesados en lo que los mayores les puedan contar, y los mayores se han acomodado a que el niño esté como un mueble pegado a su maquinita”, tal vez dejándoles tiempo a ellos mismos para estar pendientes de sus redes sociales.

A los 7 años ya son “youtuber” y viven en una paralela.

La pregunta es: si esos niños se van saltando etapas en las que determinados juegos son importantes para su crecimiento intelectual y para ir adquiriendo destrezas, ¿cómo serán de mayores?. La etapa manipulativa (las famosas construcciones, pintar, el punzón), la del juego imaginativo (haciendo comiditas, organizando aventuras, construyéndose sus coches con cajas de cartón), los cuentos, escribir, leer, los juegos de mesa, etc), se van perdiendo al no ser tan llamativos para los niños, pero esos juegos cumplen una función importante para el desarrollo de muchas habilidades: destreza manual, resolución de problemas, comprensión del entorno, atención, desarrollo del vocabulario, tolerancia a la frustración, incorporación del niño a la vida social con adquisición de destrezas necesarias para el ) de habilidades sociales, etc.

Es necesario limitar el uso de la tecnología y adecuarla a la edad del pequeño. Cambiar el sonajero por un móvil es una tremenda burrada, y aunque parezca mentira, el juego de tirar cosas desde la trona, no es por fastidiar, el niño va adquiriendo nociones básicas sobre su mundo al observar algo tan sencillo como ver las cosas caer, el ruido que produce la caída, el tiempo que tarda en llegar al suelo.

Introducirles los alimentos dejando que los exploren: toquen, huelan, etc. Es bueno para que se familiaricen con su textura, para conseguir que lo incorporen al mundo de “sus cosas” y acepten comer alimentos más variados (lo de que jueguen con la comida es cuando se introducen los alimentos, no cuando tienen 15 años, claro).

En definitiva sería interesante un pequeño ejercicio de reflexión de los padres, un pequeño test que diría: si está con su hijo en una terraza de verano y se le acaba la batería del móvil, ¿que siente?

  1. Me da igual, mi hijo no coge el móvil

  2. Le doy un juguete de los que llevo preparados para él

  3. Le distraigo, juego un poco con él, le llamo la atención sobre su entorno

  4. Saco la batería portátil que tengo para estas ocasiones

  5. Entro en pánico y me voy con el niño a casa

Si estás criando un niño tecnológico, piensa en las consecuencias en el futuro: el nivel de comunicación que puedes llegar a tener con él (vas a ser un perfecto desconocido), la relación que va a tener el niño con el mundo, por el que ha pasado con la nariz pegada a una pantalla, lo interesantísimo que le va a resultar estudiar, así sin música ni pantallitas, a pecho descubierto, y cual es el modelo de interacción que puede desarrollar ante este aprendizaje.

La tecnología es una herramienta fabulosa a nuestro servicio. No podemos dejar que se apodere de nuestros niños, porque si ya nos encontramos con problemas de adicción a la tecnología, yo no quiero ni pensar lo que va a ser dentro de 4 ó 5 años, con esta nueva generación del bebe con el móvil como principal cuidador

CRISIS EXISTENCIAL EN LA ADOLESCENCIA: EL DESCONCIERTO DE LOS PADRES

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La adolescencia es la edad más intensa en la vida del ser humano.

Podríamos decir que la infancia es la época de descubrir el mundo, la edad adulta la época en que intentamos maximizar los beneficios de nuestra vida a los recursos emocionales y económicos de los que disponemos, y la madurez la etapa en la que nos centramos en nuestros seres allegados y disfrutamos de las pequeñas cosas de una forma serena.

Pero la adolescencia… el paso de ser un niño a un adulto es difícil. La revolución hormonal, las inseguridades, el tremendo esfuerzo por conseguir ser aceptado por el grupo, la experimentación, las preguntas que se hacen los adolescentes sobre quienes son, qué quieren, cómo es el mundo, hacen que esta etapa de la vida sea especialmente vulnerable a padecer desajustes emocionales.

Yo suelo decirle a los adolescentes que están en “una etapa igual de maravillosa que de asquerosa”, y asienten, como si fuera la definición perfecta de sus vidas.

Un adolescente tiene una dicotomía respecto al tiempo: se creen eternos y a la vez las cosas tienen que hacerse al momento, como si no hubiera un mañana.

Es una etapa en la que descubren decepcionados que sus padres, los adultos en general tienen fallos, son imperfectos, y no pierden ocasión de expresar su desdén hacia aquellos que en otros tiempos eran sus referentes absolutos.

Porque no hay que olvidarlo: en la adolescencia el modelo a seguir, el timón de su vida ya no son los padres, están seguros que ellos pueden dirigir su día a día de forma mucho mejor, y allí andan, dando bandazos (sanísimos por otro lado), jugando al ensayo-error, como un experimento científico en el que no tienen la serenidad suficiente para analizar las consecuencias de sus actos, y en muchas ocasiones, no prestan atención a la responsabilidad de lo que sale mal.

Esta etapa también tiene una dicotomía respecto a la atribución de las responsabilidades: el locus de control. De esta forma todo lo malo “que les pasa” a nivel de tener amigos, su aspecto físico, etc, lo consideran su responsabilidad, mientras que unos pobres resultados en los exámenes, perder el abono de transportes o recibir una bronca de un profesor es culpa de los otros.

Los padres se sienten muchas veces perdidos con esa máquina que iba a la perfección y ahora anda a trompicones, como si se fuera a gripar. El niño de las buenas notas y el comportamiento intachable empieza a estar literalmente pegado a su móvil, perdiendo el contacto con la familia. Ninguno de los planes que les entusiasmaban les interesa (suelen detestar los planes en familia). Pasan muchísimo tiempo solos en su habitación, empiezan a elegir su ropa, muchas veces recibiendo la crítica manifiesta de sus padres, se interesan por el sexo opuesto pero tienen su cuarto como un potrero. Duermen como lirones, siempre están cansados (menos para salir), baja su rendimiento académico….

Esta etapa que los padres viven como una lucha constante, tampoco es fácil para los chicos. No se gustan. Se autocritican. Por otra parte tienen las emociones a flor de piel, cualquier discusión con los amigos se vive como un drama, y los primeros amores son motivo de una gran intensidad emocional, pasando de la risa al llanto por cualquier motivo.

Tener en caso un chaval en esa edad de ruleta rusa emocional necesita una dosis extra de paciencia por parte de los padres. Yo les daría dos recomendaciones, dos reglas de oro:

  1. Tomarse el tiempo para recordar cómo eran ellos en su adolescencia, lo que hacían, lo que sentían, lo que sufrían, lo que disfrutaban, lo que mentían….

  2. No entrar en veinte batallas a la vez. Elegir sólo aquellos asuntos innegociables y hacer la vista gorda en los menos importantes para no abrir la brecha de comunicación.

Es decir, la hora de llegada, estudiar sin móvil, cenar en familia pueden ser normas que no se discuten, pero si su habitación está hecha un asco, aprovechando la existencia de puertas, se cierra, y cuando su nivel de tolerancia al desorden y suciedad se vea sobrepasado, ya hará algo. Hay que educarles a que se responsabilicen, pero repetir 50 veces las cosas, amenazar, gritar, machacar para no conseguir nada, lo único que hace es reafirmarles en su opinión “ mis padres son unos histéricos, sólo chillan…”

Por otra parte nuestro hijo no es nuestro amigo: es nuestro hijo. No es conveniente invadir su espacio, interrogarle, enjuiciar a sus amistades, eso es un repelente de primera. Hay que dejarles claro que pueden contar con sus padres si tienen un problema, que le van a respetar, que no tienen que contar el fondo de los problemas, o todos los problemas, pero que en casa van a encontrar el apoyo seguro del amor incondicional, que si necesitan apoyo, allí tienen a sus padres, aunque sólo sea para abrazarles, sin preguntas, sin presiones.

Especialmente delicado es el caso de los adolescentes que “se pierden en si mismos”, que no saben encontrar la forma de encajar con los compañeros o que toman el camino de la autodestrucción a base de cuestionarse su valía personal. Muchos entran en un bucle de ensimismamiento, soledad autoimpuesta, creencia de que valen menos que los demás, que nadie les acepta. Algunos se vuelven cada vez más herméticos y encuentran normalmente en redes sociales grupos de chicos y chicas con sus mismos problemas. Esto puede ser muy peligroso: se retroalimentan los unos a los otros, empiezan a odiar la normalidad y se expresan como diferentes de forma desafiante: creen que son diferentes e intentan acentuar estas diferencias, muchas veces a través de distintas tribus urbanas: Emos, Raperos, Góticos, Heavies, Hippies, Punks, Skaters, Rastafaris, Otakus, Hipsters, Rockabillies, Steampunks, Swaggers, Gamers, Pokemones, Grunges……

Estas subculturas tienen sus propios códigos de estilos de vida, formas de vestir, etc. Algunas son peligrosas porque incitan a cortarse, a vivir en estados depresivos permanentes, otras simplemente se centran en juegos obviando el mundo exterior. Pertenecer a uno de estos grupos es una forma de autoafirmarse, pero el problema es que no se dan cuenta que aislarse del mundo exterior viviendo en su propia subcultura puede llegar a ser una forma de marginación, de la que en algún momento tendrán que salir para enfrentarse a la vida real, o al menos compaginar ambos mundos.

Lo principal es que los padres detecten síntomas de que algo en los chicos no va bien. Su mal genio, la oposición, querer saber más que nadie, son completamente normales. Aislamiento, tristeza, apatía, falta de interés por todo, absentismo escolar continuado NO ES NORMAL. En estos casos es necesario actuar, intentar ofrecerles apoyo, “ponerse en sus zapatos”, y en caso de que nada funcione, intentar que hablen con un profesional.

Muchos dirán que no tienen por qué contarle sus cosas a un desconocido, pero la idea es: precisamente porque es una persona que no te conoce no te va a juzgar, te va a escuchar y te va a dar algunos consejos para que estés más cómodo contigo mismo. No te conoce a ti, pero conoce los problemas de la adolescencia, las cosas que pasan, cómo se siente y cómo se piensa a esta edad, y no te va a dar consejos o charlas interminables sobre “lo que tendrías que hacer”, sólo te guiará para que tengas confianza en ti mismo, aprendas a batallar contra los estados de ánimo negativos, aprendas a quererte y valorarte, consigas no sentirte tan perdido, puedas ver distintas opciones que son como distintos caminos en la vida.

Desgraciadamente nuestra cultura va hacia caminos poco alentadores para tener una adolescencia tranquila. Hay demasiados factores que van apareciendo, que antes no tenían tanto peso específico, y que hace que esta edad sea muy vulnerable.

La paciencia es fundamental, pero la alerta, la vigilancia prudente a su mundo emocional es fundamental en estas edades.

ESCUELA PARA PADRES...DIVORCIADOS

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El divorcio es una situación familiar traumática en la que hay dos personas responsables: el padre y la madre. Los niños podrán disfrutar de una situación normalizada y estable en cuanto sus padres sean capaces de diferenciar sus problemas de adultos con las necesidades y sentimientos de los hijos.

Nadie duda del amor de ambos cónyuges por los hijos, pero en ocasiones la mente se nubla, y el resentimiento nos hace perder la perspectiva respecto a lo deseable para los niños.

Reflexionemos por un momento: una pareja decide JUNTA tener un niño. Obviamente nadie tendría hijos con la perspectiva de perderlos posteriormente (en parte o totalmente). Juntos los hijos se crían y se les da amor, y como es lógico ambos progenitores enseñan a sus hijos a respetar y querer a su pareja.

Lo que no tiene ninguna lógica es que el divorcio de los padres exija el divorcio emocional de los niños. No puedes decir a un hijo que aquel o aquella a quien enseñaste a respetar y querer ahora es una persona horrible. El daño que hacemos a nuestros hijos es impresionante.

Muchas veces las situaciones que han llevado a la ruptura producen una enemistad (e incluso odio) entre las personas que pueden condicionar a sus hijos. Unas veces de forma manifiesta, otras a través de conductas o gestos que los niños captan perfectamente.

Las menos de las parejas (pero las muy, muy menos) consiguen entender que siguen siendo progenitores y que tienen que estar juntos en determinadas ocasiones importantes para el niño, y que esto da sentido a lo que siempre se les dice “nosotros ya no nos queremos pero los dos te queremos más a ti que a nada en el mundo”. El niño, cuando ve que los padres no pueden dejar de mantener una actitud hostil en su presencia se siente triste y desorientado, tiene miedo de incurrir en deslealtad si habla más con uno que con otro, si hace o deja de hacer.

Para aquellos padres que ya no son pareja pero no consiguen superar sus diferencias y rencores a pesar de tener niños, existe la posibilidad de realizar una terapia de ex-pareja, no se trata de conseguir que ellos se lleven ni mejor ni peor, simplemente de que consigan establecer un marco sano de relación para que sus hijos puedan gozar de una cierta tranquilidad, sin tensiones manifiestas ni ocultas.

Es un aprendizaje de “ponerse en el lugar del niño” explicándole las repercusiones que tienen ciertos comportamientos, que a veces pensamos que los niños no captan, así como a conseguir compromisos mutuos de “etiqueta” que pueden ser de gran ayuda para los niños.

LOS "Y YO MÁS": CERO EN EMPATÍA

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Pocas cosas pueden producirnos una mayor sensación de total frustación que contarle a alguien un problema que nos preocupa y que antes que terminemos la frase nos diga: “eso me pasó a mi pero peor”, “pues no te digo nada de lo que me duele a mi”… y cosas por el estilo, para continuar centrándose en contar su problema dejándonos a ser el sujeto receptor cuando lo que queríamos era desahogarnos.

Los hay especialistas,, da igual lo que te haya pasado, cómo te sientas, lo desesperado que estés o la magnitud de tu desgracia, que jamás y digo bien: JAMAS, te dejará contar tu experiencia, en cuanto pille el hilo te interrumpirá para superar con creces lo que le estabas contando.

Puedes pensar que es propio de personalidades egocéntricas (que lo son), que hacen de un vaso un mar (que también), que sólo piensan en sus problemas y los magnifican (vas hacia el pleno), pero… no olvides lo más importante de este tipo de personas: en realidad les importa un cuerno lo que te pase, y ni siquiera lo saben.

Hoy me ha venido un paciente jovencito con una mochila a las espaldas producto de muchas vivencias inadecuadas en su infancia, nadie culpa a su ambiente familiar, las cosas a veces son más complicadas de lo que parecen, y habría que hacer un análisis muy objetivo para comprender sin juzgar la actitud de algunos padres que se lanzan a la aventura de las segundas oportunidades, y terceras, y cuartas y quintas, no valorando que los niños tal vez no estén por la labor de ver pasar por su vida un papa por temporada, pero ése es otro problema.

A lo que iba, es a la frustración que experimentaba un chaval ante un problema, su problema, que no es grande ni pequeño, es SU problema, y todos los sentimientos negativos que puede experimentar al oír de su progenitor/a: “yo si que tengo problemas y a mi nadie me contempla”.

Esa persona tal vez pueda tener montañas, cordilleras de problemas, pero hay que ser muy necio para no darse cuenta que al menos (al menos, por favor), ante los problemas de un hijo, hay que pararse y escuchar, y comprender, y ponerse en su piel y hasta dar algún consejo adecuado, bueno, tal vez sólo escuchar, porque si sientes que tienes muchos problemas y encima no escuchas los problemas de tus hijos, estás teniendo otro problema, tal vez mucho más gordo: todo lo tuyo y que tu hijo, tu proyecto, lo más preciado que tienes lo está pasando mal.

Este chico había aprendido a expresar su rabia con puñetazos, que es la forma más primitiva de experimentar rabia cuando no has aprendido el valor del diálogo, pero al menos tiene una cosa buena a su favor: ha comprendido lo odiosa que resulta la gente del “y yo más”.

Cuando una persona te interrumpe para echarte el órdago al que más sufre, no te enfades, no te revuelvas, no le des una oportunidad para que el resentimiento se quede en ti. Analiza la situación. Si te molesta este tipo de actitudes, significa que no te gustan, punto a tu favor para no repetirlas.

Los “y yo más” te están diciendo finamente que el mundo gira alrededor de su ombligo, y que ellos no tienen ni tres minutos que perder con el sufrimiento ajeno. Ni van a cambiar ni van a aprender. Son incapaces de ponerse en el lugar de otra persona y comprender que el sufrimiento no se mide en metros ni se pesa en kilos, que el sufrimiento es dolor y que al dolor hay que dar la respuesta de la escucha, de la comprensión, del abrazo.

Los “y yo más” se sienten incomprendidos, porque la gente que tienen a su alrededor lo hacen por compromiso, por paciencia, por su propio código ético, pero no porque generen precisamente mucha simpatía.

Cuando acudas a alguien y te diga “pues yo más”, no pierdas tu tiempo, no te enfades, no reproches: aprende que no es la persona adecuada para escuchar, y en tu mente llévate la idea de que tendrá más de todo lo malo, pero menos de algo tan bueno con la empatía.

Salud a todos esos valientes que saben escuchar y apoyar, y a todos aquellos que se creen que la vida es una competición por ser el que más sufre: les cedo el paso, y les deseo suerte en su llegada a meta.

IDEAS OBSESIVAS: CUANDO SE ENTRA EN BUCLE

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Al hablar de ideas obsesivas no nos estamos refiriendo en este caso a un TOC, es algo más sencillo: se nos mete algo entre ceja y ceja y no podemos parar de darle vueltas.

Pueden ser situaciones personales o laborales, relaciones afectivas o dificultades con algún miembro de la familia política.

La persona se empieza a obsesionar con una idea y ésta se hace central en su vida, lo contamina todo, su vida, sus actos, sus acciones vienen determinadas por la idea obsesiva que les marca y les amarga la existencia.

La persona que está pasando por una situación de obsesión, a menudo ha pasado previamente por una situación en la que se ha sentido injustamente tratada y no ha podido defenderse, o es una situación que ha ido in crescendo, haciendo que cada cosa que haga o diga la persona con la que tiene una manía obsesiva la interprete como una ofensa personal.

Entrar en ese bucle supone perderse todo lo demás que conforma la vida y no poder disfrutarlo, es como descartar cualquier situación agradable porque no podemos apreciarla, sólo vivimos pensando en aquello que nos obsesiona y consume.

Es imposible dejar de lado el pensamiento, girando y girando en nuestra cabeza, consumiendo días, semanas, meses.. y produciendo un deterioro en nuestro estado anímico y nuestras relaciones con el resto de las personas.

Salir de una obsesión supone la identificación de aquello que hemos considerado en principio una afrenta, re-evaluándolo en términos objetivos, midiendo en términos de coste-beneficio lo que realmente nos supone esa obsesión en nuestra vida, para posteriormente trabajar el modo de ir reduciendo su peso emocional y aprendiendo a manejar la situación identificando los momentos en los que estamos atribuyendo un ataque a situaciones que en otras ocasiones o viniendo de otras personas, no le daríamos importancia.

Cuando estamos obsesionados con algo o alguien en términos negativos, focalizamos toda nuestra atención hacia sus actos y dejamos de vivir para centrarnos en acechar.

La persona obsesionada sufre, su entorno sufre y, desgraciadamente en la mayoría de los casos, la única forma de salir de esta situación es mediante la aplicación de técnicas cognitivo-conductuales (terapia psicológica) que enseñen al paciente los pasos adecuados para conseguir el cambio:

identificación- re-evaluación - acción

Si estás “consumido” por alguna idea obsesiva, no pierdas ni un segundo más de TU vida, tienes que sacarlo de la cabeza, tienes que romper el bucle porque estás dando vueltas como un hamster en su rueda, algo cansado y estéril.

NO QUERERNOS PUEDE HACER INSOPORTABLE LA TAREA DE VIVIR

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Conocernos y querernos nos hace experimentar seguridad en nosotros mismos y una tremenda sensación de libertad sobre nuestras decisiones personales.

Querernos como somos tampoco es una labor de amor incondiional (tampoco vamos a volvernos todo locos), es hacer una introspección objetiva, buscando nuestros defectos y nuestras virtudes, intentando limar aquellas partes de nosotros que no nos gustan, potenciando aquello que nos parece positivo y buscando acercarnos más la nuestro “yo ideal”.

Un buen ejercicio que propongo en consulta es: “imagínate que puedes inventarte a ti mismo, cómo te gustaría ser, reinvéntate”. Partiendo de las características personales que la persona resalta como su ideal, se busca el acercamiento entre lo que somos y lo querríamos ser.

Cada uno tenemos nuestra personalidad y es prácticamente imposible llegar a la virtud que supondría conectar el ser que quiero con el que soy, pero la plena consciencia de nuestras características personales ayuda bastante a tener que pedir alguna vez menos perdón o a lamentarse por algún comportamiento poco adecuado o demasiado pasivo, por ejemplo.

Pongamos un ejemplo (desgraciadamente frecuente) una persona que grita a su pareja. Le preguntas y te dice con toda paz “es que yo soy así” y yo siempre contesto lo mismo: “entonces, ¿le gritas “a tu jefe cuando te irrita? imaginad la respuesta: al jefe no, claro, como si ese claro que añaden al final mejorara un poco la situación. Lo que está diciendo esa persona en realidad es “grito porque es mi forma de expresar frustración, porque no sé hacerlo de otro modo” aunque en el fondo de su corazoncito sepa que los gritos convierten el diálogo en discusión y no llevan jamás a nada positivo.

Ese tipo de personas suelen tener la autoestima baja, porque saben que se tienen que imponer a traves de los gritos (ellos y ellas, que en todas partes cuecen habas), y en el fondo saben que son incapaces de dialogar y que cuando quieren llegar a un consenso o a que su pareja les comprendan, acaban quedando como unos puñeteros locos y ya ni hay argumentos, ni razones, ni nadie se acuerda de qué problema se trataba, porque eso ya no importa, sólo queda el distanciamiento y el disgusto.

Pasa lo mismo en muchísimos ámbitos de la vida: personas que no saben expresar sus deseos, sus necesidades o sus gustos y se van haciendo pequeñitas, van cediendo en todas las decisiones de la vida y perdiendo cada vez más seguridad hasta ser incapaces de expresar lo que realmente quieren, porque consideran que la opinión de cualquiera es mejor que la de ellos mismos.

Podría poner muchísimos ejemplos de falta de amor hacia uno mismo. Cuando se trata de una persona con pareja y/o con hijos siempre les planteo: si tu no te quieres, significa que tus seres queridos se han conformado con alguien inferior, según tú. Eso les suele producir un cierto estupor, porque supone la confrontación con un contrasentido: quieres lo mejor para los tuyos pero tu no te sientes lo mejor para los tuyos. Algo falla.

En definitiva, el trabajo terapéutico con personas con baja autoestima es enriquecedor, bastante más que una inyección de botox o una tarde de compras. Es empezar a trabajar para conocerse, aceptarse y detectar aquellos aspectos de su personalidad que pueden ser modificados para que ellos se encuentren mejor.

Las técnicas son sencillas, pero requieren un esfuerzo por parte del paciente, que tiende a describirse con una lista de defectos de 8 páginas y un par de cualidades. Primero se trabaja este aspecto: la objetividad respecto a si mismo, para pasar posteriormente a intentar modificar conductas o actitudes que no les gusta de ellos mismos a la persona, siempre trabajando el reforzamiento positivo y un reconocimiento sincero de los logros.

Trabajad cada día la autoestima, centradla en vuestra personalidad, jamás en el aspecto físico, que es efímero. Las personas que consideran que la autoestima reside en su físico terminan teniendo serios problemas por varios motivos: lo efímero de la belleza y lo vacío que han dejado su mundo interior a base de mirarse en el espejo.

Crecer por dentro y aprender a aceptarse, quererse y mejorar es ese punto de calidad que hace que las personas se sientan felices con quienes son y el lugar que ocupan en el mundo.

Nunca os odiéis. El amor hacia uno mismo se irradia hacia los demás, porque la persona que se quiere no se siente amargada ni anulada, se siente plena y es capaz de darse y dar todo aquello que tiene.

Y si aún no sabes cuáles son tus cualidades, empieza desde hoy mismo a descubrirlas. Tal vez sea el tiempo mejor invertido de tu vida.

Recuerda que “nadie es más que nadie”, y tampoco menos, busca tus fortalezas.

TERAPIA INFANTIL: EL PAPEL DE LOS PADRES COMO COTERAPEUTAS

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El trabajo terapéutico con niños pequeños (hasta los 8 o 9 años) requiere una fuerte implicación de los padres.

Por una parte, a menor edad del niño, menos posibilidades de indagar sobre sus problemas o emociones a través de la palabra. Las conductas a edades tempranas nos pueden dar las pistas necesarias para llegar a la raíz de los problemas.

Por otra parte, tal vez la más importante, muchos niños que acuden a terapia infantil por problemas de conducta, lo que necesitan es una terapia que incida directamente sobre los padres, porque la mayoría de los problemas de conducta disruptiva en los niños vienen dadas por la forma en que los padres les están educando.

Lo ideal a la hora de trabajar con niños pequeños es dividir la sesión en dos partes, no necesariamente iguales. En una se trabaja con el niño explorando sus problemas, identificando conductas que hay que cambiar y dándole estrategias muy sencillas para ir modificando su conducta o haciendo frente a emociones que expresan de forma inadecuada. Esta parte de la sesión es totalmente lúdica.

El trabajo con niños pequeños se realiza con plastilina y punzón, papeles y lápices de colores, marionetas, juegos sencillos, playmobil para escenificar situaciones y todo aquel material susceptble de ayudarnos a permitir entrar en el mundo del niño de una forma nada agresiva, haciéndole sentir cómodo y dejando que se abra en un momento de relajación.

En muchas ocasiones es conveniente grabar estas sesiones para poder luego analizar minuciosamente las cadenas conductuales y poder posteriormente introducir algunos cambios en las secuencias para ver la reacción en el pequeño.

La otra parte de la terapia es la centrada en los padres. Aquí suelen surgir algunos problemas. Hay padres que culpan a sus hijos por su comportamiento y actitudes y no tienen en cuenta que los niños aprenden en casa muchas cosas, el MODELADO de conductas supone que los niños reproducen aquello que ven en casa. Si los padres gritan, los niños piensan que es un modo natural de comunicación y lo reproducen, por ejemplo.

Otras veces los padres son inconsistentes en su forma de relacionarse con los niños, y lo que unas veces no les importa, otras les parece algo terrible, un poco dependiendo de cómo va de paciencia el progenitor.

Lo ideal para organizar la terapia es partir de la base que no hay niños buenos ni malos, lo único cierto es que los hay tranquilos y responsables y los hay movidos e impulsivos. Estas características ni siquiera son un indicador fiable de qué tipo de niño puede necesitar en un momento dado un poquito de ayuda terapeutica, ya que los más responsables pueden tener sentimientos internos de necesidad de agradar, y cuando algo no les sale perfecto tienden a sentir que han fallado produciendo sentimientos de poca autoestima y tristeza. Los más bichillos pueden terminar siendo un reflejo de la “profecía autocumplida”: si siempre le decimos que es un desastre, lo terminará siendo, porque es lo que se espera de él.

De esta forma, el trabajo en terapia infantil se va a centrar en la mayoría de los casos en una terapia con los padres, en los que se les enseñe a modificar algunas conductas que ni siquiera eran conscientes de que pudieran ser perjudiciales, también se les enseñará a actuar ante casos de mal comportamiento, timidez, miedos y un largo etcétera.

Por todo ello es necesario desterrar la idea de que el niño va a terapia porque algo va mal en el niño, teniendo una visión más global del asunto: el niño va a terapia porque algo funciona mal en el ámbito de la educación del pequeño.

Nunca debemos olvidar el papel de modelo que ejercemos sobre los niños. No hables como un carretero y a continuación castigues al niño por decir un taco, y si viene del colegio diciendo tacos, no pienses: desde luego vaya cosas aprende en el colegio (que también, las cosas como son), pero no te cruces de brazos en un “esto es lo que hay”, tómate el tiempo necesario para explicarle las cosas que no son adecuadas, o deja que el terapeuta te indique cómo hacerlo de una manera efectiva (que no es el ordena y mando porque para eso soy tu padre).

Establezcamos alianzas entre los padres, porque la familia tiene una jerarquía y esto no es una democracia, básicamente porque un niño de 6 años no puede tomar las riendas de la buena marcha de una familia.

Los niños son para sufrirlos, disfrutarlos, amarlos y a veces tener un poquito de ganas de ahogarlos. Es lo que tienen los niños. Si tienes un poco de paciencia y sentido común,, la experiencia de la paternidad/maternidad es un viaje mágico y maravilloso, si dejas que te lleven a su terrero, sufrirás como un azotado, porque no debemos olvidar que esos cuerpecillos son pura terquedad y energía, y en eso nos ganan por la mano.

Así que, si estás pensando que tu niño necesita terapia, reformula el “llevo al niño al psicólogo” por un “vamos al psicólogo con el niño”.

HAY UN TIEMPO PARA CADA COSA. MEDITA SOBRE LO QUE PROCEDE

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Siempre me ha gustado El Eclesiastés, especialmente su libro 3, del que se sacan muchas reflexiones:

Eclesiastés 3 

Hay un tiempo para todo

Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo:

un tiempo para nacer,  y un tiempo para morir;
un tiempo para plantar, y un tiempo para cosechar;
un tiempo para matar, y un tiempo para sanar;
un tiempo para destruir, y un tiempo para construir;

un tiempo para llorar,  y un tiempo para reír;
un tiempo para estar de luto,  y un tiempo para saltar de gusto;
un tiempo para esparcir piedras, y un tiempo para recogerlas;
un tiempo para abrazarse, y un tiempo para despedirse;
un tiempo para intentar,  y un tiempo para desistir;
un tiempo para guardar, y un tiempo para desechar;

 un tiempo para rasgar,  y un tiempo para coser;
un tiempo para callar, y un tiempo para hablar;

 un tiempo para amar, y un tiempo para odiar;
un tiempo para la guerra, y un tiempo para la paz.

El problema viene cuando no respetamos los tiempos para cada cosa, no dejamos que la vida fluya al compás de la situación, y surge el malestar.

Queremos recibir los frutos sin habernos tomado el tiempo de sufrir plantando y esperando que germinen nuestros esfuerzos, buscando siempre la recompensa rápida, sin aprender a sufrir para lograr, y así surgen problemas de frustración (esto le pasa especialmente a la gente joven que piensa que los móviles crecen en los árboles, y la paga es un derecho a cambio de nada).

Otras partes que tienen mucho de psicológico son las que hablan de los tiempos de abrazarse y los tiempos de despedirse (qué difícil resultan algunas rupturas, que se tornan eternas y tortuosas)

También aquellos en que se empeñan en ser amados por el hecho de estar enamorados, y que creen que terminarán consiguiendo que la otra persona se enamore por su perseverancia (entramos en la categoría cansinos históricos) Estas personas no aceptan un no por respuesta y se mueven en el mundo de las obsesiones y los celos.

Y sí, también hay momentos de rasgar, y acabar con aquellas cuestiones que nos empobrecen (criticar, envidiar, mentir, tener adicciones…), hay momentos para romper con ello y construir una vida en que todo aquello que en el fondo nos hería, lo cosamos para que tan sólo quede una pequeña cicatriz

Y sí, también es posible que llegue tiempo de odiar a quien se amó, tampoco vamos a ir por ahí de santitos. El odio cuando nos dañan es una reacción natural, en la que imaginamos a la persona a la que amábamos sufriendo 17 tipos de torturas, a cual más cruel, si así te quedas mejor, adelante. El proceso de duelo en una ruptura lleva el odio como una fase, pero ojo: esto no es barra libre: es una fase que tiene que estar muy limitadita en el tiempo, y que se puede cambiar por unas sesiones de boxeo que nos liberen. El tiempo de odiar debe ser corto, dando lugar a otro momento: el de volver a amarte a ti mismo, en ese momento el odio se convertirá en indiferencia o una sonrisa torcida con un pensamiento “qué cabroncete/a” cuando recuerdes lo que te llevo a romper el amor.

También hay tiempo para la guerra, la lucha, la reclamación….pero no puede ser permanente. Los profesionales de la reivindicación terminan olvidando que una reivindicación debe orientarse al bienestar no a la crispación permanente.

Y sí, tiempo de hablar y de comunicarte, y de expresarte…y tiempo de callar para no dañar o simplemente para algo tan necesario como es escuchar.

Como veis no he seguido el orden de los versos. Intento que volváis sobre ellos, y que os paréis a buscar vuestra propia interpretación.

Y EL CORAZÓN ME ARDE

Hoy he bajado la basura.

En la entrada estaban mis dos perretes durmiendo y me han mirado con adoración (o ganas de que les saque, quiero pensar lo primero) y de golpe he sentido que el corazón me ardía.

He pasado (o estoy en ello) pasando una experiencia vital dura, de esas que te enfrentan a toda tu vida y te hacen pensar, pero yo reconozco que tengo el extraño vicio de transformar toda emoción o cosa que me sucede en cómo ayudar a mis pacientes, como extrapolar cada experiencia.

Que te arda el corazón es la experiencia más bella que he experimentado, quitando tema nacimiento de niños y poquito más.

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El corazón arde cuando la emoción te embarga, y eso no depende de nadie, depende de ti. El corazón no arde por alguien, el corazón arde de las propias emociones, de la propia plenitud de percibir un momento con toda su magnitud: los ojos de tus perros diciéndote tanto sin decirte nada, la sonrisa de una persona cuando le sujetas una puerta, arde con un café escuchando una canción, arde con unas sábanas limpias…

Esperamos que la felicidad y la plenitud nos venga de fuera, y no pensamos que tal vez, hay muchas formas de permitir que nuestro corazón, nuestros sentidos, vibren ante cosas a las que no prestamos atención.

Deja que tu corazón arda de amor de la mañana a la noche, por todo, por todos, por cosas grandes y pequeñas, por sonidos, sensaciones, pequeños momentos, pequeños mimos, ante grandes amores o simplemente mirándote al espejo y sonriéndote a ti mismo.

El corazón te debe arder siempre, y cuando no lo haga, ven, “si necesitas una mano, recuerda que yo tengo dos”, vamos a encender esa llama para que vuelvas a sentir llamas dentro de ti.



AMAR ES UN ARTE QUE POCOS CULTIVAN

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Es difícil amar a otro más que a uno mismo, pocas veces se logra y nos conformamos con sucedáneos de lo que debería seguir creciendo hacia la perfección, pero nuestra incapacidad, nuestros miedos o la falta de memoria nos hace estancarnos en relaciones buenas pero no bellas.

Ojala pudiéramos sentir por nuestra pareja como el primer día. La verdad, sería agotador, pero a la vez, y esto no es cuestión de intensidad sino de calidad, el conservar intacta la motivación hacia la otra persona nos haría ponernos las pilas y no dejar nuestra relación como algo estable pero un poco inerte.

Os propongo que reflexionéis (a aquellos que tenéis pareja, el resto toca esperar tiempos mejores).

¿Qué tal vamos con aquel deseo irracional de ver, tocar, oler a nuestra pareja? tal vez lo hayamos cambiado por poner una mejilla indiferente para recibir unos frios labios a la vuelta del trabajo.

¿Os acordáis cuando os arreglabais y ambos parecíais dos sanluises cuando quedabais para tomar el aperitivo? mira a tu lado: tú eres la de la bata horrorosa y supercómoda y él se está rascando el glúteo en calzoncillos y una camiseta raída. Esa confianza que da asco.

Antes sus “cosas” nos hacían gracia y ahora nos superan. La crítica, el no pasar ni media, suele ser una práctica habitual en parejas que se llevan bien (a no ser que uno de los miembros sea pasota profesional).

A veces la pareja se vuelve competitiva para conseguir sus propios objetivos y se olvida que la convivencia es no vivir juntos, es VIVENCIAR juntos. No es cuestión de quien consigue el máximo confort o que la vida se adecúe mas a sus deseos, se trata de hacer de la vida una aventura maravillosa, de poder disfrutar cada minuto del que disponemos, de coger fuerzas para afrontar los malos momentos con cohesión, sintiéndonos arropados.

Amar no es olvidarse de uno mismo, en absoluto. La persona sigue siendo un ente individual que necesita sus parcelas, y que va nutriendo su personalidad. En el amor hay sitio para el ser individual, pero la persona siente que sus propias experiencias, su parte personal, de forma que siempre puede aportar nuevas cosas a la pareja. Si dejas de ser uno mismo para ser parte del otro pierdes tu esencia, y no te nutres ni puedes nutrir a la relación.

Dejad de lado las rutinas, vivid como locos la experiencia del amor.

Utilizar la cabeza para hacer planes sorprendentes, usar las manos para volver a las caricias, usar los ojos para mirar y no sólo ver. Comunicaros, confesaros, expresaros, haced de vuestra pareja el compañero perfecto con todas sus imperfecciones, y sí tenéis que aprender a respetar a la otra persona con sus defectos, porque así le conocisteis y le amasteis. El viejo truco del “ya le cambiaré” es algo estúpido, es como querer programar que la persona a la que empiezas queriendo como es debe terminar siendo un frankenstein de lo que a ti te conviene, si tu no quieres que te cambien, ¿por qué has de cambiar a tu pareja?

Si no eres alérgico, dedica el domingo a disfrutar y no hacer limpieza general como si hubiera revisión de tropas a las 8 de la tarde. Nadie vendrá a decirte que tu casa es una patena, pero te habrás perdido un abrazo en el paseo, una broma, una siesta llena de paz….

La memoria es una de las más potentes armas para cultivar el arte del amor. Memoria para no perder de vista lo que te llevó a la persona y todo aquello que deseabas hacer junto a ella.

Vive el amor como un arte y no como una rutina. Compartir la vida con otra persona puede ser una aventura apasionante. No la degrades, no dejes pasar la oportunidad de convertir tu vida en un viaje maravilloso .

Yo he visto parejas de ancianos que resumían a la perfección esta lección bien aprendida. Ver la ternura de sus manos entrelazadas, sus ojos cruzarse, cómo se ayudan a caminar es de las experiencias más sobrecogedoras y bellas que se pueden vivir. Luchar por ser una de esas parejas. Está en vuestras manos.