Estilos de apego y relaciones interpersonales futuras

manos entrelazadas de madre e hija

La forma en la que aprendemos a relacionarnos con las personas importantes durante la infancia influye en cómo entendemos la cercanía, la seguridad, la separación y la confianza.

Y parte de ese aprendizaje puede acompañarnos cuando crecemos.

Pero cuidado, esto no significa que exista una especie de sentencia escrita durante los primeros años que determine cómo serán nuestras relaciones de pareja treinta años después.

El apego influye. No escribe nuestro destino.

¿Qué es el apego?

El apego es el vínculo emocional que el niño establece con las personas que le cuidan y a las que recurre buscando seguridad y protección.

A través de esas primeras relaciones vamos construyendo expectativas sobre nosotros mismos y sobre los demás.

  • ¿Puedo acudir a alguien cuando tengo miedo?

  • ¿Me ayudarán cuando lo necesite?

  • ¿Puedo explorar el mundo y regresar a un lugar seguro?

  • ¿Mis necesidades serán atendidas?

Poco a poco construimos una especie de mapa sobre cómo funcionan las relaciones.

En psicología hablamos de modelos internos de trabajo. Y, como cualquier mapa, puede servirnos para orientarnos.

Pero el mapa no es el territorio y tampoco es imposible modificarlo.

Del apego infantil a las relaciones adultas

Los investigadores Cindy Hazan y Phillip Shaver llevaron la teoría del apego al estudio de las relaciones románticas adultas. La idea resulta bastante intuitiva.

Cuando establecemos una relación de pareja también aparecen necesidades de cercanía, confianza y seguridad. Y cuando sentimos que una relación importante está amenazada pueden activarse nuestros miedos y nuestra manera habitual de buscar —o evitar— esa cercanía.

Pensemos, por ejemplo, en algo tan cotidiano como enviar un mensaje a nuestra pareja y que no responda.

Una persona puede pensar: «Estará ocupada. Ya contestará».

Otra: «¿Por qué no contesta? ¿Le pasa algo conmigo?».

Y otra: «Paso. No necesito a nadie».

Misma situación: tres maneras muy diferentes de interpretarla.

Apego seguro: puedo quererte sin desaparecer dentro de ti

Una persona con un funcionamiento más seguro puede sentirse cómoda con la intimidad y, al mismo tiempo, conservar su autonomía.

Puede necesitar a otra persona sin interpretar esa necesidad como una debilidad.

Puede pedir apoyo.

Puede tolerar que su pareja tenga su propio espacio.

Y puede afrontar un conflicto sin pensar inmediatamente que la relación está a punto de terminar.

Esto no significa que una persona con apego seguro tenga relaciones perfectas.

Discute, se enfada, se equivoca, puede sentir celos o miedo.

La diferencia está en que esas emociones no tienen por qué poner permanentemente en peligro la seguridad de la relación.

Apego ansioso: «¿Seguro que me quieres?»

Aquí la posibilidad de perder la relación puede adquirir muchísimo peso.

Una pequeña distancia puede sentirse enorme.

Un mensaje que tarda en llegar.

Un cambio de tono.

Una tarde en la que nuestra pareja parece más distante.

Y la cabeza empieza:

«¿Le pasa algo?».

«¿He hecho algo mal?».

«¿Ya no me quiere igual?».

«¿Habrá otra persona?».

La búsqueda de seguridad puede llevar entonces a necesitar muchas confirmaciones, interpretar señales ambiguas como rechazo o sentir un miedo intenso ante la posibilidad de abandono.

El problema es que ninguna confirmación parece durar demasiado.

Hoy me dices que me quieres: me tranquilizo. Pero mañana necesito volver a comprobarlo.

Apego evitativo: «yo no necesito a nadie»

En el otro extremo podemos aprender a protegernos tomando distancia.

La intimidad puede resultar incómoda, especialmente cuando implica mostrar vulnerabilidad o depender emocionalmente de otra persona.

«Yo puedo solo».

«No necesito contarle mis problemas a nadie».

«No entiendo por qué tenemos que hablar de todo».

Desde fuera puede parecer frialdad, pero algunas veces la distancia es precisamente una manera de protegernos de aquello que nos resulta difícil manejar.

Si no necesito demasiado a nadie, tampoco pueden hacerme demasiado daño.

El problema aparece cuando esa protección termina construyendo una muralla que tampoco deja entrar a quien queremos.

¿Y el apego desorganizado?

Hay personas para las que la cercanía puede resultar especialmente contradictoria. Desean vincularse y, al mismo tiempo, esa intimidad puede generar miedo o desconfianza.

Es como intentar acercarnos y alejarnos a la vez. Podemos buscar intensamente una relación y después sentirnos incómodos cuando realmente tenemos al otro cerca.

Pero aquí evitaría las etiquetas rápidas.

Leer una descripción en internet y reconocernos en ella no permite determinar nuestro estilo de apego ni reconstruir automáticamente lo que ocurrió durante nuestra infancia.

Las personas somos bastante más complicadas que cuatro casillas.

«Entonces todo es culpa de mis padres»

No. Y esta es probablemente una de las cosas que más me interesa aclarar cuando hablamos de apego.

Nuestros primeros cuidadores son importantes, muchísimo.

Pero nuestro desarrollo no depende de una única causa ni podemos mirar una relación adulta problemática y concluir: «Esto es porque mi madre hizo X cuando yo tenía tres años».

Las experiencias tempranas importan, pero después seguimos viviendo.

Conocemos personas.

Tenemos amistades.

Nos enamoramos.

Nos decepcionan.

Encontramos relaciones en las que podemos confiar.

Aprendemos.

Y nosotros mismos también cambiamos.

Por eso el apego no debería utilizarse como una nueva herramienta para culpar a nuestros padres de todo lo que nos ocurre.

Ni para que los padres actuales vivan aterrorizados pensando que cualquier error traumatizará para siempre a sus hijos.

Para criar con apego seguro, ¿hay que hacerlo todo bien?

Afortunadamente, no. Un niño no necesita unos padres perfectos.

Necesita cuidadores suficientemente disponibles y sensibles a sus necesidades, capaces de ofrecer seguridad y permitir progresivamente que explore y gane autonomía.

Habrá días en los que no entendamos qué le pasa.

Momentos en los que respondamos peor de lo que nos gustaría.

Nos enfadaremos.

Nos equivocaremos.

Y podremos reparar.

Porque una relación segura no se construye evitando cualquier conflicto.

También se construye enseñando al niño que después de un desencuentro podemos volver a encontrarnos.

Cuidar no es sobreproteger

Este matiz también es importante. Favorecer un apego seguro no significa eliminar cualquier frustración de la vida de nuestro hijo.

Ni resolver todos sus problemas.

Ni estar disponible veinticuatro horas para cualquier demanda.

El niño necesita seguridad para poder explorar.

Poco a poco podrá alejarse, probar, equivocarse, frustrarse, resolver cosas por sí mismo y regresar cuando necesite ayuda.

De alguna manera, el mensaje sería: «Estoy aquí cuando me necesites, pero confío en que cada vez puedas hacer más cosas sin necesitarme».

Seguridad y autonomía no son enemigas. Precisamente deberían crecer juntas.

¿Podemos cambiar nuestra forma de relacionarnos?

Sí. Los patrones de apego no son una condena de por vida.

Podemos descubrir que hacemos siempre lo mismo cuando tenemos miedo a perder a alguien.

Perseguir.

Preguntar.

Comprobar.

Alejarnos.

Cerrar la puerta antes de que puedan cerrárnosla.

Elegir repetidamente determinadas dinámicas.

Y cuando empezamos a reconocer el patrón, podemos empezar a trabajar con él.

Las relaciones posteriores también importan. Una relación estable y segura puede proporcionarnos experiencias diferentes a las que esperábamos encontrar.

Y la terapia puede ayudarnos a comprender nuestros patrones y ensayar otras maneras de relacionarnos.

El apego explica cosas, pero no debería convertirse en otra etiqueta

«Soy ansioso».

«Mi novio es evitativo».

«Por eso hacemos esto».

Cuidado. Una teoría que nos ayuda a comprender las relaciones puede terminar convirtiéndose en otra colección de etiquetas con las que dejamos de mirar a la persona.

El apego puede ayudarnos a formular preguntas.

¿Por qué me asusta tanto la distancia?

¿Por qué necesito comprobar continuamente que me quieren?

¿Por qué cuando alguien se acerca demasiado quiero salir corriendo?

¿Por qué me cuesta tanto pedir ayuda?

Esas preguntas son mucho más interesantes que decidir en cinco minutos qué pegatina de apego nos corresponde.

Psicología, apego y relaciones en Villaverde

En la Consulta Psicológica Villaverde podemos trabajar aquellos patrones de relación que se repiten y que están generando malestar.

A veces el trabajo será individual, otras veces aparecerá dentro de una terapia de pareja.

No podemos volver atrás y cambiar nuestras primeras relaciones.

Pero sí podemos comprender lo que aprendimos de ellas, revisar aquello que ya no nos sirve y construir nuevas maneras de vincularnos.

Nuestra historia influye en nosotros. Pero nuestra historia no tiene por qué decidir todo lo que viene después.

Si necesitas orientación sobre el desarrollo emocional de tu hijo o sobre dificultades que se repiten en tus relaciones, puedes consultarnos.

Diccionario de la Consulta

• Apego: vínculo que el niño establece con sus figuras de cuidado y que cumple una función fundamental de seguridad y protección.

• Modelos internos de trabajo: una especie de «mapas» que vamos construyendo sobre nosotros mismos, los demás y las relaciones. Influyen en lo que esperamos de los vínculos, pero no son reglas inmutables.

• Figura de apego: persona a la que el niño recurre especialmente buscando protección, consuelo y seguridad. No tiene por qué existir una única figura de apego.

• Disponibilidad emocional: capacidad del cuidador para percibir y responder de manera suficientemente sensible a las necesidades emocionales del niño.

• Seguridad ganada: expresión utilizada para describir un funcionamiento seguro desarrollado en la edad adulta a pesar de haber existido experiencias tempranas difíciles o inseguras.

CONSULTA PSICOLOGICA VILLAVERDE

Centro Psicológico ubicado en la Ciudad de Los Angeles (Madrid).

Atendemos niños, jovenes, adultos, terapia de pareja, tercera edad. Igualmente ofrecemos el servicio de informes periciales.

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