Terapia psicológica en el maltrato físico infantil

los niños maltratados necesitan terapia para recuperar la confianza en si mismos y en los otros

El maltrato físico infantil no es solamente una lesión, un moratón o una marca en la piel. Para un niño, significa que la persona o el entorno que debería proporcionarle seguridad se ha convertido precisamente en aquello de lo que necesita protegerse.

Por eso las consecuencias pueden ir mucho más allá de una lesión física. El miedo, la inseguridad, la culpa, la vergüenza o la necesidad de permanecer constantemente alerta pueden continuar incluso cuando el peligro ya ha desaparecido.

Y hay algo especialmente importante: un niño no siempre cuenta que está siendo maltratado. A veces porque tiene miedo, otras porque quiere a la persona que le hace daño, porque se siente culpable, porque ha sido amenazado o, sencillamente, porque todavía no comprende que aquello que ocurre en su casa no debería ocurrir.

¿Qué entendemos por maltrato físico infantil?

Hablamos de maltrato físico cuando un adulto provoca intencionadamente un daño físico a un menor mediante golpes u otras formas de violencia.

No debemos confundirlo con la negligencia infantil, que se produce cuando no se proporcionan adecuadamente determinados cuidados necesarios para el desarrollo y la seguridad del niño. Ambas son formas de maltrato infantil, pero no son exactamente lo mismo.

Y tampoco deberíamos suavizar determinadas conductas llamándolas simplemente «formas de educar». Golpear a un niño no se convierte en una estrategia educativa porque el adulto diga que pretendía corregir su comportamiento.

Educar implica poner límites. La violencia no es un límite.

¿Cómo podemos detectar que algo está ocurriendo?

No existe una señal única que nos permita concluir automáticamente que un niño está sufriendo maltrato.

Un moratón puede tener muchas explicaciones y un cambio de comportamiento también. Los niños corren, juegan, se caen, atraviesan etapas difíciles y pueden modificar su conducta por multitud de razones.

Lo que nos interesa es observar el conjunto, la repetición y la coherencia de las señales.

Pueden preocuparnos, por ejemplo:

• Lesiones repetidas o cuya explicación resulta difícil de conciliar con lo ocurrido.

• Miedo intenso o cambios llamativos de comportamiento ante determinadas personas.

• Intentos frecuentes de ocultar lesiones o evitar hablar de cómo se produjeron.

• Conducta excesivamente vigilante, como si el niño estuviera continuamente pendiente de la reacción de los adultos.

• Cambios importantes en el sueño, el estado de ánimo, el rendimiento escolar o la forma de relacionarse.

• Miedo desproporcionado a cometer errores o recibir un castigo.

• Expresiones del propio niño que hagan pensar que está siendo golpeado o que teme regresar a determinado lugar.

Ninguna de estas señales, por sí sola, demuestra que exista maltrato. Pero tampoco necesitamos esperar a reunir un catálogo completo de indicadores para tomarnos en serio una sospecha.

Cuando el niño lo cuenta

Este momento es especialmente delicado. Nuestra primera reacción puede ser empezar a preguntar:

«¿Quién te lo hizo?».

«¿Cuántas veces?».

«¿Dónde estaba mamá?».

«¿Por qué no me lo habías contado?».

Pero convertir la conversación en un interrogatorio puede aumentar la presión sobre el niño y además interferir en una posterior valoración profesional.

Si un menor nos cuenta algo preocupante, necesita principalmente que le escuchemos, mantengamos la calma en la medida de lo posible y le dejemos expresarse con sus propias palabras.

Y necesita escuchar algo muy importante:

«Has hecho bien en contarlo».

No debemos prometerle que guardaremos el secreto si su seguridad está en riesgo. Tampoco enfrentarlo con la persona a la que señala ni pedirle repetidamente que vuelva a contar lo sucedido a diferentes adultos.

Nuestra responsabilidad es protegerlo.

«Pero quiere mucho a la persona que le ha hecho daño»

Por supuesto. Y esto puede resultar muy difícil de comprender desde fuera.

Los niños pueden querer profundamente a sus padres o cuidadores aunque estos les hagan daño. Pueden echarlos de menos, defenderlos e incluso sentirse culpables cuando otras personas intervienen.

El mundo emocional infantil no funciona con una división sencilla entre «persona buena» y «persona mala».

Para un niño pueden coexistir dos realidades aparentemente contradictorias: «Le quiero» y «le tengo miedo».

Precisamente por eso nunca debemos interpretar el afecto del niño hacia el adulto como una demostración de que el maltrato no ha ocurrido.

Las consecuencias psicológicas no son iguales en todos los niños

Sufrir violencia durante la infancia puede afectar a la sensación de seguridad, la autoestima, la regulación emocional y la manera de relacionarse con otras personas.

Algunos niños presentan ansiedad, tristeza, irritabilidad, pesadillas o problemas de concentración. Otros pueden volverse muy obedientes y estar permanentemente pendientes de no hacer nada que provoque enfado. También pueden aparecer conductas agresivas, aislamiento o dificultades para confiar.

Pero no existe una única reacción «correcta» al maltrato.

Un niño que juega, se ríe o mantiene un buen rendimiento escolar también puede estar sufriendo. No necesitamos encontrar a un niño permanentemente triste para considerar seriamente lo que nos está contando.

Antes de la terapia está la seguridad

Este orden es fundamental. No podemos pedir a un niño que aprenda a sentirse seguro mientras continúa expuesto a una situación de violencia.

Cuando existe maltrato o una sospecha fundada, la primera necesidad es valorar la situación y garantizar la protección del menor mediante los recursos sanitarios, sociales, educativos, policiales o judiciales que correspondan en cada caso.

La terapia psicológica tiene un papel importante, pero no sustituye las medidas de protección.

Si existe un peligro inmediato, la prioridad no es esperar a conseguir una cita con el psicólogo. Es conseguir que el niño esté seguro.

¿Cómo trabajamos en terapia con un niño que ha sufrido maltrato?

No existe un tratamiento idéntico para todos los niños. Antes necesitamos conocer qué ha ocurrido, qué edad tiene, cómo está funcionando actualmente, qué síntomas presenta y qué apoyos tiene a su alrededor.

La terapia tampoco consiste necesariamente en hacer que el niño relate una y otra vez todo lo sucedido. Contar una experiencia dolorosa repetidamente no es, por sí mismo, una terapia.

Podemos necesitar trabajar diferentes áreas dependiendo del caso.

Recuperar la sensación de seguridad

Cuando un niño ha aprendido que el peligro puede aparecer dentro de su propio entorno, su sistema de alarma puede permanecer demasiado activo.

Puede sobresaltarse, anticipar castigos, interpretar determinados gestos como amenazas o necesitar controlar constantemente qué están haciendo los adultos.

Parte del trabajo consiste en ayudarle a diferenciar progresivamente el peligro que existió del peligro que existe ahora.

Trabajar la culpa

Los niños pueden construir explicaciones terriblemente injustas sobre lo ocurrido.

«Me pegó porque me porté mal».

«Si hubiera obedecido, no habría pasado».

«Fue por mi culpa».

Aquí necesitamos ser muy claros.

Un adulto es responsable de cómo maneja su enfado. Un niño nunca es responsable de que un adulto decida pegarle.

Podremos trabajar después la conducta del niño, los límites o cualquier dificultad familiar que exista. Pero nada de eso convierte al menor en responsable de la violencia que ha recibido.

Aprender a reconocer y expresar emociones

Algunos niños han aprendido que mostrar miedo, tristeza o enfado es peligroso. Otros tienen tantas emociones mezcladas que ni siquiera saben muy bien qué les está pasando.

En terapia podemos ayudarles a poner nombre a esas emociones, comprenderlas y aprender formas más seguras de expresarlas.

No buscamos que dejen de sentir.

Buscamos que lo que sienten deje de desbordarlos o asustarlos.

Reconstruir la confianza

Cuando quien debía protegerte también te ha hecho daño, confiar puede convertirse en algo complicado.

Por eso el vínculo con adultos seguros resulta especialmente importante. El niño necesita experiencias en las que los límites sean previsibles, el afecto no dependa del miedo y los errores no terminen en violencia.

Poco a poco puede aprender algo que quizá durante un tiempo no pudo dar por supuesto: un adulto puede enfadarse conmigo y seguir siendo seguro.

El trabajo con los adultos que protegen al niño

La terapia infantil no ocurre dentro de una burbuja.

Los adultos que actualmente cuidan y protegen al menor pueden necesitar orientación para comprender determinadas reacciones, responder ante sus miedos y establecer límites sin reproducir dinámicas violentas.

A veces una conducta aparentemente incomprensible adquiere mucho más sentido cuando sabemos lo que el niño ha vivido.

No significa permitirle absolutamente todo «porque ha sufrido». Un niño continúa necesitando normas y límites.

Pero necesita límites seguros, previsibles y sin violencia.

¿Y si solamente tengo una sospecha?

No necesitas convertirte en investigador.

Si un niño te cuenta algo preocupante o existen indicios que hacen pensar que puede encontrarse en una situación de maltrato, es importante buscar orientación profesional y activar los recursos de protección adecuados a la situación.

No intentes demostrar por tu cuenta qué ocurrió ni conseguir que el niño proporcione todos los detalles. Investigar corresponde a los profesionales responsables de hacerlo; proteger al menor es responsabilidad de los adultos.

Y ante una situación de peligro inmediato, hay que recurrir directamente a los servicios de emergencia o protección correspondientes.

Terapia psicológica para niños que han sufrido maltrato en Villaverde

En la Consulta Psicológica Villaverde podemos intervenir en la evaluación y tratamiento psicológico de niños que han sufrido situaciones de violencia, así como orientar a los adultos responsables de su protección.

También contamos con experiencia en el ámbito de la psicología jurídica y forense cuando el caso requiere una intervención de estas características, diferenciando siempre el tratamiento psicológico de una evaluación pericial.

Porque después del maltrato no solamente necesitamos que la violencia termine.

Necesitamos ayudar al niño a recuperar algo que nunca debería haber perdido: la sensación de que existen adultos y lugares en los que puede estar seguro.

Diccionario de la Consulta

• Maltrato físico infantil: utilización de la fuerza física contra un menor que provoca o puede provocar daño. No debe confundirse con la necesidad de establecer normas y límites durante la crianza.

• Negligencia infantil: falta persistente de atención a necesidades básicas del menor, como protección, alimentación, salud, higiene, supervisión o educación, cuando los responsables tienen la obligación de proporcionarlas. Es una forma de maltrato diferente del maltrato físico.

• Indicadores de riesgo: señales que pueden hacer necesario valorar con mayor profundidad la situación de un menor. Un indicador aislado no confirma automáticamente la existencia de maltrato.

• Protección infantil: conjunto de actuaciones destinadas a garantizar la seguridad y los derechos del menor cuando existe una situación de riesgo o desprotección.

• Parentalidad positiva: forma de ejercer el cuidado y la educación basada en el afecto, la protección, la orientación y el establecimiento de límites respetuosos con las necesidades y derechos del niño.

CONSULTA PSICOLOGICA VILLAVERDE

Centro Psicológico ubicado en la Ciudad de Los Angeles (Madrid).

Atendemos niños, jovenes, adultos, terapia de pareja, tercera edad. Igualmente ofrecemos el servicio de informes periciales.

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