LOS "Y YO MÁS": CERO EN EMPATÍA

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Pocas cosas pueden producirnos una mayor sensación de total frustación que contarle a alguien un problema que nos preocupa y que antes que terminemos la frase nos diga: “eso me pasó a mi pero peor”, “pues no te digo nada de lo que me duele a mi”… y cosas por el estilo, para continuar centrándose en contar su problema dejándonos a ser el sujeto receptor cuando lo que queríamos era desahogarnos.

Los hay especialistas,, da igual lo que te haya pasado, cómo te sientas, lo desesperado que estés o la magnitud de tu desgracia, que jamás y digo bien: JAMAS, te dejará contar tu experiencia, en cuanto pille el hilo te interrumpirá para superar con creces lo que le estabas contando.

Puedes pensar que es propio de personalidades egocéntricas (que lo son), que hacen de un vaso un mar (que también), que sólo piensan en sus problemas y los magnifican (vas hacia el pleno), pero… no olvides lo más importante de este tipo de personas: en realidad les importa un cuerno lo que te pase, y ni siquiera lo saben.

Hoy me ha venido un paciente jovencito con una mochila a las espaldas producto de muchas vivencias inadecuadas en su infancia, nadie culpa a su ambiente familiar, las cosas a veces son más complicadas de lo que parecen, y habría que hacer un análisis muy objetivo para comprender sin juzgar la actitud de algunos padres que se lanzan a la aventura de las segundas oportunidades, y terceras, y cuartas y quintas, no valorando que los niños tal vez no estén por la labor de ver pasar por su vida un papa por temporada, pero ése es otro problema.

A lo que iba, es a la frustración que experimentaba un chaval ante un problema, su problema, que no es grande ni pequeño, es SU problema, y todos los sentimientos negativos que puede experimentar al oír de su progenitor/a: “yo si que tengo problemas y a mi nadie me contempla”.

Esa persona tal vez pueda tener montañas, cordilleras de problemas, pero hay que ser muy necio para no darse cuenta que al menos (al menos, por favor), ante los problemas de un hijo, hay que pararse y escuchar, y comprender, y ponerse en su piel y hasta dar algún consejo adecuado, bueno, tal vez sólo escuchar, porque si sientes que tienes muchos problemas y encima no escuchas los problemas de tus hijos, estás teniendo otro problema, tal vez mucho más gordo: todo lo tuyo y que tu hijo, tu proyecto, lo más preciado que tienes lo está pasando mal.

Este chico había aprendido a expresar su rabia con puñetazos, que es la forma más primitiva de experimentar rabia cuando no has aprendido el valor del diálogo, pero al menos tiene una cosa buena a su favor: ha comprendido lo odiosa que resulta la gente del “y yo más”.

Cuando una persona te interrumpe para echarte el órdago al que más sufre, no te enfades, no te revuelvas, no le des una oportunidad para que el resentimiento se quede en ti. Analiza la situación. Si te molesta este tipo de actitudes, significa que no te gustan, punto a tu favor para no repetirlas.

Los “y yo más” te están diciendo finamente que el mundo gira alrededor de su ombligo, y que ellos no tienen ni tres minutos que perder con el sufrimiento ajeno. Ni van a cambiar ni van a aprender. Son incapaces de ponerse en el lugar de otra persona y comprender que el sufrimiento no se mide en metros ni se pesa en kilos, que el sufrimiento es dolor y que al dolor hay que dar la respuesta de la escucha, de la comprensión, del abrazo.

Los “y yo más” se sienten incomprendidos, porque la gente que tienen a su alrededor lo hacen por compromiso, por paciencia, por su propio código ético, pero no porque generen precisamente mucha simpatía.

Cuando acudas a alguien y te diga “pues yo más”, no pierdas tu tiempo, no te enfades, no reproches: aprende que no es la persona adecuada para escuchar, y en tu mente llévate la idea de que tendrá más de todo lo malo, pero menos de algo tan bueno con la empatía.

Salud a todos esos valientes que saben escuchar y apoyar, y a todos aquellos que se creen que la vida es una competición por ser el que más sufre: les cedo el paso, y les deseo suerte en su llegada a meta.

RENCOR: ESA CADENA QUE TE IMPIDE AVANZAR

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Sentir rencor es una de las peores formas de gestionar la vida. Impide a la persona disfrutar del presente, viviendo y reviviendo las afrentas del pasado.

Sin lugar a dudas, aún no siendo un trastorno psicológico, es uno de los motivos en los que mas claramente se requiere una terapia psicológica para conseguir que la persona supere la rabia y se desprenda de unas emociones negativas que pertenecen al pasado.

Todos nos hemos sentido dolidos alguna vez, eso es lógico y natural. Cuando esto sucede se pueden tomar diferentes decisiones, que van desde romper los vínculos con la persona que consideramos que nos ha herido o intentar comprender y solucionar la situación, en caso de que sea posible, o que realmente nos merezca la pena.

En cualquier caso, las heridas deben cerrarse porque no podemos ir por la vida reabriéndolas constantemente, sin dejar que cicatricen.

Hay situaciones en las que podemos haber sentido que hemos sido injustamente tratados, heridos, insultados... nadie está libre de esta situación. Sin embargo, una vez pasado un tiempo prudencial, la persona debe analizar la situación que le llevo a sufrir ese dolor que no termina de fluir. 

Tomar perspectiva y analizar objetivamente la situación que nos dolió nos puede hacer comprender todos los factores que pudieron influir en aquello que nos dolió, a veces descubriendo nuestros propios errores, en otras comprendiendo que no todo el mundo es bueno o tiene buenas intenciones (en este caso, eliminar las personas tóxicas o poner una distancia prudencial puede resultar lo más conveniente).

Si vivimos en el pasado, recordando una y otra vez el daño que nos hicieron, es como si cada día ese daño nos lo volvieran a hacer. Nos sentimos víctimas, y volvemos sobre una situación que ya no tiene arreglo y quejarse o amargarse por aquello que nos dolió no va a mejorar la situación actual.

Las personas que sienten rencor viven en cierta manera obsesionadas con el daño sufrido. Experimentan rabia, deseos de venganza, se muestran infelices, intolerantes y en muchas ocasiones tienen reacciones agresivas producto de la frustración que les produce vivir inmersos en el afecto negativo.

Todos tenemos derecho (y casi la obligación) de rodearnos de aquello que nos suma y que no nos resta. Abandonar el rencor, olvidar la afrenta, desprenderse de la emoción del recuerdo, dejándolo como una experiencia negativa, nos hace libres, y aligera la "mochila" que todos llevamos a la espalda.

Si unos zapatos te han hecho una rozadura, tíralos, cómprate unos nuevos más cómodos. Tampoco vas a estar toda la vida maldiciendo a aquellos zapatos. Es absurdo. Sal de ti mismo y piensa en otras personas que vivieran en esta situación. ¿Cual sería tu consejo? Probablemente: "olvídate del tema, porque no merece la pena que le des más vueltas".

Muchas veces para llegar a ese punto de poder afrontar el resentimiento y superarlo, se requiere un trabajo de reestructuración cognitiva que nos muestre el valor real de lo que sucedió, que podamos valorar en términos de "costes y beneficios" lo caro que nos está saliendo perder la vida en algo que pasó y se quedó atrás.

Superar el dolor no es tarea fácil, pero sí necesaria para poder romper las cadenas que nos atan al dolor y poder ser libres de elegir las personas que nos rodean, sentirnos más seguros de nosotros mismos, más felices por no necesitar vivir en el pasado y luchar por lograr un bienestar en el presente

"Existen tres formas para deshacerse del rencor:

recordarlo y dejar que te pudra por dentro

esculpirlo y contagiar a otro

o desintegrarlo con el olvido"

Zahkul