Egoísmo bueno y egoísmo malo: aprende la diferencia
El concepto de «egoísmo» nos plantea un curioso dilema moral.
Desde pequeños nos enseñan a compartir. Compartir está bien. Ser generoso está bien. Pensar en los demás está bien. Y, en contraposición, aparece el egoísmo como uno de esos defectos que nadie quiere reconocer:
«No seas egoísta».
«Tienes que compartir».
«Piensa un poco en los demás».
Ciertamente, el proceso de socialización implica aprender a compartir, colaborar y tener en cuenta las necesidades de otras personas.
Pero entre las aguas del recibir y las aguas del dar se encuentra un equilibrio que a veces nos trae a todos un poco de cabeza.
Porque pensar en los demás es necesario, pero pensar en uno mismo también.
La diferencia entre el egoísmo social y el egoísmo emocional
Voy a utilizar una expresión que no encontrarás como concepto psicológico en ningún manual: «egoísmo emocional». Me la he inventado yo para hacerme entender.
Llamo egoísmo emocional a ser conscientes de nuestras propias necesidades y permitirnos tenerlas en cuenta, incluso cuando no coinciden con lo que otras personas esperan de nosotros.
No significa conseguir lo que queremos a costa de los demás. No significa invadir, utilizar o perjudicar a otra persona. Significa algo bastante más sencillo:
Yo también estoy en la lista de personas a las que tengo que cuidar.
Procurarnos bienestar psicológico puede parecernos egoísta cuando hemos aprendido que primero debemos atender a nuestra pareja, nuestros hijos, nuestros padres, nuestros amigos, nuestro trabajo... y, si sobra algo, ya nos ocuparemos de nosotros.
El problema es que algunas veces no sobra nada.
Si estamos bien, tenemos más que dar
Decir que necesitamos cuidarnos no significa que tengamos que estar perfectamente para poder ayudar a los demás.
Podemos querer, cuidar y acompañar incluso cuando nosotros mismos estamos atravesando un mal momento.
Pero existe una diferencia entre hacerlo durante determinadas etapas de nuestra vida y vivir permanentemente colocándonos los últimos.
Si continuamente damos sin permitirnos recibir, descansar, poner límites o atender nuestras propias necesidades, es fácil que aquello que inicialmente hacíamos desde el cariño termine convirtiéndose en agotamiento, obligación o resentimiento.
Por eso el término egoísmo no debería asustarnos siempre. Pensar primero en nosotros mismos algunas veces no nos convierte automáticamente en malas personas.
El equilibrio entre ser feliz y hacer feliz
Aquí está la cuestión. No se trata de elegir entre: «O soy feliz yo o hago felices a los demás».
Se trata de encontrar un equilibrio entre ambas cosas.
Hay momentos en los que elegiremos hacer algo por otra persona aunque no sea lo que más nos apetece, y habrá otros en los que necesitaremos decir:
«No».
«Hoy no puedo».
«Esto no quiero hacerlo».
«Necesito descansar».
«Esto no me hace bien».
Parar algunas demandas del medio, saber decir no ante determinadas presiones y buscar aquello que nos proporciona bienestar puede ser un magnífico ejercicio de ese egoísmo sano del que estamos hablando.
Porque poner un límite no significa necesariamente dejar de querer a alguien.
A veces significa simplemente dejar de abandonarnos nosotros para no decepcionar a los demás.
La maternidad: ¿entrega o deseo?
La maternidad podría considerarse uno de los actos de entrega más grandes que existen. Y, sin embargo, voy a darle la vuelta.
La maternidad, biológica o por adopción, también puede entenderse desde ese egoísmo emocional del que estoy hablando.
Porque no tenemos hijos para hacerles un favor a unos niños que todavía no existen en nuestra vida. Tenemos hijos porque nosotros deseamos tenerlos, porque queremos vivir esa experiencia, porque existe un anhelo personal de ser padres.
Después vendrán la entrega, las noches sin dormir, las preocupaciones, las renuncias, el cuidado y probablemente unos cuantos años preguntándonos dónde demonios quedó nuestro tiempo libre.
Pero la decisión inicial fue nuestra. El niño no nos pidió nacer.
Y esto cambia bastante una frase que todavía escuchamos algunas veces: «Con todo lo que yo he hecho por ti...».
Nuestros hijos no tienen una deuda con nosotros por haberlos criado. Fuimos nosotros quienes decidimos traerlos a nuestra vida y asumir la responsabilidad de cuidarlos.
Por eso prefiero cambiar: «Deberías estar agradecido por todo lo que he hecho por ti».
por: «Tengo que darte las gracias por toda la felicidad que me has hecho sentir».
Egoísmo bueno y egoísmo malo
Entonces, ¿todo egoísmo es sano? Evidentemente, no.
Hay una diferencia bastante grande entre cuidar nuestras necesidades y considerar que nuestras necesidades son siempre más importantes que las de todo el mundo.
No es lo mismo poner un límite que no tener en cuenta a nadie.
No es lo mismo reservarnos el mejor filete alguna vez que comernos sistemáticamente el mejor filete de la fuente mientras explicamos a los demás la importancia del autocuidado. Ahí tenemos una pista bastante sencilla.
El egoísmo que perjudica aparece cuando nuestro bienestar se construye a costa del bienestar o los derechos de otras personas.
El egoísmo emocional del que estoy hablando intenta otra cosa: que podamos cuidar de nosotros sin necesitar pisar a nadie para conseguirlo.
¿Por qué nos cuesta tanto decir «no»?
Porque muchas veces no tenemos miedo a la palabra. Tenemos miedo a lo que pensamos que ocurrirá después.
«Se va a enfadar».
«Va a pensar que soy mala persona».
«Le voy a decepcionar».
«Soy una mala hija».
«Una buena madre debería poder con todo».
«Si quisiera de verdad a mi pareja, lo haría».
Y entonces decimos sí cuando queremos decir no. Una vez, otra y otra.
Hasta que un día descubrimos que estamos haciendo muchísimo por todo el mundo y, curiosamente, enfadados con casi todo el mundo. Quizá el problema no sea que damos demasiado.
Quizá necesitemos aprender a decidir qué queremos dar, a quién y hasta dónde.
Aprender a ser un poco más egoístas
En terapia muchas veces no necesitamos enseñar a una persona a pensar más en los demás.
Eso ya se le da estupendamente. Necesitamos trabajar justamente lo contrario.
Que pueda identificar qué necesita.
Que aprenda a poner límites.
Que tolere que otra persona pueda sentirse decepcionada sin interpretar inmediatamente que ha hecho algo malo.
Que diferencie ayudar de hacerse responsable de todo.
Que pueda elegir cuándo dar y cuándo reservar algo para sí misma.
Porque cuidarnos no garantiza que siempre estemos bien. Pero olvidarnos permanentemente de nosotros tampoco nos convierte en mejores personas.
Así que diferenciemos entre comernos siempre el mejor filete de la fuente y procurar nuestra propia felicidad. Y seamos egoístas.
Todo lo egoístas que necesitemos para poder seguir compartiendo sin desaparecer nosotros por el camino. Que tengas un día, francamente egoísta.
Psicología, autocuidado y límites en Villaverde
Si cada vez que intentas poner un límite aparece la culpa, si te cuesta decir que no o tienes la sensación de que siempre eres responsable del bienestar de los demás, podemos trabajarlo.
En la Consulta Psicológica Villaverde te ayudamos a encontrar ese equilibrio entre cuidar a los demás y aprender a cuidarte también a ti.
Sin convertirte en el que se come siempre el mejor filete.
📖 Diccionario de la Consulta
• Egoísmo emocional: término de la Consulta Psicológica Villaverde que utilizamos para explicar la capacidad de tener en cuenta nuestras propias necesidades y nuestro bienestar sin perjudicar a los demás. No es un término diagnóstico ni una categoría psicológica.
• Aguas del recibir y del dar: nuestra forma de representar el equilibrio entre aquello que ofrecemos a los demás y aquello que necesitamos recibir o proporcionarnos nosotros mismos.
• Complacencia: tendencia a priorizar las necesidades o expectativas de otras personas, que puede convertirse en un problema cuando nos cuesta expresar lo que queremos o poner límites por miedo al rechazo, al conflicto o a decepcionar.
• Límites personales: aquello que establecemos para proteger nuestras necesidades, valores, tiempo o bienestar en las relaciones. Poner un límite no significa necesariamente rechazar a la otra persona.
• Autocuidado: acciones y decisiones con las que atendemos nuestras propias necesidades físicas, emocionales y sociales. No es sinónimo de hacer siempre lo que nos apetece.