LA DEPRESIÓN POSTERGADA

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La vida tiene grandes exigencias, que para algunos funcionan en forma de responsabilidades ineludibles que no dan tregua. Personas que no pueden pensar ni sentir, que tienen todos sus recursos encaminados a sobrevivir en condiciones adversas.

No todos jugamos con las mismas cartas, y hay personas que las tienen malas de verdad. Estas personas no suelen “permitirse el lujo” de sentirse deprimidas, porque tampoco le pueden prestar mucha atención a sus propios sentimientos o necesidades. El concepto ilusión, desarrollo personal, éxito les queda demasiado lejos para sentir la frustración de una vida marcada por el “camina o revienta”.

Problemas como la adicción de una pareja puede truncar su propia vida, dejar de prestar atención a su “yo” y concentrar toda su atención en tapar los huecos que va dejando la persona enferma. Trabajan, si devanan los sesos por llegar a fin de mes, cuidan de familiares enfermos, multiplican sus horas como los panes y los peces, luchan por llegar a todas partes, siempre pensando en otros, siempre con el sentimiento de culpa por no poder llegar a dar la tranquilidad y el bienestar a los que tienen a su alrededor.

Estas personas no son felices pero no se sienten deprimidas, porque viven disociadas de su persona: sólo se sienten instrumentos, en muchos casos con la responsabilidad de sacar a una familia adelante y proporcionarles lo material y lo inmaterial, actuar como una barrera que les proteja de “lo malo”, parar los golpes de la vida.

Muchas de estas personas toman ansiolíticos, especialmente para dormir, pero no llegan al punto de comprender el peso que van llevando a sus espaldas.

Y se rompen, claro que se rompen. En el momento en que ya han cumplido parte de su tarea, los hijos son autosuficientes, la casa pagada, la vida estabilizada, cuando las necesidades vitales se han cubierto y los problemas se han resuelto, llega el momento de pararse, y en ese momento, la relajación lleva a una profunda depresión.

No son capaces de identificar las causas, se muestran sorprendidas de sentirse tristes, todo les va bien (lo que les añade más culpa por sentirse deprimidas) y sin embargo, como es el momento de vivir no saben hacerlo. No encuentran sus ilusiones, no saben disfrutar de las cosas, se muestran torpes e indecisas ante situaciones de gratificación.

Estas personas han vivido en un constante estado de hipervigilancia, siempre alerta para cubrir necesidades y solucionar problemas, saben cuidar de otros pero no saben cuidarse a si mismas.

Son juguetes rotos que tienen seriamente dañado el circuito de recompensa. Han dado la espalda a una realidad en el plano emocional y se han centrado en vivir la vida como un ejercicio práctico de supervivencia.

La depresión, cuando les llega, les pilla de sorpresa. Es difícil entender “estar mal cuando está todo bien”. En algunos casos existen patologías de estrés postraumático, por situaciones de alto estrés continuado, la autoestima es inexistente, el sentimiento de culpa desborda, la capacidad de autocuidado se limita a la higiene personal sin anhelar tiempo propio para cuidarse, el placer de una tarde de compras, una comida especial o hacer un pequeño viaje para disfrutar.

Estas personas muestran depresión asociada a ansiedad (trastorno adaptativo), y recomponer, enseñar y especialmente dotarlas de ilusión es un trabajo complicado porque hay que empezar, no de cero, de menos 50.

Sin embargo enternece ver sus pequeños avances, descubrir cómo el brillo va apareciendo en sus miradas, que cuenten como grandes logros pequeños mimos que para muchos son algo cotidiano.

Nadie está libre de romperse, la mente tiene un límite de sobrecarga. Cuando llega el momento en que el cuerpo y el cerebro nos dicen “hasta aquí”, es el momento de pedir cartas nuevas y saborear los pequeños logros de cada día.

De la depresión se sale, al principio con un esfuerzo titánico sin grandes resultados, pero cuando se empieza el proceso de recuperación, es imparable, cuando se mira el día anterior en código de éxitos y no de desesperanza, el motor empieza a rugir, y poco a poco el horizonte se ve más claro y más bello.

Si “justo cuando todo va bien he entrado en depresión y no lo entiendo”, mira a tu pasado, tal vez en él están todas las razones por las que ahora te hayan vencido. Es el momento de trabajar en ti y para ti, de ser egoísta en tu recuperación.

Hora de quererse, de cuidarse y de aprender a disfrutar. Hora de vivir. Está en tu camino. No demores el comienzo.

Cuando te sientes crónicamente triste...

 

¿Te sientes la mayor parte del tiempo triste y desganado? Hay personas que padecen una depresión crónica de tipo subclínico: la distimia. No son "seres tristes", simplemente el estado de humor deprimido se ha instaurado en su vida y lo consideran parte de su vida, sin darse cuenta de la existencia de  un trastorno psicológico que puede tratarse y mejorar.

"Estar llorando por las esquinas" no es el único trastorno afectivo que requiere atención. Aquí tienes alguna información sobre ello:

La distimia es un estado de ánimo crónicamente deprimido, menos grave que la depresión y que no cumple los criterios para una depresión mayor, o lo hace sólo en períodos muy cortos. Su evolución suele ser de más de dos años. 

Se caracteriza por un abatimiento prolongado del estado de ánimo en que el sujeto distímico se describe a sí mismo como “triste” o “desanimado”, perdiendo el interés por las cosas y viéndose a menudo como inútil y poco interesante. Posee síntomas persistentes o intermitentes, de intensidad más leve comparación a la depresión mayor. Aiskal (1983) la define como “mal humor” y se caracteriza porque “el individuo está habitualmente triste, introvertido, melancólico, excesivamente consciente, incapaz de alegría y preocupado por su insuficiencia personal”.

La distimia suele comenzar pronto en la edad adulta y mantenerse durante años. A veces es consecuencia de un episodio depresivo aislado y asociado a acontecimientos conflictivos. Aproximadamente el 6% de la población padece distimia. Las mujeres son dos o tres veces más propensas a padecerla.

Criterios para el diagnóstico de la distimia

Para poder diagnosticar la distimia se necesitan los siguientes requisitos: 

1. A) Estado de ánimo deprimido comunicado por el sujeto, u observado por los demás, que se presenta la mayor parte del tiempo y que dura la mayor parte del día a lo largo de dos años como mínimo. 

2. B) Durante los períodos depresivos, están presentes como mínimo, dos de los siguientes síntomas: 

  • Poco apetito o voracidad.
  • Insomnio o hipersomnia.
  • Disminución de la autoestima.
  • Falta de concentración o dificultad para tomar decisiones.
  • Sentimientos de desesperanza.

C) Un período de dos años en el que se da alteración, síntomas del criterio (1) por dos meses seguidos.

3. No hay pruebas de un episodio depresivo mayor inequívoco durante los dos primeros años de alteración.

4. Nunca ha habido un episodio maníaco o un episodio hipomaníaco inequívoco.

5. El trastorno no está superpuesto a un trastorno psicótico como una esquizofrenia o un trastorno delirante.

6. No puede demostrarse la existencia de una causa orgánica que haya iniciado o mantenido la alteración.

7. depresión suele ser más subjetiva que objetiva. En ocasiones los pacientes presentan irritabilidad, impulsividad e inestabilidad.

Para superar el dolor, déjalo que fluya

El duelo describe una experiencia de dolor por una pérdida. No se circunscribe a un fallecimiento, puede existir duelo ante la pérdida de una gran amistad, un accidente que produce secuelas traumáticas, la ruptura de una relación... sería demasiado extenso enunciar todas las situaciones de duelo, porque son muchas y todas se engloban en el dolor de una pérdida.

El duelo presenta dos componentes fundamentales: dolor psicológico y también dolor físico, concentrado en sensaciones variables en cada persona y que pueden llegar a producir somatizaciones.

Ante una situación de duelo, retener el dolor, concentrarnos en su existencia como algo insuperable, sólo produce un empeoramiento del malestar: luchamos contra las sensaciones como el que nada contracorriente, agotándose, minando sus fuerzas y sintiendo la situación como insuperable.

Cuando sentimos el dolor de una pérdida debemos concentrarnos en su componente físico como algo natural: ¿dónde nos duele? ¿es el corazón, es el estómago, nos cuesta respirar? Identifiquemos el lugar donde se concentra nuestro duelo, como una experiencia natural, sin agobiarnos, aceptando su existencia como el que acepta el dolor de cabeza en una gripe: en este caso sí somos capaces de integrar el dolor como parte de un proceso, y lo llevamos con la resignación de saber que forma parte de un proceso. El dolor físico del duelo también cede, y será más llevadero en la medida que seamos capaces de afrontarlo y aceptarlo como parte de un proceso de pérdida. 

Lo mismo pasa con el dolor psicológico, la tristeza, los pensamientos obsesivos, la búsqueda de explicaciones o los intentos de dar vuelta atrás a una situación que es irreversible y que finalmente deberemos dejar marchar para seguir el camino de la vida. Duele el alma, y lo sabemos, nos sentimos incapaces de abandonar y aceptar la situación, pero debemos ser muy conscientes que también este dolor pasa, que la vida nos necesita como nosotros necesitamos a la vida, que si sufrimos por perder es que fuimos capaces de disfrutar, y que si lo fuimos una vez lo podremos volver a ser no una vez, ni dos, ni tres, las que se necesiten. 

Piensa en ti como un muñeco "tententieso", recuerda las veces que has recibido un golpe y has rozado el suelo, pero te has vuelto a levantar, y tu vida ha girado hacia el lado contrario: dolor-felicidad-dolor-felicidad, es un ciclo constante que tenemos que asumir, es el precio del don de sentir: la felicidad y el dolor son las dos caras de la moneda.

Cuando estés en una etapa de duelo, simplemente déjalo fluir, no luches contra el dolor, acepta su existencia como pago por lo anteriormente recibido. Ten la seguridad que es una etapa, un proceso que tiene un fin. Sólo se siente dolor eterno cuando se acapara y no se le quiere dejar marchar, y el dolor también tiene que seguir su camino para dejar espacio a otras vivencias.

No sé si es realidad que "el tiempo lo cura todo", lo que es cierto es que podemos dejar que la herida abierta sane hasta dejar una fina cicatriz, casi imperceptible, o podemos cerrar en falso la herida haciendo como que no existe o reabrirla cada día, como si su cicatrización supusiera la pérdida definitiva, cuando en realidad la perdida ya sucedió, y sólo nos queda asumir con paz, respirando hondo el dolor, dejando que fluya por nuestro interior, sabiendo que en cada bocanada de aire entrará algo más de futuro y menos de pasado.

"Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, 

siempre podrás escoger la actitud  con la que afrontes este  sufrimiento".

Viktor Frankl