ESCUELA PARA PADRES...DIVORCIADOS

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El divorcio es una situación familiar traumática en la que hay dos personas responsables: el padre y la madre. Los niños podrán disfrutar de una situación normalizada y estable en cuanto sus padres sean capaces de diferenciar sus problemas de adultos con las necesidades y sentimientos de los hijos.

Nadie duda del amor de ambos cónyuges por los hijos, pero en ocasiones la mente se nubla, y el resentimiento nos hace perder la perspectiva respecto a lo deseable para los niños.

Reflexionemos por un momento: una pareja decide JUNTA tener un niño. Obviamente nadie tendría hijos con la perspectiva de perderlos posteriormente (en parte o totalmente). Juntos los hijos se crían y se les da amor, y como es lógico ambos progenitores enseñan a sus hijos a respetar y querer a su pareja.

Lo que no tiene ninguna lógica es que el divorcio de los padres exija el divorcio emocional de los niños. No puedes decir a un hijo que aquel o aquella a quien enseñaste a respetar y querer ahora es una persona horrible. El daño que hacemos a nuestros hijos es impresionante.

Muchas veces las situaciones que han llevado a la ruptura producen una enemistad (e incluso odio) entre las personas que pueden condicionar a sus hijos. Unas veces de forma manifiesta, otras a través de conductas o gestos que los niños captan perfectamente.

Las menos de las parejas (pero las muy, muy menos) consiguen entender que siguen siendo progenitores y que tienen que estar juntos en determinadas ocasiones importantes para el niño, y que esto da sentido a lo que siempre se les dice “nosotros ya no nos queremos pero los dos te queremos más a ti que a nada en el mundo”. El niño, cuando ve que los padres no pueden dejar de mantener una actitud hostil en su presencia se siente triste y desorientado, tiene miedo de incurrir en deslealtad si habla más con uno que con otro, si hace o deja de hacer.

Para aquellos padres que ya no son pareja pero no consiguen superar sus diferencias y rencores a pesar de tener niños, existe la posibilidad de realizar una terapia de ex-pareja, no se trata de conseguir que ellos se lleven ni mejor ni peor, simplemente de que consigan establecer un marco sano de relación para que sus hijos puedan gozar de una cierta tranquilidad, sin tensiones manifiestas ni ocultas.

Es un aprendizaje de “ponerse en el lugar del niño” explicándole las repercusiones que tienen ciertos comportamientos, que a veces pensamos que los niños no captan, así como a conseguir compromisos mutuos de “etiqueta” que pueden ser de gran ayuda para los niños.

No te creas todo lo que te dicen

Una crisis de pareja suele desembocar en una crisis personal donde nos cuestionamos nuestros propios actos, conductas y emociones desde un filtro de culpa y sentimientos negativos hacia nosotros mismos.

La propia crisis supone que tu pareja te está cuestionando y existe un mecanismo completamente normal que se despliega en estos momentos: LA JUSTIFICACIÓN.

En ocasiones nuestra pareja se aleja y nos damos cuenta, intentamos hablar, razonar, buscar soluciones y normalmente cuando le planteamos el hecho de habernos dado cuenta de que algo va mal en la relación, la otra persona reaccionará atacando: es más sencillo culpar a la otra persona, hacerse la víctima de la situación que reconocer que existe un enfriamiento, del que lógicamente es consciente. Esto supone una sensación de inseguridad en la persona: no dispone de datos para saber QUÉ es lo que va mal, solo sabe que va mal, y si le reprochan determinadas actitudes, probablemente crea que son ciertas, o al menos, le entrará una duda razonable.

Cuando esta situación no se produce en una crisis, sino en una situación de ruptura (pongamos una infidelidad), la persona que se ha alejado no reconocerá normalmente la situación, tenderá a culpabilizar a la otra parte, esgrimiendo razones como que es una persona distante, que no le hace caso, que ya no es su prioridad la pareja, que se ha descuidado, que le hace sentir solo (me refiero a persona, no a que sea hombre o mujer).

El momento de crisis o ruptura inesperada supone un tsunami emocional, nos hace perder pie, nos sentimos desorientados y cualquier cosa que nos digan nos la podemos creer mucho más facilmente.

Con un poco de suerte, si la ruptura se produce, y pasado un tiempo prudencial, la persona última en enterarse de que aquello iba mal, podrá reflexionar sobre lo que ocurrió y hacer un balance sobre lo ocurrido. Tal vez la acusación de "tú cada vez eras más pasivo" obedece a un proceso en el que la persona aceptó un periodo previo en el que su pareja (supuesta víctima), estaba malhumorada, cansada y más pendiente del móvil que de mantener una conversación. Tal vez la acusación de "apenas teníamos relaciones sexuales" se debiera a esa alarma interna que nos dice que algo va mal en la relación porque las cosas no son como antes, porque la relación sexual está más carente de caricias y se restringe a un acto puramente fisiológico que nos deja vacíos....

En otras ocasiones la ruptura no deja claros los motivos y la persona sufre tremendamente al no saber las causas reales, y se cree lo que le dijeron cuando perdía pie, produciendo una bajada de autoestima y una más que predecible inseguridad en las relaciones futuras.

No te creas todo lo que te dicen, especialmente en momentos de crisis o de ruptura. Los motivos que te dan pueden no ser totalmente ciertos, pero cuando alguien carece de motivos, se los puede inventar.

Cuidado con los "busqué lo que no me dabas". Si no se lo dabas es porque igual no se lo merecía.

Cuidado con "la relación se enfrió". Si confiabas en esa persona, tal vez notabas ese enfriamiento, y sí, eres responsable de no haberlo hablado en su momento, o tal vez lo intentaste hablar y te dijeron que eran imaginaciones tuyas. Tal vez sólo asististe con preocupación a un enfriamiento que iba helando tu propia sangre, pero con el que no pudiste luchar.

Cuidado con "todo era más importante que yo", especialmente si la otra persona dejó de cuidar la relación o no te ayudaba a sacar adelante el hogar, dejando que te consumieras remando en soledad para sacar adelante a tu familia.

Cuidado con el "siempre estabas de malhumor". Igual era cierto. Muchas veces nos amargamos y estamos enfadados con el mundo, y, curiosamente, es más probable que ocurra cuando nuestra vida no nos satisface, cuando nuestra propia pareja, esa que ahora se hace la víctima, fue más una piedra en el camino que un compañero de viaje.

Revisa los motivos, analiza lo que ocurrió, pero hazlo desde tu propia perspectiva, intentando mantener la objetividad. Tú sabes lo que pasó, no te creas que pasó lo que la otra persona te cuenta, especialmente si esa persona no se portó bien contigo. Si no fue noble en la relación, menos lo iba a ser en la ruptura.

El tiempo y un repaso objetivo te ayudarán a recuperar la confianza en ti. Jamás le concedas demasiado crédito a lo que te dice alguien cuando se intenta justificar. Recuerda que entre los humanos funciona mucho el "NO HAY MEJOR DEFENSA QUE UN BUEN ATAQUE"

la mala suerte en el amor

Es cierto, no vamos a negar lo evidente, hay gente que tiene la suerte de su vida encontrando a la pareja perfecta y viviendo una vida maravillosa con fuegos artificiales y perdices en el tupper.

3. Son 3, que los tengo contados.

Las relaciones de pareja suponen un esfuerzo continuado para ir cediendo, avanzando, encajando. Hay que tener más moral que "el negociador" para conseguir el equilibrio perfecto de la pareja, ese momento en que ya no son las hormonas, las mariposas en el estómago y los buenos propósitos de "ser mejor persona para el otro", ese momento en que ya lo que pensamos en nuestra propia estabilidad, que vemos los defectos del otro y el otro los nuestros y eso no nos impide avanzar.

Pero existen personas que parece que jamás tienen suerte en el amor: pasan de una relación mala a otra peor. Es cierto que acumulan historias como para escribir un libro de anécdotas tristes y siniestras. El que no "cojea, renquea", y claro, la persona es a veces incapaz de sentarse enfrente de un espejo y decir: "¿son los otros o soy yo?". 

Si has pensado alguna vez que tienes imán para la gente rara, párate. No vuelvas a decir eso, es demasiado fácil dejar a la causalidad el maltrato al que estás sometiendo a tu corazón por no hacer algo tan simple como: NO BUSCAR, NO CONFORMARTE. ESPERAR.

No te decidas por relaciones que no te convencen completamente, que presenta agujeros negros que intentas no ver, que piensas que con el tiempo desaparecerán, que la persona cambiará...cada uno somos lo que somos, y todos tenemos nuestra parte oscura. Lo que hay que encontrar es la persona que sepa cuales son nuestras partes más complicadas, que sepamos cual es su peor versión y no resulte algo que mejor enterrar y hacer como si no existiera: o se puede con ello o no se puede, y si no se puede no se podrá, y entonces llegará la ruptura y la enésima queja de "tengo muy mala suerte".

Si te conoces, si sabes lo que te gusta, te emociona, te motiva, también sabrás lo que no soportas, te aburre, te enerva o consideras inaceptable. Son puntos que tienen que prevalecer sobre las fastidiosas mariposas en el estómago. Los puntos fundamentales de tu vida deben prevalecer sobre el "ya cambiará". Las personas pueden mejorar, claro, pero cambiar, cambiar...es algo complicado.

Deja de buscar. Corres el riesgo de caer en la desesperación y quedarte con lo primero que te encuentres (lo que ocurra no va a ser fruto de la mala suerte, será algo previsible).

Todos tenemos personas afines. La paciencia, la construcción de una vida plena puede resultar más atractiva para otras personas. El poder decidir y el saber renunciar son opciones válidas: si en la frutería te llevas manzanas duras por no esperar que en media hora traigan un nuevo pedido, no te quejes de la mala suerte de la manzana que compraste:  llévate otra fruta o espera que llegue el pedido de fruta madura y perfecta, y entonces, estira tu dedito acusador y di: "ésta".

Deja de maltratarte, deja de repetirte lo de "la mala suerte en el amor", líbrate de ese estigma. El amor llegara, cuando no confundas compañía con amor. Cuando te des cuenta que el jersey de mercadillo hace bola aunque cueste cuatro duros y más vale ahorrar un poco y comprar ése jersey un poco caro pero que dura eternamente.

Ahora puedes pasar de ser la persona que busca el amor a la persona que deja que el amor le encuentre.

Suerte, vales más de lo que estás diciendo, así que mirada al frente y paso firme. 

 

Cuando el divorcio no es un mercado persa

La co-parentalidad o modelo de custodia compartida se está extendiendo con fuerza por toda Europa. En España nos cuesta aceptarla, porque nuestro modelo familiar es tal vez más tradicional que el de los países anglosajones.

Tradicionalmente el divorcio con hijos suponía la custodia para la madre y un régimen de visitas más o menos extenso para el padre. Dependiendo de las posibilidades económicas de cada pareja, la cosa terminaba con uno viviendo en cada casa o en algunos casos el hombre viviendo en una caravana (llegó a prohibirse la pernocta en campings para hombres divorciados).

Hay que partir de la base de que un divorcio es una situación complicada en la que cada miembro de la pareja tiene sus propios sentimientos negativos (en algunos casos, puede existir también el sentimiento de culpa). Este modelo tradicional de madre con los niños, padre visitando a los niños ha supuesto una gran desventaja para los menores, que en muchísimas ocasiones han perdido la vinculación afectiva con su progenitor, al considerarle o bien el cajero automático de la familia o el culpable de todos los males familiares. 

Este modelo es absolutamente injusto en una sociedad actual en la que padre y madre trabajan y ambos colaboran en las tareas domésticas y en el cuidado de los hijos. Siempre habrá casos excepcionales y situaciones excepcionales, que son precisamente las que deben ser evaluadas para establecer la APTITUD PARENTAL de los progenitores.

En caso de que ambos hayan sido padres dedicados, que no significa exactos, porque el hecho de que la madre haga lleve a los niños a parque no la hace mejor que el padre que se queda haciendo la comida y poniendo lavadoras (esto es un reparto de tareas). Si ambos padres han optado por una responsabilidad responsable, las situaciones puntuales que han podido llevar al divorcio no son motivo a tener en cuenta para desposeer a uno de los progenitores de la custodia. Hablamos de padres, hijos y la responsabilidad y amor que demuestran hacia ellos.

Por esto los niños no deberían tener que pasar por el "trago" de ver que se quedan con uno de sus progenitores pasando el otro a ser "el de me toca". Cuando son pequeños les gusta más: si el padre tiene posibilidades económicas les colmará de regalos y no les castigará demasiado, total, para lo poco que ven a los niños... Esto conduce al papel de la madre sobrecargada y normalmente enfadada por tener que quedar como el ogro educando a los niños en solitario y llevándose lo que consideran la peor parte.

Los modelos de custodia compartida abogan por niños que pasan la mitad del tiempo con cada progenitor, dependiendo de las circunstancias económicas ambos pueden coger una nueva casa o ejercer su tiempo de custodia en la casa familiar sin mover al niño de su entorno. Este tipo de educación se considera más colaborativa, ya que responsabilidades, buenos y malos momentos, etc se pasan al cincuenta por cien. También los padres necesitan comunicarse más allá de un frío mensaje si surge algún imprevisto.

Económicamente resulta menos doloroso para los cónyuges y más fácil de asumir para los niños.

Esta situación se hace especialmente clara con hijos adolescentes: un padre/madre que ve a sus hijos dos tardes en semana y fines de semana alternos se dará pronto cuenta que los deberes invaden sus días intersemanales, que apenas tienen tiempo de comentar el día a día, y los fines de semana pasan de "padres" a "revientaplanes". Es ley de vida, todos hemos sido jóvenes y a todos nos ha llegado el momento de preferir estar con los amigos que con los padres.

La custodia compartida es dura, pero a la larga se puede convertir en una fuente de riqueza emocional para los niños, que van aprendiendo más de su padre y de su madre como seres individuales, además que los padres aprenden la esencia de la paternidad: desde el mismo momento en que nacieron, los niños son de ambos, aquí no hay quien sea más que nadie. 

Y tú, ¿por qué gritas a quien amas?

El refranero popular debería ser asignatura de primero en la carrera de Psicología, y es que recoge la experiencia de la vida de una forma simple y a veces muy certera.

"Donde hay confianza da asco", sería un excelente ejemplo de cómo se tratan algunas parejas según va pasando el tiempo de convivencia: se pierden el respeto.

Visto desde fuera resulta sorprendente como personas que tienen un proyecto de vida en común, y en muchos casos hijos, están permanentemente en lucha, soltando descalificaciones a la mínima, poniendo el grito en el cielo a cada minuto o contestando con ladridos a cualquier demanda de su pareja. ¿Acaso se han dejado de querer? pues no, no tiene nada que ver. Se quieren pero se han dejado en el camino algo esencial que les unió: el deseo de cuidarse, la admiración, el respeto.

Cuando vienen personas a la consulta para una terapia de pareja con este problema (no se aguantan, no paran de discutir en todo el día, se llevan la contraria sistemáticamente, todo les sienta mal), lo primero que observo es la falta de contacto ocular entre ellos, unido evidentemente a la falta de contacto físico.

Se echan en cara auténticas barbaridades, no se ponen en el lugar del otro y sólo parecen estar pendientes de quedar por encima, de demostrar que uno es el bueno y otro es el malo.

La situación lógicamente es de una gran hostilidad, primando el afecto negativo en sus relaciones. Les suelo preguntar: ¿Vd. habla así a su jefe? la respuesta es un no tajante. Mi siguiente pregunta es: ¿si tuviera que elegir, perdería el trabajo o la pareja? la respuesta es el trabajo.

Ya tenemos la ecuación: lo más importante es la pareja, pero a la pareja se le chilla PORQUE NO HAY AUTÉNTICAS CONSECUENCIAS NEGATIVAS. Al jefe no, es algo impensable.

Este es el punto de arranque: "resetear" la pareja a punto inicial, cuando el intercambio de gestos y palabras era gratificante, cuando se intentaba hacer feliz al otro, sintiendo la necesidad de crear amor. 

Se pierde la forma, pero no el fondo, que simplemente ha quedado dormido. En terapia de pareja se trata en primer lugar de hacer ver a las personas su actitud, lo negativo de los comentarios que ya han dejado de dar importancia, marcando cada uno de ellos e instando a las personas por expresar sus necesidades, deseos, e incluso lo que le incomoda de forma positiva.

Posteriormente existen técnicas específicas para incrementar los "refuerzos positivos" entre las parejas (es increíble ver cómo cuando se les proponen algunas sencillas técnicas sonríen azorados, como si les diera apuro expresar ternura). 

Existiendo una base de amor y un deseo de permanencia por parte de ambos, erradicar los hábitos nocivos que han convertido la convivencia en un intercambio hostil es una tarea ilusionante, y la pareja que pasa por esa experiencia suele relatar después una mejora en la calidad de la relación que no sólo pasa por la convivencia en sí, sino por el deseo de recuperar muchas sensaciones dormidas. 

 

 

 

Nunca te separes "en caliente"

 

Muchas personas que viven en pareja llegan a un momento en su vida en las que el tedio, la incomprensión, la soledad se han hecho sus mejores compañeros.

Miran atrás, a los que les llevó a unirse a una persona y no pueden encontrar ninguna de las razones. La ilusión, el compromiso, las ganas de compartir y disfrutar de las pequeñas cosas se han esfumado y se sienten completamente vacías, y en algunas ocasiones desesperadas.

La presión familiar, los amigos, la presencia de hijos, la motivación económica, hacen difícil replantearse la vida, la persona se encuentra en un cruce de caminos: la felicidad y la estabilidad.

Esta situación es realmente peligrosa. La insatisfacción personal puede llevar a ver todo bajo un prisma negativo, a no estar atento a la parte buena de la relación, minimizando la gratificación que recibe y focalizando la atención en los aspectos negativos, lo que alimenta la sensación de vacío y fracaso.

Ante una situación de este tipo, es necesario que la persona analice sus sentimientos, de una forma global. En algunas ocasiones, la ayuda de un terapeuta que dirija las preguntas que la persona debería formularse, puede ayudar a ese proceso de clarificación.

Dejar a la otra parte de la pareja al margen de esta crisis puede resultar perjudicial y por supuesto, nada leal: el otro tiene que saber su parte de responsabilidad y tener la oportunidad de meditar sobre hacia dónde se dirige su relación, si los lazos son el cariño o el amor verdadero, si existen los motivos que les llevaron a unir sus vidas, y si quiere luchar (de verdad) para buscar nuevas vías para fortalecer su compromiso.

La terapia de pareja puede ayudar mucho a las parejas en crisis, cuando existe realmente una motivación para cambiar aquellas actitudes o formas de ver la relación que les han hecho alejarse. Desgraciadamente muchas veces en terapia de pareja nos encontramos con una falta de compromiso: una de las partes busca realmente nuevas fórmulas de acercamiento y la otra parte "está cubriendo el expediente" porque no desea abandonar la relación.

Las personas ante una crisis de relación deberían disgregar los aspectos de permanencia o abandono, analizando cada factor por separado. El núcleo de la intervención se basa en la propia felicidad del individuo, y los miedos se tendrán que ir tratando uno a uno. Es absurdo continuar con una pareja cuando no existe comunicación o las muestras de afecto se reducen a una relación fría y "políticamente correcta", ya que eso es una fuente de insatisfacción no sólo para ambas personas, sino también para las personas que forman el núcleo familiar.

Establecer las verdaderas razones que nos llevan a pensar que la relación está acabada tienen que pasar por un análisis "con el corazón el la mano", ya que a veces factores externos, como enamoramientos por cubrir el vacío afectivo, envidia de la situación de otras personas en situación de libertad, pueden llevar a una obstinación respecto al fin con consecuencias dramáticas.

 

Si la situación realmente no depende de factores externos, o la necesidad de un cambio ha aparecido de forma independiente o anterior, la persona debe evaluar su momento afectivo de forma intrínseca, buscando lo que realmente desea en la vida. Debe tener en cuenta el daño que produce, pero no como un factor de paralización de su camino, sino buscando la forma más madura y adaptada de plantear esta nueva situación. En ocasiones se espera a que los niños sean mayores, para que no sufran (¿alguien cree realmente que el sufrimiento de los hijos es menor a los 20 años que a los 10?, ¿no será la forma y no la edad la que tengan repercusión sobre el afrontamiento de la situación?). Otras veces es el "disgusto que se va a llevar la familia" lo que paraliza el proceso, o la presencia de problemas económicos que hacen difícil o imposible la existencia de dos núcleos familiares: si la casa pesa más que la felicidad, tal vez la persona deba plantearse que sus objetivos vitales están más próximos a lo material que a lo afectivo y deba quedarse en esa situación.

Dar a la otra persona la posibilidad de ser nuevamente amada, cuando nosotros ya no tenemos nada que ofrecer más que una convención social o un interés económico es a veces un síntoma de salud mental, equilibrio personal y coherencia... además de representar el último gesto de generosidad hacia alguien que tal vez se merezca algo mejor.