LOS "Y YO MÁS": CERO EN EMPATÍA

EGOLATRA almudenapelaez.es.jpg

Pocas cosas pueden producirnos una mayor sensación de total frustación que contarle a alguien un problema que nos preocupa y que antes que terminemos la frase nos diga: “eso me pasó a mi pero peor”, “pues no te digo nada de lo que me duele a mi”… y cosas por el estilo, para continuar centrándose en contar su problema dejándonos a ser el sujeto receptor cuando lo que queríamos era desahogarnos.

Los hay especialistas,, da igual lo que te haya pasado, cómo te sientas, lo desesperado que estés o la magnitud de tu desgracia, que jamás y digo bien: JAMAS, te dejará contar tu experiencia, en cuanto pille el hilo te interrumpirá para superar con creces lo que le estabas contando.

Puedes pensar que es propio de personalidades egocéntricas (que lo son), que hacen de un vaso un mar (que también), que sólo piensan en sus problemas y los magnifican (vas hacia el pleno), pero… no olvides lo más importante de este tipo de personas: en realidad les importa un cuerno lo que te pase, y ni siquiera lo saben.

Hoy me ha venido un paciente jovencito con una mochila a las espaldas producto de muchas vivencias inadecuadas en su infancia, nadie culpa a su ambiente familiar, las cosas a veces son más complicadas de lo que parecen, y habría que hacer un análisis muy objetivo para comprender sin juzgar la actitud de algunos padres que se lanzan a la aventura de las segundas oportunidades, y terceras, y cuartas y quintas, no valorando que los niños tal vez no estén por la labor de ver pasar por su vida un papa por temporada, pero ése es otro problema.

A lo que iba, es a la frustración que experimentaba un chaval ante un problema, su problema, que no es grande ni pequeño, es SU problema, y todos los sentimientos negativos que puede experimentar al oír de su progenitor/a: “yo si que tengo problemas y a mi nadie me contempla”.

Esa persona tal vez pueda tener montañas, cordilleras de problemas, pero hay que ser muy necio para no darse cuenta que al menos (al menos, por favor), ante los problemas de un hijo, hay que pararse y escuchar, y comprender, y ponerse en su piel y hasta dar algún consejo adecuado, bueno, tal vez sólo escuchar, porque si sientes que tienes muchos problemas y encima no escuchas los problemas de tus hijos, estás teniendo otro problema, tal vez mucho más gordo: todo lo tuyo y que tu hijo, tu proyecto, lo más preciado que tienes lo está pasando mal.

Este chico había aprendido a expresar su rabia con puñetazos, que es la forma más primitiva de experimentar rabia cuando no has aprendido el valor del diálogo, pero al menos tiene una cosa buena a su favor: ha comprendido lo odiosa que resulta la gente del “y yo más”.

Cuando una persona te interrumpe para echarte el órdago al que más sufre, no te enfades, no te revuelvas, no le des una oportunidad para que el resentimiento se quede en ti. Analiza la situación. Si te molesta este tipo de actitudes, significa que no te gustan, punto a tu favor para no repetirlas.

Los “y yo más” te están diciendo finamente que el mundo gira alrededor de su ombligo, y que ellos no tienen ni tres minutos que perder con el sufrimiento ajeno. Ni van a cambiar ni van a aprender. Son incapaces de ponerse en el lugar de otra persona y comprender que el sufrimiento no se mide en metros ni se pesa en kilos, que el sufrimiento es dolor y que al dolor hay que dar la respuesta de la escucha, de la comprensión, del abrazo.

Los “y yo más” se sienten incomprendidos, porque la gente que tienen a su alrededor lo hacen por compromiso, por paciencia, por su propio código ético, pero no porque generen precisamente mucha simpatía.

Cuando acudas a alguien y te diga “pues yo más”, no pierdas tu tiempo, no te enfades, no reproches: aprende que no es la persona adecuada para escuchar, y en tu mente llévate la idea de que tendrá más de todo lo malo, pero menos de algo tan bueno con la empatía.

Salud a todos esos valientes que saben escuchar y apoyar, y a todos aquellos que se creen que la vida es una competición por ser el que más sufre: les cedo el paso, y les deseo suerte en su llegada a meta.

NO QUERERNOS PUEDE HACER INSOPORTABLE LA TAREA DE VIVIR

INTROSPECCION. almudenapelaez.es.jpg

Conocernos y querernos nos hace experimentar seguridad en nosotros mismos y una tremenda sensación de libertad sobre nuestras decisiones personales.

Querernos como somos tampoco es una labor de amor incondiional (tampoco vamos a volvernos todo locos), es hacer una introspección objetiva, buscando nuestros defectos y nuestras virtudes, intentando limar aquellas partes de nosotros que no nos gustan, potenciando aquello que nos parece positivo y buscando acercarnos más la nuestro “yo ideal”.

Un buen ejercicio que propongo en consulta es: “imagínate que puedes inventarte a ti mismo, cómo te gustaría ser, reinvéntate”. Partiendo de las características personales que la persona resalta como su ideal, se busca el acercamiento entre lo que somos y lo querríamos ser.

Cada uno tenemos nuestra personalidad y es prácticamente imposible llegar a la virtud que supondría conectar el ser que quiero con el que soy, pero la plena consciencia de nuestras características personales ayuda bastante a tener que pedir alguna vez menos perdón o a lamentarse por algún comportamiento poco adecuado o demasiado pasivo, por ejemplo.

Pongamos un ejemplo (desgraciadamente frecuente) una persona que grita a su pareja. Le preguntas y te dice con toda paz “es que yo soy así” y yo siempre contesto lo mismo: “entonces, ¿le gritas “a tu jefe cuando te irrita? imaginad la respuesta: al jefe no, claro, como si ese claro que añaden al final mejorara un poco la situación. Lo que está diciendo esa persona en realidad es “grito porque es mi forma de expresar frustración, porque no sé hacerlo de otro modo” aunque en el fondo de su corazoncito sepa que los gritos convierten el diálogo en discusión y no llevan jamás a nada positivo.

Ese tipo de personas suelen tener la autoestima baja, porque saben que se tienen que imponer a traves de los gritos (ellos y ellas, que en todas partes cuecen habas), y en el fondo saben que son incapaces de dialogar y que cuando quieren llegar a un consenso o a que su pareja les comprendan, acaban quedando como unos puñeteros locos y ya ni hay argumentos, ni razones, ni nadie se acuerda de qué problema se trataba, porque eso ya no importa, sólo queda el distanciamiento y el disgusto.

Pasa lo mismo en muchísimos ámbitos de la vida: personas que no saben expresar sus deseos, sus necesidades o sus gustos y se van haciendo pequeñitas, van cediendo en todas las decisiones de la vida y perdiendo cada vez más seguridad hasta ser incapaces de expresar lo que realmente quieren, porque consideran que la opinión de cualquiera es mejor que la de ellos mismos.

Podría poner muchísimos ejemplos de falta de amor hacia uno mismo. Cuando se trata de una persona con pareja y/o con hijos siempre les planteo: si tu no te quieres, significa que tus seres queridos se han conformado con alguien inferior, según tú. Eso les suele producir un cierto estupor, porque supone la confrontación con un contrasentido: quieres lo mejor para los tuyos pero tu no te sientes lo mejor para los tuyos. Algo falla.

En definitiva, el trabajo terapéutico con personas con baja autoestima es enriquecedor, bastante más que una inyección de botox o una tarde de compras. Es empezar a trabajar para conocerse, aceptarse y detectar aquellos aspectos de su personalidad que pueden ser modificados para que ellos se encuentren mejor.

Las técnicas son sencillas, pero requieren un esfuerzo por parte del paciente, que tiende a describirse con una lista de defectos de 8 páginas y un par de cualidades. Primero se trabaja este aspecto: la objetividad respecto a si mismo, para pasar posteriormente a intentar modificar conductas o actitudes que no les gusta de ellos mismos a la persona, siempre trabajando el reforzamiento positivo y un reconocimiento sincero de los logros.

Trabajad cada día la autoestima, centradla en vuestra personalidad, jamás en el aspecto físico, que es efímero. Las personas que consideran que la autoestima reside en su físico terminan teniendo serios problemas por varios motivos: lo efímero de la belleza y lo vacío que han dejado su mundo interior a base de mirarse en el espejo.

Crecer por dentro y aprender a aceptarse, quererse y mejorar es ese punto de calidad que hace que las personas se sientan felices con quienes son y el lugar que ocupan en el mundo.

Nunca os odiéis. El amor hacia uno mismo se irradia hacia los demás, porque la persona que se quiere no se siente amargada ni anulada, se siente plena y es capaz de darse y dar todo aquello que tiene.

Y si aún no sabes cuáles son tus cualidades, empieza desde hoy mismo a descubrirlas. Tal vez sea el tiempo mejor invertido de tu vida.

Recuerda que “nadie es más que nadie”, y tampoco menos, busca tus fortalezas.

REDES SOCIALES: ENTRE EL YO IDEAL Y EL YO REAL

descarga (1).jpg

La era tecnológica y la irrupción con fuerza de las redes sociales ha creado cambios sociales y nuevas formas de comunicación e interacción personal.

Este cambio social también está produciendo cambios psicológicos en las personas, dando lugar a nuevos desajustes que por el momento pueden pasar desapercibidos, pero cada día se van haciendo más patentes.

Estamos "desdoblando” nuestra personalidad, construyendo una imagen idílica completamente alejada de la realidad. Las fotos que colgamos no son las del careto mañanero, es la mejor entre 300 fotos, visitamos sitios y en vez de mirarlos con los ojos, buscamos el mejor plano para la foto, para colgarla en las redes.

Tenemos sed de ser populares a través de una imagen que se aleja del ser humano real, de nuestra propia identidad.

Parece que nuestra vida son todo sonrisas, fiestas, lugares paradisíacos, grupos numerosos que muestran a personas con una vida maravillosa.

Las personas no se toman un cafe y se cuentan los problemas, en muchos casos las redes de contactos sociales hacen el trabajo natural y humano de conocer gente. Yo estoy esperando que aparezcan negocios como el ¨Teleamigos o el Telenovio.

El problema con esta tendencia es la pérdida de nuestra facultad para reforzar nuestra autoestima de forma natural, siendo como somos, con lo bueno y lo malo.

Empezamos a perder seguridad en nosotros mismos en el “face to face”, sin tiempo para preparar la frase cool o poner la pose perfecta, lo que lleva al aislamiento de la persona por miedo a su auténtico yo, al que empieza a subestimar como peor del yo inventado.

Se empieza a notar en la consulta un incremento de problemática a este respecto, una falta de habilidades sociales, de dificultades de comunicación en diálogo, de inseguridad ante su imagen personal.

Es como si estuviéramos creando un nuevo tipo de trastorno de ansiedad social, basado en una inseguridad por no poder acercarse a ese yo ideal vendido al exterior. Como resultado de esta inseguridad en el contacto real, las personas se autoanalizan antes de hablar, y normalmente el juicio que realizan de ellos mismos se basa en un sesgo negativo: siempre pierden ante ese personaje que ellos mismos se han construido alejándose de su propia realidad.

En estos casos el aislamiento social se vuelve patente y aparecen problemas serios de inseguridad, falta de autoestima y en algunos casos depresión.

La intervención en estos casos se hace necesario, trabajando un acercamiento entre el yo ideal y el yo real, modificando las creencias erróneas sobre lo que se supone que hay que ser, hacer o tener para ser aceptado socialmente y ayudando a la persona a incrementar su autoestima, autoaceptación y la idea nuclear de que si no se considera un igual, si siente que tiene que fingir , exagerar, modificar algo de su vida, está viviendo una historia difícil de mantener en el tiempo y que al final, el camino hacia la paz interior, hacia la seguridad y la satisfacción, se encuentra justamente en ser uno mismo, en la autenticidad.

EL PACIENTE DIFÍCIL

LIMITES.jpg

Diferentes problemas que requieren intervención terapéutica son especialmente difíciles de abordar por la actitud del paciente.

Cuando un paciente se bloquea en el "no puedo" no está realmente intentando promover el cambio (que está en su mano, no en el terapeuta, que puede guiarle, darle pautas, pero el esfuerzo de llevarlo a cabo es del paciente, con apoyo, pero es algo personal).

Algunas personas piensan que el hecho de ir a terapia y pagarla tiene que ser suficiente para curarse. Entre estos yo les recomendaría que fueran directamente a Salud Mental: psiquiatría, que pidieran medicación y se limitaran a quejarse de sus problemas paliándolos, que no solucionándolos. Al menos es gratis.

Los límites nos los ponemos nosotros. Un "no puedo" es síntoma de un esfuerzo mínimo, de una falta de capacidad para pensar que somos nosotros y nuestro esfuerzo, muchas veces titánico y doloroso el que promoverá nuestra mejoría.

Los terapeutas tampoco somos exactamente tiranos. Comprendemos estas dificultades, y no, no nos limitamos a escuchar: buscamos y promovemos un cambio en conductas y pensamientos, pero intentamos adaptar los cambios a la capacidad de cada paciente.

Cuando el paciente se limita a decir "no puedo" (parar los pensamientos, dar un pequeño paseo, levantarse de la cama, hacer actividades ligeras, escribir pensamientos negativos y modificarlos mediante técnicas aprendidas en consulta), poco se puede hacer.

Nadie puede conseguir lo que nosotros mismos no somos capaces de intentar. 

Decir "no poder" es rendirse antes de intentarlo, es no hacer esfuerzos, es pensar que la paciencia de las personas que nos rodean y se preocupan es infinita (y a veces no lo es).

No des jamás pena, deja de caer una y otra vez en tu propia sensación de incapacidad y empieza a cambiar ese diálogo interno del "no puedo" por el "tengo que poder". Si tan mal te encuentras como para pedir ayuda, aprovéchala. 

Los terapeutas sabemos lo difícil que es arrancar, el sufrimiento, el miedo, la sensación de incapacidad, y contemplamos estos factores e intentamos ayudar a superar estos momentos, pero si la persona no hace nada por cambiarlo, si su única pantalla mental es negra con un enorme NO PUEDO impreso, tal vez la terapia jamás les ayude a superar su situación.

Todos podemos intentarlo. Nadie, absolutamente nadie puede permitirse sufrir por no intentarlo.

Piensa en gente a tu alrededor, con grandes o pequeños problemas, pero con la determinación de intentar superarlo. Lo conseguirán o no lo conseguirán, pero siempre sentirán en su interior la satisfacción de haberlo intentado, el respeto por ellos mismos.

Si necesitas una mano, recuerda que yo tengo dos (San Agustin), pero a veces, además de mis manos o mis consejos necesitarás confiar en ti mismo. 

Queda oficialmente inaugurado el período "objetivos para no cumplir"

 

Seamos realistas: ponemos el arbolito, empezamos las compras navideñas como posesos, comemos y bebemos como si no hubiera un mañana... y nos hacemos los propósitos para el próximo año.

Parece que tan sólo con formular nuestros objetivos para cambiar definitivamente nuestra vida, fueran ya una potencial solución.

Obviamente es una época dorada para gimnasios, fabricantes de parches de nicotina, la sección de productos "light" de cualquier hipermercado, vendedores de colecciones y, como no, las academias para aprender chino mandarín.

No aprendemos, año tras año nos marcamos objetivos que caducan más o menos a la velocidad de una bandeja de pollo, y seguimos insistiendo, casi con la misma fe como en conseguir "El Gordo" de Navidad.

Parece que mi opinión es muy negativa sobre "los propósitos de año nuevo", y realmente no es así, tan sólo me parece que requiere un par de ajustes: utilizar un poco la experiencia, el sentido común y manejar la visión realista de las cosas.

Si nos marcamos objetivos demasiado ambiciosos, probablemente nuestro subconsciente maneja la posibilidad de fallar: es obvio: "no pude hacerlo porque era imposible" es mejor que "no pude hacerlo porque si no lo hago en octubre, a saber por qué iba a hacerlo más de 10 días en enero".

Además del gasto económico que puede suponer la compra de la hidratante que te vas a echar cuatro días, la cuota del gimnasio (o el entrenador personal, que una meta en una meta), el fracaso periódico en nuestras metas produce un PERJUICIO PARA NUESTRA MOTIVACIÓN: el hecho de haber fallado en aquello que nos hemos propuesto es la excusa perfecta para justificar nuestra falta de impulso en pequeños objetivos: "para qué voy a cuidarme la alimentación si este año dije que bajaba 4 Kgs. y he cogido 7".

Sin embargo, el hecho de formular estos propósitos de año nuevo, nos permite saber exactamente cuáles son las parcelas de nuestra vida que nos tienen más insatisfechos: nuestra imagen personal, nuestro cuidado de la salud, el tiempo dedicado al ocio o a la familia, nuestro deseo de aprender cosas nuevas que siempre se quedan como un deseo no realizado...

Necesitamos unir los dos conceptos: los deseos de cambio que sí sabemos formular claramente (especialmente en estas fechas), y la visión realista de nuestras fuerzas, disponibilidad de tiempo y energía. 

Tal vez sea más prudente formular esos deseos de una manera muy precisa: "adelgazar 3 kilos caminando todos los días una hora y cenando fruta" que un "ponerme a dieta", por ejemplo. Los objetivos precisos, detallados y con un esfuerzo creciente son más fáciles de cumplir, ya que conseguir superar las pequeñas metas nos impulsa hacia adelante, mientras que vernos incapaces de alcanzar metas gigantes nos empuja a abandonar el esfuerzo.

De esta manera mi consejo es: final de año es un excelente período para recapacitar sobre aquello que deseamos cambiar en el futuro, pero hacerlo poco a poco, sin excesiva presión, sin una lista interminable de camios, hará más posible el éxito.

Y recordad: todos aquellos que habéis ido al colegio, sabéis en vuestro fuero interno que el año empieza en septiembre, como una eterna vuelta al cole que nos acompaña durante toda nuestra vida.

Felices y pequeños propósitos, y suerte con aquello que emprendais.

Somos como somos porque no nos vemos

 

La edad adulta, qué importantes nos creemos!

Nuestro mundo gira en torno a los logros, al éxito, a conseguir cosas, a expresar nuestras opiniones como si fueran verdades absolutas, en tener LA RAZÓN, en salir a la calle con ese gente de personas triunfadoras y bastantes serias (debe ser porque las personas triunfadoras tienen muchas responsabilidades y no se ríen, claro). 

Las personas mayores en general tienen un sistema de ocio que es una castaña pilonga. Cuentan sus aventuras, que ya no se sabe si las hacen porque les apetece o porque está en su planning de personas adultas. La casa rural, un mito: "ir a respirar y desconectar", como si te fueran a meter en una bomba hiperbárica. 

No todas las personas viven esa vida de adultos "conseguidores" de una vida sin pensar que la vida en sí es lo realmente importante, claro, que la felicidad no se compra, se trabaja sin remuneración y hay que pensar y a veces renunciar a caminar por las rodadas.

Aquí los únicos felices son los niños (y los asimilados a niños, que son los adultos que tienen la suficiente memoria y la suficiente valentía para no renunciar a lo que le enseñó su niñez sobre enfrentarse a la vida. 

Los niños tienen más responsabilidades que los adultos, cierto que no saben de dónde sale la comida ni cuánto cuestan las cosas, pero tienen que aprender un montón de cosas, relacionarse durante horas con otros niños mejores o peores y tienen un jefe, pero un jefe de los chungos, de los que te vigila a todas horas. Un niño tiene que aprender a jugar, a obedecer, a aguantarse las ganas de conseguir un taco de cromos, a irse a la cama sin sueño y a tener que ir día tras día al colegio con ese anorak hortera que le compró su madre.

A pesar de los exámenes, los castigos, la frustración por no conseguir algo, el disgusto con su compañero, los niños sonríen. 

¿Y cual es la gran diferencia de actitud entre un niño y un adulto?

No es la responsabilidad, que está repartida cualitativamente según la capacidad de cada uno, pero es similar en importancia.

Es una capacidad de disfrutar de lo que se tiene, de hacer de cada cosa pequeña y de cada momento algo importante y digno de ser vivido. Los niños cogen la vida como una plastilina y juegan con ella, pueden estar horas con una bola de plastilina construyendo, imaginando, viviendo otras vidas sentados en el suelo. 

Un adulto en un trozo de plastilina ve una masa pegajosa y que va a dejar manchas: mucho mejor unas horitas de tele viviendo otras vidas ajenas para luego irse a la cama y quejarse de que mañana hay que madrugar.

Las responsabilidades las tenemos, y a veces se convierten en problemas, y a veces en problemones, de eso no cabe ninguna duda, pero si sumas a lo que viene implícito en el hecho de ser adulto y le restas todo lo bueno que tenía la infancia, porque es "inmaduro" ilusionarse, ya tenemos una persona que posiblemente tenga una capacidad de disfrute limitada, o que su vías de escape estén dentro del circuíto social de "esto lo que hace uno para divertirse".

Coge setas, pasea por bosques, lee, busca el scalextric, come cosas que nunca has probado...haz cosas diferentes y tuyas, y sobretodo, sonríe. (sí probablemente te preguntarán qué puñetas te pasa). Sonreír porque decides que la vida no se convierta en una agenda programada y tu en una persona importante es simplemente comprender que "el rebaño" puede resultar muy aburrido.

Reflexiona, por favor, reflexiona sobre tus actitudes, tus metas y hasta tu expresión corporal. Gástate menos en "lo de todos" y baila en tu casa (ahorras y adelgazas, esto ya es increíble). 

Y si con esto nada te dice que tal vez te hayas convertido en una persona aburrida, haz un ejercicio de memoria y recuerda tu infancia. Métete en la piel del niño que fuiste y que te vea cómo eres ahora, lo que haces, lo que piensas. 

Nunca es tarde para volver a tomar el único control que nos concede la vida: el control sobre nuestra forma de enfrentarla.

el infierno interno de la susceptibilidad

¿Pueden ser las personas susceptibles felices? Tal vez en alguna Corte de "esas que cortaban cabezas a los súbditos", si, porque desde luego el Monarca no admitía la contradicción ni que se pusieran en duda sus decisiones o se contradijeran los deseos.

Las personas susceptibles tienen una baja tolerancia a la frustración y sesgan la información contradictoria con sus propios deseos como intentos de llevares la contraria o boicotearles.

La capacidad de autocrítica o el desarrollo de la empatía no figuran entre sus cualidades fundamentales, ya que basan su vida en lo que ellos quieren y necesitan, y cuando no son saciadas sus necesidades, consideran que han sido heridos.

El susceptible sufre, porque es incapaz de comprender que sus derechos llegan sólo hasta donde empiezan los derechos de los demás, y que en ocasiones sus demandas no pueden ser aceptadas por falta de posibilidad o de ganas (que el resto del mundo también tiene sus propios afanes).

Ese mundo agrio, en el que siempre están sufriendo las afrentas del prójimo, sesgando la información para confirmar "que el mundo está contra ellos", les hace perderse maravillosas oportunidades de disfrutar de los momentos y las personas, aislándose y en muchas ocasiones, siendo aislados por el resto, incapaces de relacionarse sin naturalidad, con pies de plomo ante una caja de bombas que puede sentirse herido por cualquier cosa sin importancia.

El susceptible se siente inseguro, se juzga negativamente de forma permanente y es incapaz de ver a los demás como personas sanas, que a veces bromean o simplemente no contestan a una pregunta porque no estaban atentos.

Les encanta felicitar en los cumpleaños, tener detalles, llevar una vida social puntillosamente anotada y recordada, no tanto por el placer de hacerlos, sino por tener la oportunidad de echar en cara la falta de reciprocidad: no pasan una.

Llega un momento que el susceptible puede cansarse de serlo, bien porque se da cuenta de lo agrio de su carácter, bien porque los demás se han cansado de sus reproches y enfados. 

Para reconducir esta situación hay que trabajar la propia autoestima de la persona y realizar una reestructuración cognitiva: analizar cómo procesa la información, eliminando los sesgos negativos que pueblan sus pensamientos y que les hace sentirse vejados sin motivo.

Se trabaja también el role playing, el análisis de posibles situaciones y el desarrollo de la empatía.

Hacer de un "susceptible" una persona que deja de ver un campo de nardos y ve flores, es un trabajo apasionante, es como enseñar los colores a alguien que sólo veía en blanco y negro. 

Sentirnos inferior a nuestra pareja

 

La autoestima, aspecto básico en cómo nos relacionamos con los demás, cobra un papel muy importante en las relaciones de pareja.

A la hora de buscar pareja: La gente con autoestima baja encuentra dificultades a la hora de encontrar pareja, ya que al no valorarse siempre dan por sentado que fracasarán. Eso les hace cohibirse a la hora de intentar entablar una relación y buscar parejas por debajo de sus posibilidades. Por supuesto pueden encontrar pareja, y se sienten agradecidos de tenerla, pero no es de extrañar que por diversos motivos estas personas no cumplan sus expectativas. A veces los conflictos se producirán porque la pareja se da cuenta que no puede "alcanzar" en muchos aspectos a la otra persona, la que sufre de una autoestima baja y sin embargo tiene un mayor potencial

En los conflictos de pareja: Las personas con baja autoestima pueden culpabilizarse por todos los problemas que surjan en la convivencia y, al no confiar en sus capacidades, dejarán que sea la otra parte la que busque soluciones.


En el mantenimiento de la pareja: Las personas con autoestima baja pueden caer en situaciones de dependencia o sumisión, ya que estarán dispuestas a hacer cualquier cosa para no ser abandonados, porque están seguros de no valer lo suficiente para la otra persona y de que no encontrarán a nadie más que los quiera.


La falta de autoestima puede influir negativamente en nuestra relación de pareja, hasta el punto de crear conflictos serios, como: 

Relaciones adictivas: Si una persona siente que no tiene valor por sí misma, que no es nadie sin el otro, utilizará a su pareja como único apoyo, como la base en la que sostener y dar sentido a toda su vida. Siente que sin el otro su vida no vale nada, por lo que se aferrará a esa persona de manera enfermiza. 

Poco aporte a la relación: Si no nos creemos personas capaces y válidas, no podremos aportarle nada al otro. No nos veremos con fuerza para luchar por la relación y resolver los conflictos. Las personas con baja autoestima se limitan a vivir a la sombra de su pareja, sin hacer nada por una relación que debería ser cosa de dos. 

Ansiedad: La persona con baja autoestima necesita que le confirmen continuamente que la quieren, tiene miedo continuo a que la abandonen, se ve incapaz de continuar su vida sin el ser amado y todo ello le provoca un malestar y una ansiedad que repercuten en la relación. 

Evitación de conflictos: Ese miedo a perder a la pareja hace que muchas veces las personas con baja autoestima cedan en las discusiones o admitan tener la culpa de todo pero no porque crean que el otro tenga razón sino por miedo a perderle. Esto hace que tu pareja no conozca realmente tus sentimientos y opiniones y provoca rencores y malos entendidos. 

Celos patológicos: Al pensar que no vale nada y que su vida no es nada sin su pareja, la persona con baja autoestima desarrolla un miedo irracional a perderle. La única manera en la que se sienten seguros es teniendo siempre a su pareja al lado, que no esté nunca con otras personas, Esto hará que la otra persona se sienta agobiada y dolida por la desconfianza, lo que provocará nuevos conflictos.

La resiliencia, o se tiene o se adquiere

 

Resiliencia es la capacidad de una persona para adaptarse a las situaciones adversas con un afrontamiento activo y una mentalidad positiva y luchadora.

Es una herramienta vital muy potente (como el turbo de enfrentarse a los problemas) y entronca directamente con el autoconcepto de la persona, su consideración de ser capaz de afrontar problemas y dificultades de la vida diaria, sin hundirse, sin esconder la cabeza como un avestruz, confiando en su fuerza vital para superar o aceptar las situaciones.

A los niños podemos enseñarles a aumentar su capacidad de resiliencia con mensajes positivos sobre su valía personal, animándoles a resolver problemas y elogiando su fuerza y valentía en el día a día. De esta forma creamos "fajadores de batalla", que saben que los problemas tienen mayor importancia cuanto mayor es nuestro miedo y nuestra incapacidad para superarlos.

La personalidad de cada uno también tiene mucho que ver con la capacidad de resiliencia, de forma que en familias con varios hermanos, los pequeños, que suelen ser más independientes (a los que no se les esteriliza el chupete, sino que se sopla), aprenden a manejar las situaciones con un afrontamiento activo y confianza en sus propias posibilidades de superación.

Las personas no resilientes sufren ante cualquier avatar de la vida, todo les supera y suelen requerir ayuda externa para enfrentarse a  las situaciones, sintiéndose que la vida les viene grande. Son personas que se hacen pequeñas ante los problemas, normalmente con una baja autoestima.

Afortunadamente los esquemas cognitivos que llevan a la  persona a esa situación de indefensión aprendida (inmovilidad ante las situaciones adversas, falta de capacidad de respuesta), se pueden modificar, enseñando a la persona, a través de problemas basados en su experiencia vital y la respuesta que han dado en cada momento, a buscar otras posibilidades de afrontamiento, de forma que se vayan dando cuenta que poseen esa capacidad, y que superar las dificultades produce una sensación de control y confianza que revierte de forma directa en su sensación de bienestar.

Si te consideras "un cobarde" ante la vida, reacciona, mira a tu alrededor y pregúntate qué necesitas para coger los toros por los cuernos, y si no sabes la respuesta, pide ayuda, pero la ayuda real: aprender a manejarse por uno mismo.

 

La relación entre las personas tóxicas y el sentimiento de culpa

La relación con una persona tóxica puede generar problemas psicológicos en las personas cercanas, sin que lleguen a relacionarlo directamente. En muchas ocasiones presentan problemas de ansiedad, depresión, sentimientos de culpa y baja autoestima sin poder analizar la causa concreta: se ahonda un poco y en muchas ocasiones aparece una persona que está generando muchos problemas al paciente.

El tópico siempre es la relación sentimental tóxica, pero la toxicidad puede provenir de un padre o madre, de un amigo, de un compañero de trabajo... 

Entre las personas que acuden con problemas de este tipo, es bastante frecuente la relación tóxica con la madre: suelen ser hombres/mujeres ya emancipados y que sin embargo están sometidos a un "bombardeo" constante demandando atención, cuidados, atención, y siempre a cambio de la célebre frase: "con todo lo que he hecho por ti y así me lo pagas", con lo que el hijo/hija se siente culpable, mala persona y sufre constantemente una presión que le desestabiliza provocando una sensación de ansiedad, sentimientos de culpa y una lucha interna entre su deseo de distanciarse y la "obligación moral" de atender las demandas de su progenitor. Curiosamente en muchos casos esta relación se establece entre una hija y su madre, que presenta un historial de depresión crónica de muchos años de duración y un marido completamente anulado por la situación.

No es que el progenitor tóxico sea una mala persona, simplemente cree realmente que puede exprimir a su hijo/a sin mostrar empatía ni comprensión. La presión a la que someten a sus hijos suponen una forma de aliviar sus problemas, un desahogo que produce la toxicidad en la relación. 

¿Y qué puede hacer el hijo? se debate entre la obligación y el estrés emocional permanente. Es el momento de replantearse hasta qué punto se puede soportar esta situación: si te está enfermando...aléjate. No de forma hostil, pero sí sutil, reeducando y reconduciendo una situación insana. Un hijo no es el terapeuta de un padre, y alimentar su toxicidad sólo produce un incremento en las demandas hasta que se produce el derrumbe. 

Si estás entre estas personas que se sienten permanentemente presionadas y sometidas a un chantaje emocional: replantéate la situación: las relaciones paterno-filiales se tienen que basar en el amor y la comprensión mutua, pero si sientes que tu vida está anulada, tal vez sea el momento de plantearse que "ser egoísta", cuidando el propio equilibrio emocional es la mejor manera de poder ayudar a los demás. 

¿Es tu vida un valle de lágrimas?

El victimismo es un mal común entre las personas, una rémora que le impide avanzar hacia sus objetivos y le sirve de excusa para justificar conductas de pasividad y falta de iniciativa en la vida.

La persona que se considera una víctima cree que el mundo en general está en su contra, que tiene peor suerte que los demás, que hace "grandes esfuerzos" pero nunca logra nada mientras que para los demás la vida resulta un camino de rosas.

En la base de este problema, y que se puede detectar en la niñez (y modificar) está el LOCUS DE CONTROL.

Este término consiste en la atribución de responsabilidad de los hechos de forma externa o interna.

Una persona con Locus de control externo considera los éxitos y fracasos como suerte, como cosas que suceden por azar y en los que ellos no tienen responsabilidad. Obviamente, el nivel de esfuerzo disminuye y aparece el victimismo: "la mala suerte".

Por el contrario, las personas con locus de control interno consideran que sus éxitos y fracasos dependen de sus acciones, y tienden a esforzarse y analizar los motivos de situaciones adversas y considerar que su esfuerzo tiene recompensas.

La víctima piensa mal de los demás: no le quieren, no le aceptan, le soportan porque no queda otra, lo que sucede es por maldad ajena... nunca se paran a pensar en la propia imagen que proyectan: en que los demás tienen que estar pendientes de él, que en vez de esforzarse por demostrar su valía se quejan de su incapacidad, que absolutamente toda la responsabilidad de las situaciones adversas son culpa de otro.

Reflexión ante las situaciones, intentar mejorar como persona, no esperar a recibir, sino dar (una y otra vez, sin medir resultados absolutos), fijarse metas y luchar por ellas y, especialmente analizar el por qué ocurren aquellas cosas que se traducen en su eterna mala suerte pueden ir modificando su relación con ellos mismos y con los demás.

Podemos pasar por la vida como nosotros mismos deseemos: nadie elige por nosotros: la valentía, apretar los dientes, buscar vías de solución, aprender de los errores o simplemente dejar que esto sea un camino de baches en el que estamos señalados con el dedo de la "maldición divina".

Cambiar nuestra forma de atribución de las situaciones, nos ayuda sin duda a dejar de pensar que "la vida es un valle de lágrimas": Nunca debemos de olvidarnos que nos dieron un boleto: una vida y sólo nosotros somos responsables del uso que le demos, y de cómo afrontemos las dificultades que se nos van presentando.

Nada mejor para no meter la pata que "cortarte la pata"

interrogacion[1].jpg

¿Te paraliza la inseguridad? ¿Ante un problema con dos alternativas no sabes cuál elegir?

Hay personas muy impulsivas que toman decisiones rápidamente y otras que simplemente no las toman por miedo a equivocarse.

Ya no es cuestión de ser una persona prudente y reflexiva. Hablamos de personas que siempre dudan pensando que van a elegir mal, que probablemente la decisión descartada sea la correcta.

A simple vista parece un  problema menor, total, la indecisión está a la orden del día, y las personas indecisas nos desquician sólo cuando tienen que elegir su comida en un restaurante (Sí, ese "momentazo" en que tiene que armarte de paciencia infinita después de que se haya leído siete veces la carta).

Sin embargo el indeciso tiene un problema mayor que esa banalidad: sufren porque creen que siempre pierden, jamás se encuentran satisfechos con la decisión tomada y suelen volver la vista atrás pensando que "lo otro era mejor" (lo otro en un plano teórico, claro, porque no lo han llevado a la práctica). 

Normalmente su falta de seguridad les lleva a preguntar a otras personas antes de tomar una decisión, que es una forma de eludir la responsabilidad de sus actos, y eso les hace incrementar aún más su falta de confianza en su capacidad de decisión.

Las consecuencias para la persona son nefastas porque les anula y les hacen perder infinitas posibilidades de vivir y de progresar en la vida (elegir pareja, decidir tener niños, cambios de trabajo, dónde ir de vacaciones, llamar o no llamar, ir o no ir, hacer o no hacer....así hasta el infinito.

Afortunadamente existen técnicas psicológicas que ayudan a estas personas a "aprender" a tomar soluciones, a través de unos pasos estructurados, que serían en realidad los mismos que toman el resto de las personas de forma automática: 

La realización de estos sencillos pasos dota a la persona de cierta tranquilidad al sistematizar el problema. Normalmente se comienza haciendo con ayuda del terapeuta hasta que la persona lo realiza de forma espontánea.

"Experiencia es el nombre que damos a nuestras equivocaciones".

Oscar Wilde